Clan DLAN
19 de Octubre de 2017
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Razas del señor de los anillos:


Hobbit


Cuando el brillante fuego de Arien, el Sol, apareció en el mundo, surgió en el este el pueblo mediano que recibiría el nombre de hobbits. Eran gentes -se decía que emparentados con los humanos- que excavaban agujeros y vivían en ellos, pero que eran más pequeños que los enanos y con una esperanza de vida en torno a los cien años. Nada se sabe de la raza de los hobbits antes del año 1050 de la Tercera Edad, cuando se dice que vivían con los Hombres del Norte en la cuenca septentrional del Anduin, entre las Montañas Nubladas y Bosqueverde.

En ese siglo, una fuerza maligna entró en Bosqueverde, que pronto sería conocido como el Bosque Negro. Quizá fuera este hecho lo que obligó al pueblo hobbit a abandonar la cuenca del Anduin. En los siglos posteriores, los hobbits emigraron hacia el oeste, cruzando las Montañas Nubladas, y entraron en Eriador, para vivir con los elfos y los hombres en una tierra fértil y despejada.

Los hobbits poseían ciertas características comunes. Todos medían entre sesenta y ciento veinte centímetros de estatura; poseían dedos largos, un aspecto algo rollizo, el pelo castaño y rizado y unos pies enormes que llevaban descalzos. Los hobbits eran un pueblo conservador y sin pretensiones, cuyos excesos se limitaban a vestir con colores vivos y tomar seis buenas comidas al día. Su única excentricidad era el arte de fumar hierba para pipa, lo cual, decían ellos, era su contribución a la cultura del mundo. Se decía que había tres ramas de hobbits: los Pelosos, los Albos y los Fuertes. Los Pelosos, la más numerosa de las ramas hobbit, eran también los más pequeños. Tenían el pelo y la piel de color castaño oscuro. Les encantaban las regiones de colinas y fueron el primer pueblo hobbit que atravesó las Montañas Nubladas y entró en Eriador.

Casi un siglo después, en el año 1150 de la Tercera Edad, los Albos siguieron a sus parientes Pelosos. Entraron en Eriador a través de los desfiladeros que se encuentran al norte de Rivendel. Los Albos eran la rama hobbit menos numerosa. Eran más altos, más delgados y se pensaba que más dispuestos a correr aventuras que sus parientes. Los Fuertes fueron los últimos hobbits que llegaron a Eriador. Eran los más parecidos al hombre de su raza, más corpulentos que las otras ramas y, para maravilla de sus parientes, algunos tenían barba. Preferían vivir en tierras llanas cerca de ríos y conocían la fabricación de embarcaciones, la pesca y el arte de la natación. Se dice que los Fuertes no empezaron a emigrar al oeste hasta el año 1300, cuando muchos de ellos atravesaron el Paso del Cuerno Rojo; pero quedaron pequeños asentamientos en zonas tales como los Campos Gladios hasta doce siglos más tarde de esa fecha. En su mayoría, los hobbits de Eriador se dirigieron a las tierras de los hombres cercanas a la ciudad de Bree. En el año 1601, casi todos los hobbits de Bree volvieron a marchar hacia el oeste, a las fértiles tierras al otro lado del río Brandivino. Allí fundaron la Comarca, el país que a partir de entonces sería conocido como la patria de los hobbits. Los hobbits tienen una cronología que comienza en esa fecha. Por naturaleza, los hobbits tenían un temperamento pacífico y hasta el año 2747 no hubo un encuentro armado dentro de la Comarca. Se trató de una incursión de orcos sin importancia, que los hobbits, con algo de exageración, llamaron Batalla de los Campos Verdes. Bastante más serio fue el Largo Invierno de 2758 y los dos años de hambruna que le siguieron. Pero, en comparación con otros pueblos de la Tierra Media, vivieron en paz durante largo tiempo. Por lo general, las otras razas los consideraban de nula importancia y, por su parte, los hobbits no tenían ninguna ambición de las grandes riquezas o del poder de los demás. Por toda la Comarca, sus pequeños pueblos y asentamientos crecieron. Hobbiton, Barrancas de Tuk, Cavada Grande, Oatbarton, Ranales y una docena más. Y, a su manera, los hobbits prosperaron.

Hay pocos hobbits famosos antes del siglo treinta de la Tercera Edad del Sol, porque hasta entonces la raza en sí era casi completamente desconocida para el mundo. Pero, claro está, los hobbits tenían su propio baremo de fama. En las leyendas de la Comarca, los primeros hobbits que se nombran son los hermanos Albos Marcho y Blanco, quienes guiaron a los hobbits de Bree a la Comarca. Esta tierra se la cedieron los dúnedain de Arnor, a cuyo rey los hobbits rendían un vasallaje nominal. En el año 1979, el último rey de Arnor desapareció del norte y se instauró el cargo de Thain de la Comarca. El primer Thain fue el hobbit Bucca de Marjala, de quien descendieron todos los Thain. Bandobras Tuk fue un gigante entre los hobbits, que medía un metro treinta y cinco y que, montado a caballo, se puso valerosamente al frente de su pueblo en la Batalla de los Campos Verdes contra los orcos. Se dice que con un garrote mató a su cacique Golfimbul. Por su tamaño y sus hazañas lo llamaron Toro Bramador Tuk. Otro hobbit importante por sus hechos dentro de los confines estrechos de la Comarca fue Isengrim Tuk, llamado Isengrim II, vigésimo segundo Thain de la Comarca, arquitecto de los Grandes Smials de las Barrancas de Tuk y abuelo de Bandobras Tuk. Pero, cosa típica de los hobbits, quizás el más honrado de los héroes antes de la Guerra del Anillo fuera un humilde granjero llamado Thobold Corneta de Valle Largo, quien en el siglo veintisiete fue el primero en cultivar la planta galenas, llamada también hierba para pipa.

El primer hobbit que se hizo famoso en el mundo fue Bilbo Bolsón de Hobbiton, quien fue empujado a desempeñar un papel protagonista en la Misión de Erebor por el mago Gandalf y el rey enano Thorin Escudo de Roble. Ésta es la aventura que se cuenta en el relato que Bilbo tituló «Historia de una ida y una vuelta», en la cual resultaron muertos trolls, orcos, lobos, arañas y un dragón. En una parte de la aventura se cuenta que Bilbo Bolsón adquirió un anillo mágico y, aunque en aquel momento pareció de poca importancia, fue un acto que puso en peligro a todos los que habitaban la Tierra Media. Con el tiempo se descubrió la identidad del Anillo Único y éste pasó al heredero de Bilbo, Frodo Bolsón. En el año 3018, el mago Gandalf visitó a Frodo y le propuso la Misión del Anillo. Si la empresa tenía éxito, el Anillo Único sería destruido y el mundo se salvaría del dominio de Sauron. Se constituyó la Comunidad del Anillo, en la que fueron escogidos otros ocho personajes como compañeros de Frodo Bolsón, el Portador del Anillo, en su Misión. Samsagaz Gamyi, criado de Frodo, fue uno de ellos. Samsagaz era una persona sencilla y leal, que en una ocasión salvó tanto a su amo como a la Misión, y fue Portador del Anillo durante un breve período. Peregrin Tuk, heredero del Thain de la Comarca, y Meriadoc Brandigamo, heredero del Señor de los Gamos, fueron los otros dos hobbits de la Comunidad. En el transcurso de la Misión, tanto Pippin como Merry (así se los llamaba más comúnmente) fueron hechos caballeros de Gondor. Sin embargo, fue otro hobbit el que destruyó el Anillo Único. Sméagol Gollum fue el único hobbit que sucumbió a las verdaderas artes malignas. Era un hobbit de la rama de los Fuertes, que vivía cerca de los Campos Gladios, donde fue encontrado el Anillo Único. Gracias al poder del Anillo su vida se alargó, pero su aspecto se transformó en algo espectral, y la tenebrosa influencia del Anillo le hizo rehuir la luz. Durante casi cinco siglos, Gollum vivió oculto en cavernas bajo las Montañas Nubladas, hasta que el hobbit Bilbo Bolsón llegó a su escondite y cogió el Anillo Único. De Bilbo pasó a Frodo Bolsón y, en los ocho años en los que el Anillo no estuvo en sus manos, Gollum jamás dejó de buscarlo. Al final cayó sobre Frodo Bolsón en el Monte del Destino. Merced a su fuerza maligna, Gollum consiguió apoderarse del Anillo, pero tropezó y cayó con su preciado premio a las ardientes entrañas de la Tierra, y el Anillo Único fue destruido.


Hombres


Al igual que los elfos aparecieron con el Renacimiento de las Estrellas, los hombres surgieron con el Nacimiento del Sol.

