Clan DLAN
20 de Febrero de 2018
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Capítulo III.




Turik: La Coraza de Genji

Cuenta la leyenda que, cuando los enanos abandonaron la cordillera de Genji, su patriarca, Turik, no se encontraba con ellos. Muchos pensaron que había muerto en el asalto contra los orcos, y se olvidaron de él. Pero en realidad, Turik se encontraba en la caverna de las llamas. Había descubierto un manantial de lava mágica, y lo estaba aprovechando para forjar su armadura definitina, embutido en la cual, hasta el más debil de los medianos habría sobrevivido al poderoso ataque de un gigante de las tormentas. Tardó una semana entera en terminar la Coraza de Genji, como así la bautizó por el lugar en que había sido forjada. En ese tiempo se estuvo alimentando de cucarachas, lagartos, y otras sabandijas que se arrastraban por la cueva de las llamas. Cómo resistió el sueño sólo la diosa lo sabe.
Cuando al fin salió de la caverna, con su armadura puesta y la celada levantada para mostrar su radiante sonrisa de oreja a oreja, se encontró con la escena de la batalla. Las casas aún humeantes, la ceniza formando remolinos sobre su cabeza, la sangre empapando el suelo y los cuervos repasando los poco que quedaba de los cadáveres. Divisó tras una casa una figura enana rondada por los cuervos. Se lanzó hacia ella y espantó a los cuervos para descubrir que aquella figura inerte, aquel cadáver atravesado por tres toscas lanzas, era Norah, la matriarca de los enanos.

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Turik: Argenta: El Hacha del Corazón

Turik, al ver el cadaver de Norah, entró en un ataque de pánico, que siguió a la furia. Levantando su poderosa hacha que tantos lobos había asesinado, descuartizó en pedazos a cada uno de aquellos pielesverdes hasta que no quedó de ellos nada más que una mancha rojiza en el suelo.
Al anochecer la luna llena brillaba, y Turik llevó el cadáver de su esposa a la caverna de las llamas. Bajó con ella en brazos hasta el último nivel, llegando a lo más profundo de aquella caverna y acercándose quizás al corazón del mundo. Dejó a Norah en el suelo y de cuatro golpes bien dados, formó un altar donde la colocó, pero no contento con aquella roca, decidió hacerle un panteón más acorde con la importancia que Turik le daba. Comenzó con su imponente hacha a desgarrar la roca hasta que se dio cuenta que había otra sala natural al otro lado de la pared. Un último golpe y consiguió llegar hasta ella.
Una hilera de escalones que no parecían naturales le llevaban por un pasillo de mármol a una gigantesca estancia. En el centro de ella, un gigantesco ojo lagrimeante se encontraba dibujado en el suelo. En la pupila de este ojo, se alzaba un pequeño pedestal cuadrado que sostenía un bol dorado.
Turik penso en aquel lugar para construir un templo a su diosa Épheli. Ideó poner en ese templo a su amada para que reposase eternamente con todos los honores. Pero sus pensamientos fueron interrumpidos por una dulce voz masculina que le susurraba al oido.
¿Qué quieres, Turik? –dijo la voz.
¿¡Quien eres!?-respòndió Turik sobresaltado, empuñando su hacha a dos manos.
Pero aunque Turik no hubiese respondido a la pregunta, había averiguado la respuesta en ese instante. Venganza. Hacer pagar al causante de la muerte de su amada. Venganza. Redimirse por no haber estado en el pueblo en el momento del ataque. Venganza. Por aquella maldita armadura. Venganza. Un trozo de metal.
Puedo solucionar tus problemas
¿Cómo? –preguntó Turik, más preocupado por la identidad de la voz que por sus problemas.
Coge el bol.
En ese momento, el ojo comenzó a cerrarse, y el pedestal que sostenía el bol presto fue bajando. Fue una voz diferente la que habló en la mente de Turik en este momento. Era la suya propia. Para vengarse... Necesitaría ayuda.
Turik soltó el hacha y se lanzó corriendo hacia el bol. Lo recogió poco antes de que se internase del todo en la pupila y se perdiese.
- Así me gusta –continuó la voz- ya queda poco. Sólo una lágrima y un corazón, daran a la muerte la razón, de haberse equivocado, al tu amada haberse llevado.
Con el bol en las manos, y en la mente el significado de las palabras claro, miro hacia las escaleras, el altar donde la enana reposaba. Subió las escaleras, se dirigió hacia ella, la cogió y la trasladó a la sala. Allí, al fondo de la estancia había surgido de la nada un verdadero altar donde dejar reposar a alguien tan importante. La madre de todos los enanos no desmerecía tal belleza, el altar era de marmol pulido, y varios símbolor dorados lo adornaban a los lados.
Turik miró el bol de oro, en el fondo de él reconocío un símbolo que le inspiraba muerte. “Así lo habría querido ella”, pensó Turik, y despechugó a Norah. Le vantó su hacha, y de un fino corte que no sangró, la abrió para sacarle el corazón. Arrepentido por haber mancillado el cuerpo de su amada, soltó una lágrima sobre el bol. Luego soltó en él el corazón, y el bol brilló. Aquel corazón se petrificó y volvió de oro.
Debes hacer con él un arma –susurró de nuevo la voz- Te enfrentarás con ella a las hordas del caos y puede que al caos mismo. Demostrarás con ello a la muerte tu valía, y te reunirá con tu amada en esta vida.
Después de esto la voz se apagó y desapareció. Un fino cristal se materializó sobre Norah, formando allí una tumba de vidrio que la protegería del paso del tiempo y de otras cosas. El corte provocado poco antes por Turik desapareció y se regeneró al instante. Bella como una rosa, custodiada por dioses desconocidos, espera Norah que Turik cumpla su venganza contra las hordas del caos y la devuelva a la vida.
En aquella caverna Turik forjó el arma que el extraño ser de la voz le había ordenado. Fue un hacha de doble filo, que fabricó enteramente de mithril y adamantita, lo que la hacía más dura y afilada. Y brillando dorado, en el centro del hacha plateada, estaba el corazón.
Y así comienza la Leyenda de Turik. Su final, ya se verá.
La Caverna de las Llamas
Esta extraña cueva se encuentra en la zona oeste de las Montañas de la barba. Los primeros enanos que entraron en ella descubrieron que la lava de aquel volcán dormido tenía propiedades mágicas que imbuía a las armas que se creaban con ella. La Caverna se adentra miles de kilómetros bajo tierra, haciendo correr el rumor de que llega incluso al corazón del mundo. Muchos se han aventurado a descubrir si esto es cierto, pero nadie ha regresado, pues los elementales de fuego y las tribus kóbold consideran ese lugar como su hogar y no admiten intrusos más que en los tres primeros niveles.

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Candelabrós: El Desierto Malárquico.

Candelabrós era un humano alto, aún para su raza, de pelo rubio y ojos azules. Era robusto y de abundante vello, pero a pesar de tener un físico atractivo aún no había escogido esposa, y no era de extrañar, pues pasaba poco tiempo con los de su tribu.
Él era el treceavo descendiente primogénito de Caín, por la línea de Ernest, y como se podía ver, conservaba aquellos encantos, pero estaba lejos de utilizarlos. Sucesor del jefe de la tribu, se alejaba cada día de sus responsabilidades. Despertaba al alba y se alejaba de las caravanas y las tiendas de campaña, para adentrarse en la tierra y conocer el mundo al que había sido traído.
Pero aquellas tierras no eran suficiente. Las montañas, los ríos, los lagos, los bosques, las llanuras. Había cruzado las ciénagas y penetrado en los más peligrosos pantanos. Necesitaba ver más. Aquellas tierras, aquel mundo que se le daba, se le antojaba minúsculo. Sólo deseaba conocer más lugares, sitios diferentes, gente diferente.