En la región que los elfos llamaron Hildórien, la tierra de los seguidores, que se encontraba en el extremo oriente de la Tierra Media, los hombres abrieron por primera vez los ojos y vieron la nueva luz. A diferencia de los elfos, los hombres eran mortales e, incluso comparados con los enanos, sus vidas eran breves. Los hombres no podían equipararse a los elfos ni en fuerza física ni en nobleza de espíritu. Eran una raza débil que sucumbía fácilmente a las epidemias y los duros elementos del mundo. Por este motivo, los elfos los llamaron engwar, los enfermizos. Pero, como raza, los humanos eran tenaces y se reproducían con mayor rapidez que cualquier otra raza, con la única excepción de los orcos, y, aunque morían en gran número, se multiplicaban una y otra vez hasta que acabaron por prosperar en las tierras orientales, por lo que algunos los llamaron los usurpadores. Morgoth llegó a esas tierras y encontró en los hombres, al menos en su mayor parte, un pueblo al que podía doblegar con facilidad. Algunos huyeron de su maldad y se esparcieron hacia el oeste y el norte. Acabaron llegando a Beleriand y a los reinos de los elfos noldor. éstos aceptaron aliarse con aquellos hombres y los llamaron atani, los Segundos Nacidos, pero más tarde, como la gran mayoría de los habitantes de Beleriand hablaban el idioma de los elfos grises, se los conoció más comúnmente como edain, los Segundos. Los edain se dividían en tres huestes: la Primera Casa de BÎor, la Segunda Casa de Haladin, y la Tercera Casa de Haldor.

Los humanos recibieron además nombres como Atani (Quenya), Edain (Sindarin), Hildor (Los Seguidores), los Temerosos de la Noche, Hijos del Sol y otros nombres algo más crueles como los Enfermizos, los de Mano Torpe, los Mortales, los Malditos, los Temerarios, los Forasteros o los Usurpadores. En boca del rey Thingol podremos entender los que pensaban los elfos más prepotentes sobre los humanos:"¡Hombres desdichados, hijos de pequeños señores y reyes de corta vida!".

Para describir a los humanos tan sólo hemnos de observarnos a nosotros mismos. En la Tierra Media existen multitud de etnias y tipos de humanos. Destabcar que también son mortales y también los hay en el lado del bien y del mal.

Los humanos fueron un pueblo mediocre en la Primera Edad, ya que siempre estaban a la sombra de los elfos y de grandes poderes como Morgoth. Sin embargo, durante la Segunda Edad adquirieron todo el protagonismo en parte debido al gran desarrollo alcanzado por los numenóreanos. En la Tercera Edad mantuvieron su liderato y según cuentan la Cuarta Edad es definitivamnete la Edad de los Hombres, en la que el resto de razas prácticamente se esconden y desaparecen.


Elfos


En el mismo momento en que Varda, la Señora de los Cielos, encendía de nuevo las brillantes estrellas sobre la Tierra Media, los Hijos de Eru despertaron junto a la laguna de Cuiviénen, el «agua del despertar». Este pueblo era el de los quendi, llamados también elfos, y, cuando cobraron vida, lo primero que advirtieron fue la luz de las nuevas estrellas. Por eso, los elfos aman por encima de todo a las estrellas y adoran a Varda, a la que conocen como Elentári, Reina de las Estrellas, por encima de todos los Valar. Y aún más, cuando la nueva luz penetró en los ojos de los elfos en el momento del despertar, permaneció en ellos y desde entonces brilló en sus ojos. Así Eru el Único, a quien los nacidos en la tierra llaman Ilúvatar, creó la más hermosa y la más sabia de las razas que jamás existieron. Ilúvatar declaró que los elfos tendrían y harían más cosas hermosas que cualquier otra criatura terrenal y que disfrutarían de la máxima felicidad y padecerían los mayores sufrimientos. Serían inmortales y no envejecerían, de manera que vivirían mientras la Tierra viviera. Nunca conocerían la enfermedad o las pestes, pero sus cuerpos serían de la misma sustancia que la Tierra y podrían ser destruidos. Podían hallar la muerte por el fuego o el acero en la guerra, ser asesinados o incluso morir de pena. Tendrían el mismo tamaño que los hombres, que todavía no habían sido creados, pero los elfos serían más fuertes física y espiritualmente, y no se debilitarían con la edad; sólo se harían más sabios y hermosos. Aunque eran seres mucho menores en estatura y poder que los divinos Valar, los elfos comparten la naturaleza de esos poderes en mayor medida que la raza de los Segundos Nacidos. Se dice que los elfos siempre andan en medio de una luz que es como el resplandor de la luna cuando está justo debajo del horizonte. Sus cabellos son como hilos de oro o de plata, o de azabache pulido, y la luz de las estrellas brilla a su alrededor, en el pelo, en los ojos, en sus sedosas vestimentas o en sus manos enjoyadas. Siempre hay luz en un rostro élfico, y el sonido de sus voces es variado, hermoso y sutil como el del agua. De todas las artes, son maestros en el habla, la canción y la poesía. Los elfos fueron los primeros que hablaron en la Tierra y nadie antes que ellos cantó. Y por eso se llamaban a sí mismos, muy apropiadamente, los quendi, los «parlantes», porque enseñaron a hablar a todas las razas de la Tierra. En la Primera Edad de las Estrellas, tras la caída de Utumno y la derrota de Melkor, el Enemigo Oscuro, los Valar llamaron a los elfos para que fueran a las Tierras Imperecederas en el oeste.

Esto ocurrió antes de que surgieran el Sol y la Luna, cuando la Tierra Media sólo estaba iluminada por las estrellas y los Valar querían proteger a los elfos de las tinieblas y del mal acechante que Melkor había dejado tras de sí. Y así, en las Tierras Imperecederas que se encuentran más allá de los mares occidentales, los Valar prepararon un lugar llamado Eldamar, que significa «hogar de los elfos», donde se había predicho que con el tiempo los elfos edificarían ciudades con cúpulas de plata, calles de oro y escaleras de cristal. De esta manera los elfos se dividieron por primera vez, porque no todos los pueblos élficos querían abandonar la Tierra Media y entrar en la Luz Eterna de las Tierras Imperecederas. Atendiendo a las invitaciones de los Valar, un gran número de elfos marchó al oeste, y éstos fueron los eldar, el «pueblo de las estrellas», pero otros se quedaron por su amor a la luz de las estrellas y se llamaron los avari, los «renuentes». Aunque eran diestros en las vías de la naturaleza y, como toda su raza, inmortales, eran un pueblo menor. Casi todos se quedaron en las regiones orientales donde el poder de Melkor era más intenso, y por eso menguaron. Los eldar fueron llamados también el Pueblo del Gran Viaje porque viajaron hacia el oeste a través de las regiones sin caminos de la Tierra Media, hacia el Gran Mar, durante muchos años. De este pueblo élfico existían tres linajes, gobernados por tres reyes. El primer linaje era el de los vanyar, y su rey era Ingwë; el segundo era el de los noldor, y Finwë era su señor, y el tercero era el de los teleri, quienes eran gobernados por Elwë Singollo. Los vanyar y noldor alcanzaron el Belegaer, el Mar del Oeste, mucho antes que los teleri, y Ulmo, Señor de las Aguas, fue a su encuentro y los colocó sobre una isla que era como una inmensa nave. Llevó entonces a los dos linajes a través del mar a las Tierras Imperecederas, a Eldamar, el lugar que los Valar tenían dispuesto para ellos. El destino de los teleri fue diferente que el de sus parientes y se separaron en varias razas. Debido a que eran los más numerosos, el viaje de los teleri fue el más lento. Muchos se volvieron atrás, y entre ellos se contaron los nandor, los laiquendi, los sindar y los falathrim. Elwë, el Gran Rey, se perdió y permaneció en la Tierra Media. Sin embargo, la mayor parte de los teleri siguió avanzando hacia el oeste, y nombraron rey a Olwë, hermano de Elwë, y llegaron al Gran Mar. Allí los esperaba Ulmo, quien por fin los llevó a Eldamar. En Eldamar, los vanyar y los noldor construyeron una gran ciudad que se llamó Tirion, sobre la colina de Túna, mientras que, en la costa, los teleri edificaron el Puerto de los Cisnes, que en su idioma era Alqualondë. Estas ciudades de los elfos fueron las más hermosas del mundo.


Enanos


En una gran estancia bajo las montañas de la Tierra Media, AulÎ, el Herrero de los Valar, dio forma a los Siete Padres de los enanos durante las Edades de la Oscuridad, cuando Melkor y sus siervos malvados de Utumno y Angband dominaban toda la Tierra Media. Por ello AulÎ hizo a los enanos fuertes y resistentes, inmunes al frío y al calor, y más recios que las razas que surgieron después de ellos. AulÎ conocía la gran maldad de Melkor, y por eso hizo a los enanos tenaces, indomables y persistentes en el esfuerzo y el trabajo. Eran valientes en el combate y su voluntad y orgullo no podían doblegarse.Los enanos eran mineros, albañiles, artesanos del metal y los más maravillosos artesanos de la piedra. Estaban bien preparados para los trabajos artesanales de AulÎ, quien había dado forma a las montañas, ya que eran fuertes y duros, aunque no altos, pues sólo medían entre un metro y veinte y uno y medio de estatura. Como sus fatigas iban a ser muchas, se les concedió una esperanza de vida en torno a los dos siglos y medio, ya que eran mortales; también podían encontrar la muerte en el combate. AulÎ hizo a los enanos muy sabios en el conocimiento de sus técnicas artesanales y les dio un idioma propio, el khuzdul. En este idioma, AulÎ era Mahal y los enanos los khazâd, pero era un idioma secreto que nadie que no fuera enano conocía, aparte de unas pocas palabras, y que ellos protegían celosamente.