Solo quedaba un lugar en toda Vena que él no había visitado: el desierto. Temía y odiaba aquel lugar, pues había perdido amigos y familiares que se adentraron mucho en él y luego los espejismos no les dejaron salir. Se contaba que aquel desierto era el hogar de Malakian, el temido dios de la locura, cuyo nombre nadie de la tribu pronunciaba jamás.
En aquella tribu, aunque había varios clérigos para ocuparse de heridos ocasionales, sólo adoraban a un dios: Ebos, el dios de la lluvia. Y esto era comprensible, ya que era sólo la ayuda de ese dios la que necesitaban para subsistir en tierras que fuesen yermas. Los rezos al dios siempre traían la lluvia y las cosechas florecían dondequiera que las plantaran.
Candelabrós sólo había oido hablar de Ebos por estos clérigos, y le adoraba más por obligación que por devoción. Él realmente era devoto de su libertad. Pero aun así rezaba cada noche al dios, y si alguna vez le visitaba, lo acogía con los mejores honores que le pudiese dar.
Una noche Loktar, su padre y jefe de la tribu, fue a visitarlo cuando se encontraba mirando el ignoto desierto.
Sueñas con visitarlo, ¿No es así? –dijo Loktar, mesándose la barba.
Así es, padre. – respondió Candelabrós, que ya había escuchado los pasos de su padre a su espalda.- Siento que necesito verlo, algo en mi corazón me empuja hacia él pero mi cabeza lo retiene.
Sé como te sientes. –dijo Loktar y se sentó sobre una roca- Yo de joven también era así. No te basta con las tierras que los dioses nos han dado, y quieres más. Más, para tus cultivos. Más para tus reses. Más, para tus hijos.
Pero yo no tengo ni cultivos ni reses ni sueño con hijos. Sólo sé que si hay algo en ese desierto tengo que ser yo quien lo vea.
Candelabrós se sentó sin separar la vista del horizonte.
Yo sentí ese sentimiento una vez –repitió Loktar.- Nadie osaba aventurarse en la ciénaga de los muertos, y yo lo hice. ¿Sabes que descubrí? Nada, que aquella ciénaga no era nada, sólo un lugar más entre los miles de este continente.
Más que continente yo lo llamaría isla. –interrumpió el joven.- Yendo hacia el norte por el Cabo Falo sólo hay agua, como también la hay en las Montañas del destino, al este, y al sur, en la Península Azul. El oeste es mi única esperanza. Si allí también hay agua significará que estoy atrapado aquí y... y...
No podrías soportarlo
Si.
Loktar se levantó y miró preocupado al joven, quien, aún sentado, le miraba desde un puesto de inferioridad. Loktar sabía que si en aquel momento se hubiese alzado como jefe de la tribu y le hubiese prohibido visitar aquel desierto, su hijo no habría renegado, habría acatado la orden. Pero conocía aquel espíritu libre, y recordó como se había sentido al no encontrar nada más que fango en aquella apestosa ciénaga. Se sintió apresado, oprimido por las cadenas de la tierra que amaba.
Todavía algunas noches, como Candelabrós, sentía deseos de desplegar las alas y echar a volar otra vez, por los mismos parajes de antes. Sentía deseos de echarse a la mar y nadar como los peces hasta encontrar el horizonte. Si Candelabrós no emprendía aquel último viaje, lo lamentaría el resto de sus días. Su hijo tenía que ver y comprender. Tener al menos la satisfacción de haber visitado hasta el último rincón de aquello que él llamaba isla.
Loktar desvió la vista al desierto y descubrió que también él deseaba visitarlo. Tenía que dejarle ir, aunque sólo fuese para escuchar luego el relato.
¿Sabes cuanta gente se ha internado en el desierto antes que tú? –le preguntó.
Sí, padre.
¿Sabes que eran hombres más fuertes, más diestros y más inteligentes que tú?
Sí, padre.