Uruk-hai


Características:
· Saruman no estaba satisfecho con los orcos que servían a Sauron, así que creó un nuevo tipo de criatura llamada Uruk-hai

· Los Uruk-hai son del tamaño de un hombre bastante alto, su piel es oscura y su sangre negra. Son más altos, más fuertes y más salvajes cuando luchan que los Hombres y su único objetivo es matar.

· Los Uruk-hai no son más débiles bajo la luz del sol.

· Cuando luchan, los Uruk-hai suelen utilizar armaduras de hierro negras y llevan espadas de filo recto y flechas envenenadas, además de lanzas. Llevan pintada en sus caras y cuerpos la Mano Blanca de Saruman.


Águilas


Las águilas eran las más nobles de todas las criaturas aladas de Arda, porque fueron creadas por dos poderosos Valar: Manwë, Señor del Aire, y Yavanna, Reina de la Tierra. Las águilas se contaban entre las razas más antiguas y sabias. Son las mayores de todas las aves de espíritu indomable y nunca malignas.

En la Primera Edad del Sol, habitaba en Beleriand una poderosa rama de esta raza. Se las conocía como Águilas de las Montañas Circundantes y vivían en elevados nidos en los picos llamados Crissaegrim. Estas águilas alcanzaron gran fama por sus hazañas en la Guerra de las Joyas. Su jefe era Thorondor, la más grande y majestuosa de ellas. Thorondor tenía una envergadura de 54 metros, y su velocidad era mayor que la del viento más veloz. Thorondor y los suyos adquirieron la mayor gloria en la Guerra de la Ira. El «Quenta Silmarillion» cuenta que las águilas resultaron victoriosas combatiendo al más terrible de los males: los dragones de fuego alados.

En la Tercera Edad del Sol, Gwaihir, el Señor del Viento, gobernaba a las águilas de la Tierra Media. Aunque no alcanzaba las dimensiones de la más pequeña de las águilas de la Primera Edad, para la escala de la Tercera Edad era la más grande de su tiempo. El pueblo de Gwaihir, las águilas de las Montañas Nubladas, era fiero y muy temido por los Poderes de las Tinieblas. En la Guerra del Anillo, Gwaihir, con su hermano Landroval y con Meneldor el Veloz, se lanzó a menudo al combate al frente del ejército de águilas. Ayudaron a derrotar a los orcos en la Batalla de los Cinco Ejércitos. Rescataron al Mago Gandalf y a los hobbits Portadores del Anillo y lucharon en la última batalla de la Guerra del Anillo, ante la Puerta Negra de Mordor.


Araña


Entre los seres más horribles que jamás habitaron Arda se encuentran las Grandes Arañas. Eran malvadas y llenas de envidia, codicia y el veneno de la malicia. El mayor de todos los entes que adoptaron la forma de araña fue Ungoliant, un espíritu poderoso y malvado que entró en el mundo antes de la creación de los Árboles de los Valar. En la región desolada de Avathar, entre las montañas Pelóri y el triste mar gélido del sur, Ungoliant vivió sola durante mucho tiempo. Era terrible y vil, y poseía una telaraña de oscuridad, llamada la No-Luz de Ungoliant, que ni siquiera los ojos de Manwë podían atravesar. La Gran Araña Ungoliant fue la más infame de las criaturas, puesto que llegó a Valinor con Melkor y destruyó los Árboles de los Valar. Y, al igual que devoró la Luz de los Árboles, Ungoliant intentó atrapar también a Melkor para devorarlo. De no haber sido por los demonios de fuego llamados balrogs, que acudieron y la azotaron con sus látigos de llamas, habría acabado devorando al mismísimo Señor de las Tinieblas. Pero los balrogs ahuyentaron a Ungoliant del norte. Y así, este corazón tenebroso llegó a Beleriand y entró en el lugar llamado Nan Dungortheb, el «valle de la muerte terrible», donde habitaban otros monstruos de su raza.

Pero entre esas pocas, una de sus hijas mayores, llamada Ella-Laraña, y algunas de las arañas menores, cruzaron las Montañas Azules y encontraron refugio en las Montañas de la Sombra que encerraban el reino de Mordor. En los desfiladeros de esta maligna región, las arañas volvieron a ser fuertes y en la Tercera Edad del Sol llegaron a Bosqueverde el Grande. Lo convirtieron en lugar maldito con sus emboscadas de telarañas y Bosqueverde se oscureció y fue llamado el Bosque Negro.

Aunque las arañas del Bosque Negro eran pequeñas si se las comparaba con sus antepasados, eran muy numerosas y sabias en el arte maligno de atrapar víctimas. Hablaban tanto la Lengua Negra como la lengua común de los hombres, pero a la manera de los orcos, con muchas palabras malignas y una rabia que deformaba la pronunciación. Después de la Primera Edad del Sol, tan sólo Ella-Laraña se acercó a la majestad de Ungoliant; moraba en un lugar llamado Cirith Ungol, el «desfiladero de la araña», en las Montañas de la Sombra. Vivió en aquel paso durante dos edades y, aunque fueron muchos los guerreros elfos y dúnedain que llegaron a sus dominios, ninguno pudo vencerla; los devoró a todos.

Aunque era grande y fuerte, la larga vida de Ella-Laraña terminó antes de que la Tercera Edad finalizara. Encontró la muerte de manera inesperada a manos del hobbit Samsagaz Gamyi, el menos importante de todos los que la desafiaron. Tras la herida mortal que recibió Ella-Laraña, Mordor y Dol Guldur fueron destruidos y las arañas


Balrog


Los espíritus Maiar más terribles de entre aquellos que se convirtieron en servidores de Melkor, el Enemigo Oscuro, fueron los que se transformaron en demonios. En el idioma de los Altos Elfos se los llamaba los valaraukar, pero en la Tierra Media los denominaban balrogs, los «demonios de poder». De todos los siervos de Melkor, ni siquiera los dragones eran tan poderosos. Enormes y pesados, los balrogs eran demonios de aspecto humanoide, con crines de fuego, astutos y muy inteligentes. Los pocos que vivieron para contar un encuentro con uno de estos seres los describen como un conjunto de llamas y sombras enormes y cambiantes, "sombras aladas", viscosos con miembros con el poder constrictor de la mayor de las serpientes. El arma principal del balrog era el látigo de fuego de múltiples colas y, aunque también llevaban la maza, el hacha y la espada flamígera, era el látigo lo que más temían sus enemigos.

Esta arma era tan terrible que el vasto mal de Ungoliant, la Gran Araña que ni siquiera los Valar pudieron destruir, fue expulsado del reino de Melkor por sus feroces latigazos. El más infame de la raza de los balrogs era Gothmog, Señor de los balrogs y Gran Capitán de Angband. En las Guerras de Beleriand fueron tres los grandes señores elfos que cayeron bajo su látigo y su negra hacha. En cada uno de los alzamientos de Melkor y en cada una de sus batallas, los balrogs se encontraban entre sus principales campeones, y así, cuando el holocausto de la Guerra de la Ira puso fin para siempre al reino de Melkor, también acabó casi por completo con los balrogs como raza. Se cuenta que algunos huyeron de aquella última batalla y se enterraron en lo más profundo de las montañas, pero transcurridos muchos miles de años nada más se supo de aquellos malvados seres y la mayor parte de la gente creyó que los demonios habían abandonado la Tierra para siempre.

Sin embargo, durante la Tercera Edad del Sol, los enanos que minaban en MoriasMoria cada vez a mayor profundidad, liberaron accidentalmente a un demonio sepultado. Una vez libre, el Balrog mató a dos reyes enanos y, reuniendo a orcos orcos y trolls para que lo ayudaran, expulsó a los enanos para siempre de Moria. Su dominio no se vio cuestionado durante diez siglos, hasta que fue arrojado desde lo alto del pico de Zirak-zigil por el Mago Gandalf, después de la Batalla en el Puente de Khazad-dûm.


Bestias Aladas


Cruel burla de las águilas, las Bestias Aladas anidan en cavernas elevadas o en los recodos que quedan bajo los salientes de la roca en las laderas de las montañas. Estas criaturas crecen hasta alcanzar longitudes de 10 metros, con envergadura de 10 a 12 metros y están lejanamente relacionadas con los dragones del frío de los días antiguos. No pueden escupir fuego pero su armadura física es formidable. Sus grandes garras y poderosos colmillos hicieron que estas criaturas fuerna temidas por los habitantes de la Tierra Media.

Se cuenta que, en la época de la Guerra del Anillo, los espíritus no muertos llamados los Nazgûl eran transportados por Bestias Aladas. Estas criaturas eran más veloces que el viento, poseían pico y garras de ave, cuello de serpiente y alas de murciélago. Habían sido creadas por Melkor en las tinieblas indefinibles durante las Edades de las Lámparas, cuando la serpiente kraken salió de los Pozos de Utumno. Pero, a pesar de su antigüedad, y a pesar de ser fuertes y terribles en su servicio a Sauron en la Guerra del Anillo, su tiempo en la Tierra Media se terminó.

Una de las Bestias Aladas halló la muerte a manos del elfo Legolas, y otra a manos de la doncella guerrera Éowyn; las restantes fueron destruidas en el holocausto que consumió a Mordor en los últimos años de la Tercera Edad.