¿Aún así quieres ir?
Estoy seguro.
Entonces debes hacerlo –dijo Loktar señalando el horizonte.- No permitiré que te quedes aquí soñando con algo que tienes tan cerca. Sólo te pido una cosa, que te vayas esta noche, antes de que salga el sol. Mientras los clérigos aún duermen róbales un par de pociones curativas, no las echarán en falta. Y en el cofre de mi cabaña encontrarás espadas y armaduras, creo que serán de tu talla. Ahora parte ya.
Pero padre, -intervino Candelabrós, mientras se acercaba a su padre.- ¿Seguro que queréis dejarme marchar?
Sólo temo una cosa, Candelabrós. Temo que ese desierto no sea suficiente para ti.
Lo será, padre. Pero tengo una pregunta, ¿Qué pasará con la tribu? No quiero que quede sin líder si muero en el intento.
Al padre se le blanquearon las facciones sólo de pensar en que su hijo muriese por haberle dejado marchar. Pero había tomado una decisión, y debía acatarla.
No te preocupes, chico.- respondió disimulando que se le había tomado la voz.- Tu madre se ha quedado embarazada. Un clérigo de Origin nos vaticinó el otro día que sería niña, pero aun así sabrá gobernar.
¿Estas seguro, padre?
Es hija mía. Creo que lo hará mejor de lo que lo hubieses hecho tu.
De todas formas, volveré. Lo prometo.
Candelabrós sonrió y empezó a correr hacia el pueblo, pero su padre lo detuvo una última vez.
¡Candelabrós! Espera. –gritó el anciano.
Dime, padre.
Recuerda esto.
Al borde de aquella montaña, con los primeros rayos de luz asomándole por la cabeza, Candelabrós recordó las representaciones de Origin que le habían enseñado los clérigos en su anterior asentamiento al norte.
Por muy lejos que vayas, el cielo será siempre será del mismo color.
Candelabrós no pudo quedarse más tiempo, pues la hora prima se acercaba y los clérigos se levantarían a rezar, y él tenía que coger las pociones sin que nadie le viese.
Llegó corriendo al pueblo y se acercó a la caravana que hacía las veces de templo portátil en aquel pueblo nómada. Cogió dos pociones, suficientes si no braveaba y atacaba a adversarios imposibles de vencer.
Luego pasó por la cabaña del Loktar, donde su madre dormía. Sigiloso cogió el cofre y lo sacó fuera, a fin de no hacer ruido y despertar a su madre. El equipo consistía en una armadura laminada de cuerpo completo, no demasiado pesada y poco calurosa, excelente para el lugar al que iba. La espada en cambio estaba un poco oxidada al comienzo del filo y rayada al final, síntoma de haber sido usada demasiadas veces. Pero parecía más ligera de lo normal y parecía cargada mágicamente. No se preguntó por ello y se fue a su tienda.
El canto del gallo anunció la salida del sol cuando Candelabrós se encontraba todavía en su tienda. Recogió seis raciones de viaje, por si la estancia en el desierto se alargaba, y partió. Poco antes de perder de vista el campamento, le dirigió una última mirada, y observó como su madre, a lo lejos, se despedía de él. Pensó que era una alucinación, porque al parpadear desapareció, así que siguió adelante y se internó en el desierto.

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Turik: El Bosque de Las Arañas

El Camino de Turik fue duro, pues detrás de cada esquina había un pelotón de cuatro o cinco orcos dispuesto a la batalla. Pero aunque eran demasiados, Turik estaba decidido a acabar con cada uno de aquellos bichos verdes uno a uno.
Tras tres días sin comer y tres noches sin dormir, se aventuró a hacer un descanso. Había llegado a un bosque, y bajo alguno de aquellos árboles su pequeño cuerpo podía pasar desapercibido. La caza en aquel bosque no abundaba, así que arrancó algunas bayas y hojas de arbustos y se alimentó de ellas. Luego se enterró entre las hojas y durmió.