Dragones


El «Quenta Silmarillion» narra cómo, en la Primera Edad del Sol, Morgoth, el Enemigo Oscuro, se escondió en los Pozos de Angband y creó sus obras maestras malignas a partir del fuego y la hechicería. Las tenebrosas joyas del genio de Morgoth fueron los grandes gusanos, llamados dragones. Los hizo de tres clases: grandes serpientes que reptaban, reptiles que andaban y los que volaban con alas como las de un murciélago. De cada clase existían a su vez dos tipos: los dragones del frío, que luchaban con sus garras y colmillos, y los fantásticos urulóki o dragones de fuego, que destruían con su aliento ígneo. Todos eran la personificación de los principales males de los hombres, elfos y enanos, y también fue grande la destrucción que causaron en estas razas. Los reptiles estaban protegidos por escamas de hierro impenetrables. Sus colmillos y zarpas eran como estoques y jabalinas. Los dragones alados barrían la tierra con vientos huracanados, y los dragones de fuego lanzaban llamaradas escarlatas y verdes que lamían la tierra y destruían todo a su paso. Tenían la vista más aguda que la de un halcón y nada de lo que veían podía escapárseles. Poseían un oído capaz de captar el sonido de la más tenue respiración del enemigo más silencioso, y un olfato que les permitía identificar a cualquier criatura por el más mínimo olor de su cuerpo. Eran famosos por su inteligencia, pero tenían los defectos de la vanidad, la glotonería, la mentira y la ira. Al haber sido creados principalmente con los elementos de la hechicería y el fuego, los dragones evitaban el agua y la luz del día. La sangre de los dragones era negra, y un mortífero veneno, y los vapores de su peste de gusano hedían a azufre y cieno ardientes.

El principal de los dragones de fuego, los urulóki, creados por Morgoth en Angband, era Glaurung, el Padre de los dragones. Aunque no pertenecía a la raza de los alados, Glaurung fue el principal terror de su época. Pero el mayor dragón que jamás vio el mundo fue el llamado Ancalagon el Negro. Ancalagon fue el primero de los dragones alados de fuego, y él y otros de su raza salieron de Angband como poderosas nubes de viento y fuego, cuando se realizó la última defensa del reino de Morgoth. Ancalagon fue derribado y otros dragones de fuego resultaron muertos o huyeron, y hasta la Tercera Edad del Sol las historias de la Tierra Media no vuelven a hablar de ellos. Entonces habitaban los desiertos más allá de las Montañas Grises en el norte.

En el siglo veintiocho de la Tercera Edad, el mayor dragón de la época atacó el reino de los enanos en Erebor, procedente del norte. Este dragón de fuego alado se llamaba Smaug el Dorado. Smaug arrasó el reino de los enanos y durante dos siglos gobernó Erebor sin que nadie lo desafiara. Pero, en el año 2941, un grupo de aventureros llegó a la montaña: doce enanos y el hobbit Bilbo Bolsón. Cuando Smaug se vio hostigado por ellos, asoló con su fuego la región, pero en Esgaroth, sobre el Lago Largo, resultó muerto por un Hombre del Norte, Bardo el Arquero. Se rumoreaba que los dragones siguieron viviendo durante muchos siglos en el desierto septentrional, más allá de las Montañas Grises, pero ninguna historia vuelve a referirse a estas malignas aunque magníficas criaturas.

Dragones de fuego.
De todas las criaturas que Morgoth el Enemigo Oscuro crió en todas las edades de su predominio, los malignos reptiles llamados dragones fueron los más temidos. Hubo muchas razas de estos seres, pero la más mortífera fue la que vomitaba llamaradas desde sus insanas entrañas. Se los llamaba dragones de fuego, y entre ellos se contaba uno de los más poderosos dragones, Glaurung. Él fue el primero de los urulóki, o dragones de fuego, y tuvo muchos descendientes. En los últimos días de la Primera Edad, cuando la mayor parte de la descendencia de Glaurung que caminaba en la tierra había hallado muerte en la Guerra de la Ira, aparecieron en Angband los dragones de fuego alados. Ancalagon el Negro, que pertenecía a esta clase, y cuyo nombre significa «fauces desbocadas», es nombrado como el dragón más poderoso de todos los tiempos. En edades posteriores, las historias de la Tierra Media se refieren a un último y poderoso dragón alado de fuego, de color dorado rojizo: el dragón de Erebor, que expulsó a los enanos de su reino. Se llamaba Smaug el Dorado, y en el año 2941 de la Tercera Edad recibió muerte por un flechazo de Bardo el Arquero, de Valle.

Dragones del frío.
De los dragones que Morgoth creó en Angband durante la Primera Edad del Sol, fueron muchas las razas. Algunos poseían aliento de fuego, otros tenían poderosas alas, pero los más comunes eran los dragones del frío, que no poseían capacidad de vuelo ni de arrojar llamas pero que tenían gran fuerza en sus fauces y garras y una poderosa armadura de escamas de hierro. Los dragones del frío fueron un terror para todas las razas que se les enfrentaron en aquella Primera Edad, y llevaron inconmensurable destrucción a la Tierra Media. Al final de la edad, casi toda la raza de dragones y la mayor parte de los servidores de Morgoth perecieron durante la Gran Batalla, en la Guerra de la Ira. En la Tercera Edad del Sol volvieron a surgir numerosos dragones del frío en las tierras salvajes del norte, que fueron a las Montañas Grises. Los enanos habían acudido a estas montañas porque eran ricas en oro, y, en el siglo veinte de dicha edad, los dragones del frío fueron tras ellos, en busca de los tesoros de los enanos y preparados para la guerra. Aunque los enanos lucharon valerosamente, fueron vencidos, y los dragones del frío mataron y persiguieron a sus enemigos a placer. Un príncipe de la raza humana de los éothéod llamado Fram, hijo de Frumgar llegó y mató a Scatha el Gusano, el mayor dragón de aquella región, tras lo cual las Montañas Grises estuvieron limpias de dragones durante cinco siglos. Pero los dragones del frío regresaron a las montañas en el año 2570. Uno a uno los señores enanos fueron cayendo ante ellos: el último fue el rey enano llamado Dáin I, del linaje de Durin, cuando él y su hijo Frór recibieron muerte de un dragón del frío dentro de su palacio. Así fue que los últimos enanos huyeron de las Montañas Grises, dejando a regañadientes todo su oro a los dragones como botín.


Ents


Medio hombres, medio árboles, medían más de cuatro metros de altura, y el más viejo de ellos llevaba vividas en la Tierra Media nueve Edades de las Estrellas y del Sol. El Señor de los ents era Fangorn, a quien en la lengua común llamaban Bárbol. Era enorme y anciano, puesto que pertenecía a la raza más alta y más fuerte nacida en el mundo. El tronco de áspera corteza de Bárbol era como el de un roble o una haya, pero sus brazos como ramas eran suaves y lisos, y poseía unas nudosas manos de siete dedos. La extraña cabeza de Bárbol, casi sin cuello, era alta y tan gruesa como su tronco. Tenía ojos marrones, grandes y llenos de sabiduría, que parecían despedir un resplandor verde, y una enmarañada barba gris como un hato de ramitas y musgo. Estaba hecho de la fibra de los árboles, pero se movía velozmente con unas piernas que no se doblaban y unos pies como raíces vivas, balanceándose y estirándose como un ave zancuda.

Las historias de los elfos cuentan que, cuando Varda, la Reina de los Cielos, volvió a alumbrar las estrellas y con ello despertaron los elfos, también despertaron los ents en los grandes bosques de Arda. Procedían de los pensamientos de Yavanna, la Reina de la Tierra, y eran sus Pastores de Árboles. Demostraron ser pastores y guardianes porque, cuando se provocaba su ira, la furia de los ents era terrible y podían aplastar la piedra y el acero con sus manos desnudas. Se los temía con razón, pero también eran amables y sabios. Amaban a los árboles y a todas las olvar, y las protegían del mal. Les encantaba aprender muchos idiomas, incluso los breves y cortantes de los humanos. Pero preferían sobre todos el idioma que ellos mismos habían creado, y que sólo los ents podían dominar. En general eran una raza solitaria pues vivían separados los unos de los otros, en aisladas casas en los grandes bosques. En estos lugares comían, no alimentos sólidos, sino un líquido transparente llamado trago de ent que guardaban en grandes jarras de piedra.

En las Edades de las Estrellas, los ents eran varones y hembras, pero, en las Edades del Sol, las ents mujeres se enamoraron de las tierras abiertas donde podían cuidar de las olvar menores: los árboles frutales, los arbustos, las flores, las hierbas y granos; mientras que los ents varones amaban a los árboles del bosque. Los ents se convirtieron en una especie en decadencia en parte porque volvieron a su forma durmiente de árboles debido al cansancio, al olvido o la amargura. Otra causa clave fue la no existencia de nuevos ents niños tras la marcha de los ents mujeres. Después de la Guerra del Anillo, los ents volvieron a vivir pacíficamente en el Bosque de los Ents, pero siguieron menguando, y se cree que la Cuarta Edad fue la última que vieron.