Cuando se despertó, al día siguiente, no se encontraba debajo de aquel árbol. Desde su posición no se veía el lindero el bosque, y los árboles parecían más altos y frondosos. Tras las ramas pudo divisar el cielo y ver que era de noche.
Se levantó y se sacudió, viendo que miles de arañas caían a sus pies. A su alrededor, entre los árboles que lo circundaban, gruesas telaranas impedían el paso. Intentó rasgar una con la mano, pero se quedó pegado a ella. Como si fuese mágica, aquella pegajosa telaraña no era tan frágil como parecía.
Descargó con odio su hacha pero la red no se rompía. Por suerte, su hacha no se quedaba pegada. Pero la armadura sí. Intentando descolgarse los pies tambien quedaron presos, y llegó el momento que solo quedaba libre una mano, la que sujetaba el hacha.
De las sombras a su espalda comenzó a hablar una voz femenina, pero grave.
Vaya, Vaya. –dijo con curiosidad.- Otra mosca cae en mi red, ¿Me la comeré?
Turik intentó girarse para ver de dónde provenía la voz, mas lo único que consiguió fue enredarse más
Gracias a dios, una voz enana. -dijo Turik con algo de alivio.- ¿Sois una bruja o algo así? Quizás podamos atender a razones.
En parte soy una bruja. –continuó la voz, acercándose cada vez más y poniéndose a la luz.- Pero sólo en parte. –la tenue luz de la luna dejó ver que la voz la emitía una gigantesca araña de cristal.- A razones dudo que podamos atender. ¿Qué me puedes ofrecer que se equipare en valor a vuestra vida?
Para saberlo deberé conoceros mejor.-dijo Turik.- Decidme qué os preocupa y yo veré como puedo ayudar.
La araña rió lenta y dulcemente mientras movía partes de su sólida fisonomía para expresar su sonrisa.
¿Es eso lo que me quieres ofrecer, pequeño? -reía la araña- Yo soy Calixa, la Reina de las Arañas, el ser más poderoso de este bosque. Las demás arañas me siguen en todo y los animales depredadores han huido. Ahora en este bosque sólo quedamos las arañas, que vagamos libremente, como reinas que somos. El único problema es conseguir comida, pero contigo y con tu amigo, creo que el problema estárá solucionado durante un tiempo.
¿Con mi amigo? –se sobresaltó Turik.-¿Qué quieres decir?
Sólo tienes que mirar detrás tuya.
Turik forzó un movimiento y se dio la vuelta, pero a un precio muy alto. Su hacha había quedado pegada, como él, a la telaraña. Ahora no tenía más que sus palabras para defenderse, y dudaba que consiguiese atraer la atención de su anfitriona durante demasiado tiempo. Ahora la veía con claridad, y se preguntaba de dónde había salido aquella clase de aberración.
- Debe estar demasiado cansado para hablar. –decía Calixta mientras trepaba la telaraña.- Pero puedo despertarle si lo deseas. –La araña sesgó facilmente un capullo colgado de la telaraña, dejando entrever una pequeña cara.- Mis pequeñas ya han empezado con su tobillo. ¿Es uno de los tuyos, no?
No lo era. La otra víctima de aquella araña bruja era un mediano, pero Turik jamás había visto uno. Ni siquiera sabía de su existencia. Pero la única manera de seguir la conversación era asentir, y así lo hizo, al menos, lo que pudo.
Ya lo sabía, -prosiguió la araña- debe ser sólo un crío, porque tú pareces mucho más grande.
Sí, es un bebé. –dijo Turik, dudando un poco.- No me puedo creer todo el daño que le habéis hecho. ¿Qué clase de bestias crueles sois?
¿¡Bestias crueles!?- gritó la araña con el tono más agudo que pudo.- ¿Cómo nos puedes considerar tales? –La araña se aceleró y en un pestañeo se colocó encima de Turik.- ¿Sería una bestia cruel si dejase a miles de mis crías morir de hambre a cambio de uno de los tuyos?