Meara


Todos los caballos de Arda fueron creados a imagen de Nahar, el corcel blanco de Oromë, el Jinete de los Valar. Se creía que los verdaderos descendientes de Nahar eran los mearas, los «príncipes de los caballos» de Rohan, porque eran mágicos y maravillosos. Eran de color blanco o gris plateado, y veloces como el viento, de larga vida, incansables y llenos de sabiduría. Las leyendas de los rohirrim cuentan que los mearas se encontraron primero con los hombres de Rhovanion. En el siglo veintiséis de la Tercera Edad del Sol, el Señor de los éothéod, de nombre Léod, intentó domesticar el caballo más hermoso que su pueblo había visto nunca, pero el caballo era salvaje y orgulloso y derribó a Léod, que murió. Por eso el caballo recibió el nombre de Daño del Hombre. Pero cuando el hijo de Léod, Eorl, se acercó al caballo, éste se entregó al joven señor, como a modo de compensación. Eorl lo rebautizó como Felaróf, Padre de los Caballos, porque de él proceden los mearas, que sólo permitían que los reyes y príncipes del linaje de Eorl los montaran.

Aunque no podían hablar, entendían el idioma de los humanos, y no necesitaban ni silla ni bridas puesto que obedecían las órdenes que de palabra les daban sus amos, los rohirrim de la casa real. Los mearas eran amados y honrados por sus amos y el estandarte de los rohirrim siempre fue la silueta veloz y blanca de Felaróf galopando sobre un fondo verde. En la Guerra del Anillo, los mearas prestaron grandes servicios. Uno, llamado Crinblanca, llevó a Théoden, el rey de los rohirrim, a las batallas de Cuernavilla y de los Campos del Pelennor, donde ganaron mucha gloria para los rohirrim, aunque al final tanto el caballo como el jinete murieron a manos del rey brujo de Morgul. Hubo otro meara que todavía realizó mayores hazañas. Fue Sombragrís, que, rompiendo la ley que decía que sólo los reyes y príncipes podían montar a los mearas, llevó al Jinete Blanco, el Istari Mithrandir, también llamado Gandalf. Sombragrís tenía el corazón animoso y era fuerte, porque, junto al Jinete Blanco, plantó cara a los Nazgûl y corrió más que las horribles Bestias Aladas. Llevó a Gandalf a tierras de Gondor durante el asedio de la Torre Blanca. Tras la Batalla de los Campos del Pelennor, condujo al mago, junto al ejército de los Capitanes del Oeste, hasta la Puerta Negra de Mordor y participó en la confrontación final con los malignos ejércitos de Sauron.


Nazgûl


Los más importnates servidores del Mal durante la Tercera Edad fueron sin duda los Nazgûl. Llamados también los Espectros del Anillo, o, simplemente, los Nueve, eran nueve grandes señores de los hombres que fueron esclavizados por Sauron en la Segunda Edad. Cada uno había ansiado tener gran poder y cada uno aceptó uno de los Nueve Anillos de los Hombres forjados por Sauron. Dado que esos anillos están dominados por el Anillo Único y controlados por el Señor Oscuro, los Nazgûl se convirtieron en sus esclavos. Al pasar el tiempo, se convirtieron e inmortales de espíritu, pero sus cuerpos se disolvieron paulatinamente en niebla. En esencia, se convirtieron en "sombras" de gran poder pasando a ser los lugartenientes de más confianza de Sauron.

El rey-brujo de Angmar, llamado también el Señor de Morgul, es su jefe. Él es quien tiene más poder de los Nueve. Los Nazgûl son prácticamente ciegos pero tienen un increible sentido del olfato y podían requerir la ayuda de otras criaturas (como las bestias aladas). Su poder disminuye durante el día teniendo un especial miedo a la luz, pero pueden dominar ese miedo. Las armas de los Nazgûl eran numerosas: llevaban espadas de acero y de fuego, negras mazas y dagas de hojas envenenadas mágicamente. Utilizaban sortilegios de llamada y sortilegios de fuego mágico explosivo, y la maldición de su Soplo Negro era como una plaga de desesperación y la maldición de su terror paralizaba los corazones de sus enemigos. Los hombres mortales no podían tocar a los Nazgûl, dado que las armas no les hacían daño, a menos que hubieran sido benditas con un sortilegio élfico, y cualquier hoja que los golpeaba se agostaba y destruía.
Así, durante mil años de la Segunda Edad del Sol, los Nazgûl, en nueve caballos negros, barrieron las regiones de la Tierra Media como una pesadilla de terror. No perecieron hasta que el reino de Sauron en Mordor cayó y concluyó el asedio de siete años a Barad-dûr, llevado a cabo por la Última Alianza de elfos y hombres a finales de aquella edad. Isildur, Señor dúnadan de Gondor, cortó el Anillo Único de la mano de Sauron, y los Nazgûl fueron arrojados a las sombras con el Señor de los Anillos.

En el año 3018 de la Tercera Edad comenzó la Guerra del Anillo. Porque ese año Sauron sospechó que el Anillo Único había sido descubierto y tal fue su deseo de poseerlo que envió a los nueve Nazgûl a recuperarlo. La búsqueda del Anillo Único llevó a los Nazgûl a La Comarca, donde sus sospechas cayeron sobre el hobbitFrodo Bolsón. Estaban en lo cierto al creer que Frodo era el Portador del Anillo y lo persiguieron encarnizadamente a él y a sus compañeros. En la Batalla de los Campos del Pelennor, el Señor de Morgul, que no podía morir a manos de un hombre, encontró su fin a manos de la doncella escudera Éowyn de Rohan y del guerrero hobbit Meriadoc Brandigamo. Aunque quedaban ocho Nazgûl, pronto fueron destruidos al arrojar el Anillo Único el hobbit Frodo Bolsón al fuego del Monte del Destino.


Olifantes (Mûmakil)


En la Tercera Edad del Sol, en las regiones meridionales de Harad, habitaban animales de gran tamaño que se cree que fueron los antepasados de las criaturas que los hombres llaman ahora elefantes, aunque, al parecer, éstos son mucho más pequeños en tamaño y fuerza que sus antepasados.

En los años de la Guerra del Anillo, los feroces guerreros de Harad marcharon hacia el norte, a las tierras de Gondor, acudiendo a la llamada de Sauron, y con sus ejércitos llevaron a los grandes mûmakil, que eran usados como animales de guerra. Los mûmakil eran enjaezados con todo el aparato de la guerra: estandartes rojos, bandas y arneses de oro y bronce; sobre sus lomos llevaban grandes torres desde las que luchaban arqueros y lanceros. Poseían un deseo natural de lucha y eran muchos los enemigos que perecían aplastados bajo sus patas. Con sus trompas derribaban a los enemigos y, en el combate, sus colmillos se enrojecían con la sangre de los contrarios.

No podían ser combatidos por jinetes a caballo, porque los caballos no osaban acercarse a ellos; tampoco por la infantería, que podía ser atacada por flechas y lanzas desde los mûmakil o aplastada. En la guerra eran a menudo como torres que no pueden ser expugnadas; los muros de escudos se rompían ante ellos y los ejércitos se dispersaban. Sólo en un punto de su cuerpo, los ojos, podían ser dañados, cegados o incluso muertos, por saetas lanzadas con gran fuerza. Si perdían la visión, el dolor los hacía montar en cólera y destruían amos y enemigos por igual.


Orcos (Yrch)


Se dice que, en la Primera Edad de las Estrellas, Melkor cometió su mayor blasfemia en lo más profundo de los pozos de Utumno. Porque fue entonces cuando capturó a muchos miembros de la recién surgida raza de los elfos y los llevó a sus mazmorras, y con horribles actos de tortura concibió unas formas de vida terribles y horripilantes. De ellos crió una raza esclava de trasgos, que eran tan odiosos como hermosos eran los elfos.

Fueron los orcos, una muchedumbre creada con formas desfiguradas por el dolor y el odio. La única alegría de estas criaturas era el sufrimiento de los demás, porque la sangre que corría por los orcos era negra y fría. Su forma achaparrada era horrible: encorvados, con las piernas zambas y rechonchos. Tenían los brazos largos y fuertes, como los simios del sur, y una piel tan oscura como la madera que ha sido carbonizada por el fuego. Poseían una gran boca con colmillos irregulares de color amarillento, lengua roja y gruesa, nariz y rostro chatos y anchos. Los ojos eran rajas carmesíes, como estrechas troneras en parrillas de hierro negro, tras las que ardieran brasas encendidas. Estos orcos eran grandes guerreros, porque temían más a su Amo que a cualquier enemigo, y quizá la muerte fuera preferible al tormento de una vida de orco. Eran caníbales y a menudo sus garras afiladas y sus colmillos babeantes se veían manchados con la amarga carne y la impura sangre negra de los de su propia raza. Poseían ojos con visión nocturna y habitaban en pozos y túneles inmundos. Su progenie surgía con mayor rapidez que la de ninguna otra raza de los pozos de reproducción. Llevaban cimitarras, puñales envenenados, flechas y espadas de hoja ancha.