Pero asesinar a un niño es algo malvado...
Así que eso te han enseñado, ¿uh? –Saltó de la telaraña y cayó al suelo, emitió un agudo sonido y empezó a rodearse de pequeñas arañas.- Míralas. Una a una.
Turik observó aquellas arañas una a una como le habían dicho. Y a pesar de la repulsión que le producían, en lo más hondo de su corazón se enterneció por ellas. Intentó luchar contra ese sentimiento, pero se sorprendió tanto de encontrarlo ahí que lo liberó. Aquellas pequeñas arañas le daban pena, no eran malvadas, no hacían mal a nadie. Si mataban, era para sobrevivir, no por malicia.
Bien y mal. –dijo la araña.- ¿Me explicarás ahora que significan, enano?
Entonces el enano entró en razones, y propuso un trato a la reina de las arañas.
Tengo algo que ofrecerte,-dijo Turik.- y estoy seguro de que aceptarás.
Suéltalo entonces. –dijo Calixta y las arañas se dispersaron.
Ahí fuera del bosque hay miles de hombres de piel verde...
Lo sé. –interrumpió la araña.- Entran aquí de vez en cuando y talan los árboles, pisan los arbustos, y lo que es peor, matan a mis hijas.
Podríais salir del bosque conmigo y ayudar a aniquilarlos.
Calixta se carcajeó otra vez, pero esta vez Turik la vió con todo detalle y casi le entró pánico.
No, gracias. –respondió la araña.- Aunque su carne es buena, me niego a abandonar este bosque. Hay muchos peligros ahí fuera y quiero que mi hijas estén protegidas.
Hagamos una cosa. Yo saldré del bosque, acabaré con unos cuantos de esos pielesverdes y volveré para entregártelos en pago del niño y yo.
No creo. No tengo garantías de que vuelvas aquí después de acabar con ellos.
Te entregaré mi hacha en aval.
Me darás tu armadura. Debe ser más valiosa para ti si la ofreces después.
Pero quedaré sin armadura...
Soy bruja, ¿recuerdas?
Con un conjuro de pocas palabras cambió la armadura de Genji por otra mágica, y lo bajó de la telaraña.
Tienes tres horas. –dijo la araña.- Si no, esa armadura que llevas desaparecerá y me comeré a tu bebé.

Ya fuera del bosque, Turik empezó a dar vueltas por el lindero, pero no vió orcos. Luego, se fue separando poco a poco de él, pero tampoco aparecían. Tanto habían abundado antes y ahora faltaban. Quedaba menos de una hora para que Turik volviese al bosque, y ya se estaba cuestionando aquella decisión de dejar su armadura. De todas formas la araña no habría podido atacarle mientras llevase la armadura puesta. Pero no pensó en que se la había quitado con un guiño.
Entonces divisó un campamento. Contó diez tiendas de campaña. Se lanzó hacia él enarbolando el hacha con las dos manos y bramando el grito de guerra enano con toda la fuerza de su pulmón. Los orcos salieron al momento de sus tiendas, muchos enfurecidos por ver interrumpido su sueño, y se lanzaron a él con lanzas de piedra y hachas similares.
Los tres primeros con los que se enfrentó cayeron con el mismo tajo horizontal, de los cuales sólo uno acertó a Turik lo suficiente para hacerle un ligero corte en la mejilla. Se lanzó a por el cuarto y su armadura fruto de la magia paró un golpe trasero. Con la sangre deslizándosele dentro del ojo y hacíendole experimentar una visión rojiza, eliminó al quinto rajando de abajo a arriba un envoltorio que dejó libres metros de vísceras.