Sin embargo se decía que Sauron no estaba plenamente convencido con su ejército de orcos y deseaba reforzarlo. Si bien no hay constancia de ello se cree que Sauron, mediante terribles conjuros, creó una nueva raza de orcos mayores. En el año 2475, estas criaturas, los uruk-hai, salieron de Mordor y saquearon Osgiliath, la ciudad más grande de Gondor. Estos orcos tenían la estatura de un hombre, los miembros rectos y eran fuertes. Aunque seguían siendo verdaderos orcos -piel negra, sangre negra, ojos de lince, boca con colmillos y garras en las manos-, los uruk-hai no temían a la luz del sol.

En la Guerra del Anillo, el último gran conflicto de la Tercera Edad del Sol, las legiones orcas lucharon por doquier. Pero todo se iba a decidir en una última batalla ante la Puerta Negra. Todas las fuerzas de Mordor se reunieron allí, y a una orden de Sauron se lanzaron sobre el ejército de los Capitanes del Oeste. Sin embargo, en ese mismo instante, el Anillo Único de Poder, que mantenía dominado a todo el mundo tenebroso de Sauron, fue destruido. Los siervos más poderosos de Sauron fueron consumidos por el fuego, el Señor Oscuro se convirtió en un humo negro que un viento del oeste disipó, y los orcos perecieron como la paja ante el fuego. Aunque sobrevivieron algunos, nunca volvieron a alzarse en gran número, sino que fueron decayendo y pasaron a ser un pequeño pueblo de trasgos que no poseía más que un atisbo de su antiguo poder maligno.


Trolls (tereg)


Se cree que durante la Primera Edad de las Estrellas, en los profundos pozos de Angband, Melkor el Enemigo crió una raza de caníbales gigantes que eran feroces y fuertes, pero sin inteligencia. Estos gigantes de negra sangre fueron llamados trolls, y durante cinco Edades de las Estrellas y cuatro Edades del Sol cometieron todos los actos malvados que su escasa inteligencia les permitió. Se dice que los trolls fueron criados por Melkor porque deseaba tener una raza tan poderosa como la de los gigantes ents, los Pastores de Árboles. Los trolls doblaban en estatura y corpulencia a los hombres más grandes y tenían una piel verde y escamosa que era como una armadura. Eran duros y resistentes como la roca, pero en la brujería que les dio origen hubo un fallo fatal: temían a la luz. El sortilegio de su creación se realizó en la oscuridad y, si la luz caía sobre ellos, era como si el sortilegio se rompiera y la coraza de su piel crecía hacia adentro. Sus entidades malignas y sin alma eran aplastadas y se convertían en piedra muerta.

La estupidez de los trolls era tan grande que muchos no podían ni siquiera aprender a hablar, mientras que otros tan sólo sabían los rudimentos de la Lengua Negra o el dialecto de los orcos. Aunque todo su poder a menudo no servía de nada absolutamente contra alguien listo e inteligente, los trolls eran temidos y con razón en las cavernas montañosas y en los bosques sombríos. Lo que más deseaban era una dieta de carne cruda. Mataban por placer, y sin razón aparente -a no ser una avaricia sin fines concretos- almacenaban tesoros que cogían a sus víctimas.
Pero se cuenta que Sauron no estaba satisfecho con la maldad de aquellos siervos y buscó un mejor uso para su gran fuerza. Fue así como Sauron crió trolls de gran astucia y agilidad, que podían resistir la luz del sol. A éstos los llamó olog-hai, y fueron grandes criaturas con la capacidad mental de un humano malvado. Armados con colmillos y garras, como los otros trolls, llevaban también escudos negros, enormes y redondos, y esgrimían poderosos martillos. Durante la Guerra del Anillo, en los Campos del Pelennor y ante la Puerta Negra de Mordor, el terror de estos seres salvajes causó una tremenda destrucción. Pero los abominables trolls estaban dominados por un poderoso sortilegio y, cuando el Anillo fue destruido y Sauron pasó a las sombras, el sortilegio se rompió. Los olog-hai comenzaron a vagar como si les hubieran arrebatado los sentidos; y, a pesar de toda su fuerza, fueron dispersados y aniquilados.


Tumulario


Al oeste del río Brandivino se encontraban las Quebradas de los Túmulos, el terreno funerario más antiguo de los hombres en la Tierra Media. Las colinas con forma de cúpula estaban coronadas por monolitos y grandes anillos de piedras de color de hueso. Eran los túmulos funerarios construidos en la Primera Edad del Sol para los reyes de los hombres. Durante muchas edades, las Quebradas de los Túmulos fueron un lugar sagrado y reverenciado, hasta que desde el reino brujo de Angmar salieron huyendo muchos espíritus terribles y torturados, en desesperada busca de un lugar donde esconderse de la terrible luz del sol. Eran demonios cuyos cuerpos habían sido destruidos y que buscaban otros cuerpos en los que habitar. Y así fue que las Quebradas de los Túmulos se convirtieron en un lugar maldito y temido. Los demonios se convirtieron en los Tumularios, los muertos vivientes, que animaban los huesos y las armaduras enjoyadas de los antiguos reyes de los hombres que habitaron aquellas tierras durante la Primera Edad del Sol.

Los Tumularios estaban hechos de una sustancia de las tinieblas que aplastaba la voluntad. Podían cambiar de forma y podían animar a cualquier forma de vida. Lo más frecuente era que un Tumulario se presentara ante el desprevenido viajero con el aspecto de un oscuro fantasma, de ojos luminosos y fríos. Su voz era horrible, pero hipnótica; su esquelética mano tenía un tacto de hielo y podía atrapar a alguien como las fauces de hierro de un cepo. Una vez bajo el efecto del sortilegio de los muertos vivientes, la víctima no tenía voluntad propia y el Tumulario la llevaba a su tumba de tesoros en las Quebradas, en cuyo interior podía escucharse un coro desolador de almas torturadas. En la penumbra verdosa, el Tumulario depositaba a su víctima en un altar de piedra y la ataba con cadenas de oro. La envolvía en las raídas ropas y en las preciosas joyas de los muertos de antaño, y acababa con su vida utilizando una espada de sacrificios. Se ha de tener en cuenta que estos espíritus eran poderosos en la oscuridad: sólo podían ser destruidos cuando se los exponía a la luz, y ésta era lo que más temían. Cuando se abría una cámara de piedra, la luz se derramaba sobre los Tumularios y éstos se desvanecían como la niebla ante el sol y desaparecían para siempre.


Licántropos


En la Primera Edad del Sol llegó a Beleriand una raza de espíritus torturados, siervos de Melkor. Se desconoce si eran espíritus maiar que habían servido a Melkor en Utumno y a quienes los valar habían privado de sus formas terrenales, o si se trataba de otros seres malignos. Sin embargo, los cierto es que, mediante actos de brujería, penetraron en cuerpos de lobo, con lo cual apareció una raza temible, cuyos ojos emitían un resplandor terrorífico capaz no sólo de comprender sino también de hablar tanto la lengua negra de los orcos como el idioma de los elfos.

Durante las largas guerras de Beleriand, un gran número de licántropos se congregó bajo el estandarte de Sauron ante la torre noldor del río Sirion, que cayó en su poder. Desde entonces la torre recibió el nombre de Tol-in-Gaurhoth, "isla de los licántropos", y Sauron los gobernó. Debajo de esta isla había lóbregas mazmorras, y los licántropos montaban guardia tras las almenas.

En la búsqueda del Silmarin , Huan, el perro lobo de los valar, mató muchos licántropos en Tol-in-Gaurhoth, hasta que un tal Draugluin, señor de la raza de los licántropos, se enfrentó a él. El combate fue feroz pero al final Dragluin huyó a la torre y se presentó ante el trono de Sauron , donde pronunció el nombre de Huan, cuya llegada había sido profetizada, y seguidamente murió. Sauron, que tenía poder para cambiar de forma, se convirtió entonces en un licántropo. Aunqu era más grande y más fuerte que Dragluin, Huan no se dejó amedrentar y agarró a Sauron por la garganta. No pudo éste liberarse ni por la fuerza ni mediante ningún acto de brujería, por lo que entregó la torre a Beren y Lúthien, señores del perro lobo. El encantamiento se desvaneció en Tol-in-Gaurhoth y los licántropos perdieron su maldad de espíritu. Sauron huyó transformado en un murciélago vampiro, y la razón de ser del reino de los licántropos desapareció para siempre de Beleriand.


Istari


Cuando habían transcurrido mil años de la Tercera Edad del Sol, atracó en los Puertos Grises una nave élfica procedente del Mar Occidental. A bordo iban cinco hombres ancianos, de largas barbas blancas y envueltos en grandes capas. Eran capas de diferentes colores y cada hombre llevaba un gran sombrero puntiagudo, enormes botas negras de viaje y un largo bastón. Eran los Istari, a quienes los hombres llamaron Magos; sus sombreros y bastones eran los símbolos de su oficio. Eran una orden y una hermandad enviada a la Tierra Media desde las Tierras Imperecederas, porque se habían apercibido que un gran mal había aparecido en el mundo y estaba creciendo de día en día en las tierras de los mortales. A pesar de que llegaron con un aspecto humilde y en secreto, los Istari eran espíritus poderosos. Eran Maiar, espíritus más viejos que el mundo, pertenecientes a la primera raza que surgió de la mente de Ilúvatar en los Palacios Intemporales. Pero, en el mundo venido a menos de la Tierra Media durante la Tercera Edad, tenían prohibido manifestarse en todo su poder como Maiar. Se veían constreñidos a la forma humana y a los poderes que pudieran encontrarse en el mundo mortal. Se cuenta que fueron cinco los Istari que llegaron a la Tierra Media, pero hay dos que no participaron en las historias de las regiones occidentales y de ellos se dice que fueron a las regiones más orientales de la Tierra Media. Estos dos eran los Ithryn Luin, los «Magos Azules», y, aunque se sabe que sus nombres eran Alatar y Pallando en las Tierras Imperecederas y que fueron escogidos por el Vala Oromë el Jinete, nada más se puede averiguar de ellos. El más famoso y alabado de los Istari es Gandalf el Gris, a quien los elfos llamaban Mithrandir; los enanos, Tharkûn, y los haradrim, Incánus. Como Maia, en las Tierras Imperecederas, su nombre era Olórin. Gracias a su gran sabiduría, los Pueblos Libres de la Tierra Media alcanzaron la victoria sobre Sauron, el Señor Oscuro, quien quería esclavizarlos. A instancias de Gandalf recibió muerte el dragón Smaug y se ganaron las batallas de los Cinco Ejércitos, de Cuernavilla y de los Campos del Pelennor. El Balrog de Moria fue destruido por la mano de Gandalf. Pero su mayor hazaña fue descubrir dónde se encontraba el Anillo Único y guiar después al Portador del Anillo hasta el lugar donde sería destruido. Merced a esta acción el Anillo desapareció, y Sauron y todos sus siervos y reinos quedaron completamente arruinados. La Tercera Edad terminó con la partida de Gandalf hacia las Tierras Imperecederas. Otro de los Istari fue Radagast el Pardo, quien vivía en Rhosgobel, en la cuenca del Anduin. Formaba parte del Concilio Blanco, que se formó para resistir a Sauron, pero su mayor preocupación eran los kelvar y los olvar de la Tierra Media, y poco se cuenta de él en las crónicas de aquella época. Era más sabio que ningún hombre en todo lo concerniente a hierbas y animales, porque era un espíritu fiel a Yavanna, la Reina de la Tierra y la Protectora de los Bosques y las Praderas. El último Istari es Saruman el Blanco, a quien los elfos llamaban Curunir, «hombre capaz». Durante muchos siglos, Saruman intentó ansiosamente destruir a Sauron, el Señor Oscuro, pero acabó volviéndose orgulloso y deseó el poder para sí. Saruman fue a Isengard y a él acudieron los uruk-hai, los Medio orcos y los dunlendinos. Alzó el estandarte de su tiranía, la bandera negra con una fantasmal mano blanca. Su orgullo lo hizo imprudente, hasta que acabó siendo una marioneta de Sauron, quien poseía una hechicería mucho más potente que la del Mago. De esta forma, el Istari que había ido a destruir al Señor Oscuro se convirtió en uno de sus agentes. Pero el poder de Saruman fue aniquilado. Isengard fue destruida por los ents, su ejército fue exterminado por los rohirrim y los ucornos, y sus poderes mágicos arrebatados por Gandalf. En medio de su derrota buscó una venganza mezquina en el pequeño reino de la Comarca, donde habitaban los hobbits, sus enemigos de menor importancia. En una apuesta patética por alcanzar el poder, Saruman se vio vencido por los hobbits y murió a manos de su propio siervo, Gríma Lengua de Serpiente.


Valar


Cuando Eä, el «Mundo que es», tomó forma, entraron en él algunos miembros de la primera raza, los Ainur o «santos». En los Palacios Intemporales habían sido seres en espíritu puro que llegaron al mundo y, tomando forma terrena, quedaron divididos en dos grupos. Los menos poderosos eran los Maiar; los grandes poderes eran quince y fueron los Valar, los Poderes de Arda. Los Valar y Maiar moldearon la forma tosca del mundo, pero en ello surgió el conflicto entre los Valar y la guerra estropeó su obra. Pero por fin se creó el primer reino de los Valar, llamado Almaren, en una isla que estaba en el centro de un lago enorme en la Tierra Media, y todo el mundo estaba iluminado por dos brillantes Lámparas que se alzaban en el norte y en el sur. Pero uno de los Valar se rebeló y destrozó las Grandes Lámparas de los Valar y destruyó Almaren y sus hermosos jardines. Entonces los Valar abandonaron la Tierra Media y se dirigieron al oeste, al continente de Aman, donde establecieron su segundo reino de jardines y palacios, aún más hermoso que el primero. Este reino se llamó Valinor, y su ciudad de cúpulas, campanas y grandes palacios fue llamada Valimar. En esa época, los Árboles de los Valar daban Luz Eterna, dorada y plateada, a todo Aman. El primero de los Valar es Manwë, quien vive en Taniquetil, la montaña más alta de Arda. Es el Señor del Viento y el Primer Rey. Toda Arda es su dominio, pero su principal amor es el elemento del aire, y por ello se lo llama Súlimo, «Señor del aliento de Arda». Está sentado en un trono bruñido, vestido con ropajes azul celeste, con un cetro de zafiro en la mano. Los ojos de Manwë también parecen de zafiro, pero más brillantes, y tan temibles como un relámpago. Manwë contempla todo el mundo bajo el cielo. Dentro de las estancias abovedadas de Ilmarin, la «mansión de los altos aires» que Manwë edificó sobre Taniquetil, también reside la reina de los Valar. Es Varda, la Señora de las Estrellas, la más hermosa de los Valar, porque en ella resplandece todavía la luz de Ilúvatar. Fue Varda quien hizo las estrellas, y por eso los elfos la llaman Elentári y Elbereth, la «Reina de las Estrellas». Los elfos aman a Varda más que a nadie, porque fueron sus estrellas las que los llamaron al mundo y parte de su primera luz ha quedado en los ojos de los elfos para siempre. Por este hecho los elfos la cantan en poemas y canciones y la llaman Tintallë y Gilthoniel, la «Iluminadora». El siguiente de los Valar es Ulmo, cuyo elemento es el agua. Es el Señor del Océano, a quien conocen todos los marineros, y a quien temen orcos y enanos. Casi siempre adopta un aspecto enorme y sin forma en su profundo mundo acuático; pero cuando se alza es como una enorme ola que fuera a romper en la orilla; su yelmo tiene un penacho de olas y su cota de malla es de esmeralda y reluciente plata. Se lleva a los labios las ulumúri, las blancas caracolas, y sopla profunda y fuertemente. Pero su aspecto no siempre es aterrador, porque su poder alcanza a todas las formas de agua, desde las lluvias de primavera y los manantiales hasta el correr de torrentes y arroyos, los sinuosos cursos de los ríos y el rugido de las mareas marítimas. Yavanna es la nutridora del mundo, porque su nombre significa «Dadora de Frutos»; también es Kementári, «Reina de la Tierra». Adopta muchas formas, pero con mayor frecuencia se presenta alta como el más elegante de los cipreses, vestida de verde e iluminada por un rocío dorado. Todos los que aman los frutos de la tierra aman a Yavanna. Ella es la fuerza que hace surgir la flor del tallo verde, y las primeras semillas de todos los olvar fueron concebidas y plantadas por ella. Aulë el Herrero es el esposo de Yavanna, con quien comparte el elemento de tierra, pero de manera más profunda. Es el Hacedor de Montañas, señor de todas las artesanías, creador de metales y piedras preciosas. Los enanos lo llaman Mahal, el «Hacedor», porque él es el poder que dio forma a este pueblo a partir de la tierra y de la piedra. Fue Aulë quien forjó las Lámparas de los Valar y los recipientes que contenían la luz del Sol y la Luna. Más profundas que las mansiones de Aulë son las Estancias de Mandos, que se encuentran en la orilla occidental donde las olas de Ekkaia, el Mar Circundante, rompen contra las Tierras Imperecederas. Es ésta la Mansión de los Muertos, donde habita el Vala Námo, a quien todos llaman Mandos a causa de su mansión, el Portavoz del Destino.