Arremetió contra un grupo de seis orcos arrancando un brazo al sexto orco y bloqueando el ataque al séptimo. De un codazo tiró al suelo un orco que se le acercaba por el lado, y aprovechó ese movimiento como finta para clavar a Argenta en el costado del octavo orco. Luego dio una patada al que había derribado con el codazo para mantenerlo en el suelo y se encaró al penúltimo. La madera de su lanza no resistió un impacto contra el hacha de Turik, quien se encontraba en posición defensiva, y contraatacó fieramente segando las rodillas del pielverde para rematarle de un golpe seco en el pecho antes de que cayese al suelo. El décimo, aún en el suelo, sintió desplomarse una gigantesca hacha sobre su externon y ya no respiró más.
Sólo quedaba un orco. Ambos contendientes se separaron y se observaron. Con un rápido movimiento Turik espantó su barba rojiza y se secó la sangre del ojo. El último orco le observaba con odio. El arma de éste no era de piedra, sino de manufactura enana. Era una gran hacha que le doblaba en dimensiones. No, no podía ser.
Aquella hacha no era enana, era demasiado grande. Eso significaba que los orcos habían aprendido a manejar los metales. Imposible. Parecía más probable que sus hermanos estuviesen presos de los orcos en alguna forja lejana fabricándoles armas a sus exterminadores. Turik sólo esperaba que no manejase tan bien aquel hacha.
El orco soltó un bramido, y cargó contra el enano, quien, aún desprevenido, no pudo hacer más que protegerse con su hacha. El impacto le hizo caer al suelo, desde donde detuvo con decisión cada uno de los ataques de aquel orco hasta que encontró la oportunidad de dar una patada al pielverde en la pierna, que fue lo que le hizo caer. Aprovechó ese momento Turik para levantarse de un salto y descargar un ráfaga de golpes sobre el personaje tumbado, quien con el filo de su hacha rechazó cada golpe casi con la misma destreza de Turik y encontró sitio para hacer una brecha en la defensa mágica del atacante y herirle cerca de las costillas. El golpe le echó hacia atrás y el orco se levantó. Otra vez en el mismo lugar.
Ambos contendientes mirándose fijamente de nuevo. Turik debía encontrar una forma de vencer a aquel tipejo, seguramente el cabezilla de toda la tribu que acababa de aniquilar. Inició él esta vez el ataque, intentando en vano desarmar a su oponente, quien sabía cómo recibir los golpes. Esquivó Turik un ataque del jefe orco y contraatacó acercándose a la cabeza, pero los reflejos del caudillo convirtieron una inevitable muerte en un simple corte por toda la cara. Ahora ambos estaban sangrando, estaban empatados. Y se volvieron a separar.
Esta vez el orco se había fatigado más, así que Turik decidió actuar rápido. Enarboló su hacha pero no se movió del sitio, y su adversario lo tomó como una simple pose de combate. Entonces la descargó con fuerza, y dando un medio giro la lanzó a su enemigo a la altura de la cintura, quien, no esperándose un ataque a distancia y estando fatigado, sólo acertó a detener el hacha con el mango de su arma. Craso error, el palo de madera no soportó el filo de Argenta, que penetró la fina armadura del cabecilla orco internándose en la carne y rasgando el pulmón.
Turik se acercó y recogió su arma extrayéndola del cuerpo humanoide. Al hacerlo, se percató de que todavía respiraba. Sonrió. Aquel orco sufría, herido de muerte, los perjuicios de una muerte lenta. Cualquier otra persona habría matado al orco, pero Turik no. Una persona que se apiadaba de las arañas unas pocas horas antes dejaba ahora sufrir a un orco.
Una cosa es ser piadoso. Otra cosa es serlo con un orco. –pensó.
No se fue sin escupir antes en aquel cadáver que aún respiraba. Ató a diez orcos y los subió en un carromato toscamente construido. Sivió para llevar el botín. Recogió algunas raciones de viaje de los orcos, pero no se atrevió a probarlas, y las guardó para una necesidad.
Le costó encontrar a Calixta en aquel gran bosque, pero tuvo su recompensa al recuperar la armadura de Genji habiendo salvado la vida. Se llevó también al mediano, demasiado débil para caminar. Decidió meterlo en la mochila. Calixta le ofreció curarle las heridas por el servicio prestado. Un orco y un niño no se equiparan a diez orcos.