Cerca de Mandos, en la orilla occidental de Valinor, habita su hermana Nienna, la Plañidera. Es la mujer envuelta en capa de luto, pero no es la Desesperación, aunque la Pena sea su dominio; las lágrimas le caen sin cesar y su casa mira a las Murallas de la Noche. En realidad es la Tristeza y el Sufrimiento que traen la sabiduría y la resistencia más allá de toda esperanza; del agua de sus lágrimas nacen muchas cosas totalmente inesperadas, pero que en numerosas ocasiones son las que sostienen la vida misma. En las regiones meridionales de Valinor se encuentran los hermosos bosques de Oromë, donde vive Oromë, el Domador de Animales y el Cazador. Todas las naciones de jinetes lo aman, igual que aquellos que viven de la caza y los pastores y habitantes de los bosques. Éstos son los ocho Valar, llamados los Aratar, los principales poderes que moran en las Esferas del Mundo. Pero hay otros seis Valar, y uno más que se dedicó al mal y que se cita el último de todos. Quienes desean una juventud eterna adoran a Vána, esposa de Oromë y hermana menor de Yavanna. Su nombre es Vána la Siempre Joven, tiene jardines de flores doradas y sus principales satisfacciones son el canto de los pájaros y el florecimiento de las flores. Nessa la Bailarina es la siguiente; es la hermana de Oromë. Ama a las ligeras criaturas del bosque, que acuden a ella, porque ella misma es un espíritu salvaje que danza incesantemente en las praderas verdes que nunca se agostan de Valinor. El marido de Nessa es Tulkas el Fuerte, quien fue el último Vala en entrar en Arda. También se lo llama el Luchador y Astaldo, el «valiente». Es el más fuerte de todos los Valar, rápido e infatigable, de cabellos y barba dorados; ni siquiera en la guerra lleva armas porque su pura fuerza y su gran corazón derrotan a todos sus enemigos. El hermano de Mandos es Lórien, el Señor de los Sueños. Al igual que Mandos, Lórien recibe este nombre por el de su morada, porque Lórien es el jardín más hermoso de Arda. Su nombre verdadero es Irmo, pero para todos es Lórien, Rey de los Sueños y las Visiones. Dentro de los jardines de Lórien se encuentra el lago de Lórellin, en el que hay una isla llena de árboles altos y suaves nieblas. Aquí mora Estë la Curadora, la Gentil. Su manto es gris, y siempre otorga descanso. Todos la ensalzan, pero sus dones son más deseados por aquellos que más sufren. La Vala de nombre Vairë es la esposa de Mandos, y se la llama la Tejedora. En los palacios de su marido teje incansablemente en un telar los tapices de la historia y el destino mucho antes de que los sucesos ocurran en el curso del Tiempo. El último de los Valar es aquel que en un principio era el más poderoso de los Ainur. Su nombre era Melkor, «Aquel que sobresale en poder». En parte poseía los poderes de todos los Valar, pero su principal dominio residía en el frío y la oscuridad. Construyó su fortaleza, Utumno, y su arsenal, Angband, en las profundas raíces de las montañas de la Tierra Media. En Arda declaró cinco grandes guerras contra los Valar y extinguió las luces del mundo al destruir las Grandes Lámparas y los Árboles de los Valar. Los elfos lo llamaron Morgoth, el «Enemigo Oscuro del mundo». Este rey guerrero era como una gran torre, coronado de hierro, con armadura y escudo negros, enorme y sin adornos. Su aspecto era maligno, porque en sus ojos ardía la malicia y su rostro estaba deformado por la rabia y marcado de heridas. Pero en la Guerra de la Ira fueron destruidos todos sus poderes. Fue el único Vala expulsado de las Esferas del Mundo y ahora mora para siempre en el Vacío.


Maiar


Cuando se creó el mundo, los Ainur, los «santos», salieron de los Palacios Intemporales y entraron en aquella nueva tierra. En los Palacios Intemporales, los Ainur no tenían forma, pero dentro de las Esferas del Mundo adoptaron distintas y variadas apariencias. Éstos eran los Poderes de Arda y los más importantes de entre ellos fueron los Valar, que eran quince. Los Ainur menores eran una multitud que recibía el nombre de Maiar y eran los servidores de los Valar. Aunque eran muchos los Maiar dentro de las Tierras Imperecederas, pocos son nombrados en las historias de los hombres, porque sus asuntos siempre estuvieron relacionados con los Valar en las Tierras Imperecederas. El más poderoso de los Maiar era Eönwë, el Heraldo de Manwë, Señor de los Vientos. La fuerza de Eönwë en el combate podía compararse incluso con la de los Valar, y el sonido de sus trompetas llenaba de terror a todos sus enemigos, porque tras su sonido se acercaba el ejército de los Valar. Ilmarë, quien lanzaba sus jabalinas de luz desde el cielo nocturno, era la principal doncella entre los Maiar, y también la dama de Varda, la Reina de las Estrellas.

Arien, el espíritu de fuego, era la más adorada por los hombres. Era ella la que guiaba la trayectoria del Sol. Y, tal y como Arien viajaba durante el día, de noche lo hacía Tilion, el Cazador del arco de plata, quien transportaba el recipiente de la Luna, que fue la última flor que dio Telperion, el Árbol Plateado de Valinor. Los Maiar Ossë y Uinen, siervos de Ulmo, Señor de los Océanos, eran conocidos por todos aquellos que navegaban los mares. Ossë era el Señor de las Olas de Belegaer, el Mar Occidental, y, aunque fue él quien por vez primera trajo al mundo el arte de la construcción de barcos, todos los marinos lo temían. Por el contrario, profesaban un gran amor a Uinen, la Señora de las Calmas. Ésta era la esposa de Ossë y sólo ella sabía reprimir sus furias coléricas y su carácter salvaje. De todas las historias de los Maiar, quizá sea la de Melian la más extraña, pues sirvió a Vána y a Estë en Valinor, pero en las Edades de las Estrellas pasó a la Tierra Media. Allí, en los bosques de Beleriand, conoció al señor eldar Elwë Singollo y se casó con él. Ésta fue la única unión de un elfo y una Maia y, durante cuatro largas Edades de las Estrellas y una del Sol, Melian fue reina de los elfos grises y esposa de Elwë, quien fue llamado Thingol y rey Mantogrís. Pero, de manera trágica, Thingol fue asesinado y Melian se envolvió en su pena y regresó a Valinor.

Fueron muchos otros los espíritus fuertes y bondadosos que habitaron en la Tierra Media. Eran quizá Maiar, como Melian, pero eso no puede saberse a ciencia cierta por las leyendas. El principal fue aquel a quien los elfos llamaban Iarwain Ben-adar. Para los enanos era Forn, para los hombres Oraldo y los hobbits lo conocían por Tom Bombadil. Era un hombre bajo y robusto, con ojos azules, rostro colorado y barba castaña. Siempre estaba cantando y hablaba en rimas; parecía un ser excéntrico y absurdo, pero era el señor absoluto del Bosque Viejo. En el Bosque Viejo también habitaban otros espíritus que podrían haber sido siervos del Vala Ulmo. Uno de ellos era la Mujer del Río Tornasauce, y otro era su hija, Baya de Oro, quien era la esposa de Tom Bombadil. Baya de Oro tenía los cabellos rubios y era tan hermosa como una reina de los elfos. Sus vestidos eran de verde y plata y sus zapatos eran como escamas de peces. Su canto era igual que el canto de los pájaros. Se cuenta que al final del primer milenio de la Tercera Edad del Sol llegaron a la Tierra Media cinco Maiar con el aspecto de hombres ancianos. Cada uno poseía barbas blancas y llevaba una capa de viajero, un sombrero puntiagudo y un largo bastón. Éstos eran los Istari, a quienes los hombres llamaron Magos. Radagast el Pardo era un maestro en asuntos de aves y animales del bosque. Saruman el Blanco era considerado el más importante y durante un tiempo fue verdaderamente sabio y capaz, pero cayó en las malas artes y trajo la ruina a mucha gente. Gandalf el Gris fue el más famoso de los Istari. Al principio se lo llamó Olórin y se lo consideró el más sabio de los Maiar. Los otros dos Istari fueron Alatar y Pallando, llamados los Magos Azules, siervos de Oromë el Jinete. Sin embargo, poco se cuenta de su destino y sus hazañas en la Tierra Media. Pero no todos los Maiar eran espíritus buenos y hermosos. Muchos fueron corrompidos por el Vala rebelde, Melkor el Enemigo. Destacaban entre ellos los balrogs, que en otros tiempos habían sido brillantes espíritus ígneos, pero que se deformaron monstruosamente hasta tener aspecto demoníaco, debido al odio y la ira. Su jefe era Gothmog, y la historia de los hechos de su hueste es larga y sangrienta. El espíritu que tomó la forma de una araña enorme y terrible fue llamado Ungoliant. Este terrible insecto devoraba la luz y vomitaba oscuridad y tejía una negra tela de no luz que ningún ojo podía penetrar. Los vampiros y licántropos de Angband podrían haber sido también Maiar en sus inicios. Se dice que eran espíritus malévolos que tomaron formas terribles, pero ninguna leyenda nos habla de su creación. De los vampiros sólo se nombra a Thuringwethil, «la dama de las sombras», y, de la gran hueste de licántropos, Draugluin aparece como su señor y padre de toda la prole. Hay un Maia más conocido que los demás, debido a su gran maldad. Es Sauron, cuyo nombre significa «el aborrecido». Sauron, el Señor Oscuro, que fue en principio un Maia de Aulë el Herrero, se convirtió en el principal siervo, y luego sucesor, de Melkor. Después del terror de la Primera Edad del Sol, se dice que Sauron reapareció en la Segunda Edad con un aspecto hermoso y adoptó el nombre de Annatar, «dador de dones». Al final, cuando se convirtió en Señor de los Anillos, su espíritu maligno se reveló. El cuerpo de Sauron quedó destruido en la Caída de Númenor. A partir de entonces adoptó la forma de Señor Oscuro y se convirtió en un temible guerrero de oscura armadura. Pero incluso esta forma fue destruida al final de la Segunda Edad. Pero el poder del espíritu de Sauron era tan grande que se hizo manifiesto en el poder encantado de un gran ojo sin párpado. Sin embargo, en la guerra que terminó la Tercera Edad, cuando fue destruido el Anillo, el espíritu de Sauron fue barrido y expulsado a las sombras y este Maia no resurgió nunca más.

Gracias a Link2007 por su colaboración
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