En estos tiempos –dijo Calixta.- Se agradece más la cantidad que la calidad. Habría estado mejor si me los hubieses traído vivos: se conservan mejor. Pero bastará con lo que hay.
Con la bendición de la reina de las arañas, Turik partió de nuevo con un amanecer joven aún en el horizonte. Tomó rumbo hacia el sur, pues vió montañas a lo lejos, y pensó que sus hermanos, si estaban recluidos en alguna parte, lo estarían en una forja en las montañas.

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Candelabrós: El Desafío de la Esfinge

Tras haber caminado varias horas Candelabrós subió a una duna y miró hacia atrás. El camino por el que se había movido había desaparecido, sus huellas eran ya indistinguibles culpa del ventarrón que soplaba en aquellos momentos.
Rasgó sus ropas bajo la armadura, y se hizo con ellas un turbante que lo protegiese del remolino de arena, pero al rato no fue suficiente, porque la velocidad del viento aumentaba por momentos. La tormenta de arena se desataba por momentos, y Candelabrós no tenía lugar donde refugiarse. Ya ni siquiera habían dunas, parecía que el mismo viento se las había llevado. Todo era un inmenso mar de arena.
Entre el polvo distinguió una silueta, y lo apreció como si fuese un ángel. Una sombra de una mujer con alas a su esplda. Gritó pidiendo ayuda, pero la figura no se inmutó, y cuanto más intentaba acercarse a ella más aumentaba la resistencia del viento. Acabó por desistir y el viento lo tumbó al suelo. Sintió como una espesa capa de arena le cubría todo el cuerpo, y abandonó el conocimiento.
Cuando despertó estaba solo bajo el sol del desierto. La arena no le cubría y las dunas volvían a estar en su sitio. Ni siquiera había viento. Al incoporarse, divisó, en una duna dos veces más alta que él, la figura que había visto anteriormente en la tormenta.
El troso era femenino, pero sólo el torso. La cabeza, aunque humana, en rasgos se asemejaba más a los felinos. De cintura hacia abajo, era leona, y de su lomo se levantaban dos alas que de angelicales no tenían nada.
Mientras la esfinge bajaba contoneando su cuerpo y meneando su cola en señal de un orgullo desmedido, Candelabrós, cegado por el sol y con la garganta seca, sólo pudo emitir dos palabras en tono débil.
¿Qui...Quien eres? –masculló el joven.
Tu verdugo y tu salvación. –dijo la esfinge en tono solemne.- Mi nombre es Sapphira, y moraré en este desierto más de medio milenio hasta que la hora me llegue. Tu, en cambio, antes de que el sol se ponga, te habrás ido.
¿Cómo puedes asegurar eso, Sapphira?
Estás enfrente de mí. –respondió la esfinge sonriendo.- Sólo hay dos formas de salir de este desierto, la una respondiendo a tres adivinanzas, y la segunda, enfrentándote a mí en batalla.- mientras decía esto último enseñó las garras al atemorizado Candelabrós.- Te advierto que nadie nunca ha conseguido superarme en ingenio o en combate. Muchos ya se han enfrentado a mí antes y sus huesos pavimentan el suelo. Si superas cualquiera de las dos pruebas tendrás total libertad para entrar o salir de este desierto, pero si fracasas, morirás. Ya no hay vuelta atrás.
¿No habría ninguna otra forma de que me dejáseis ir?
No.
Elijo las adivinanzas.
La esfinge voló de nuevo hasta la cima de la duna y adoptó allí un tono pensativo, hasta que formuló la siguiente adivinanza:
Allá donde vayas
Ella te seguirá
Será como tu sombra
Mas no ocupa lugar
Tras pensarlo detenidamente, halló la respuesta. Pero dudaba de formularla, pues, de equivocarse, la esfinge lo mataría. Pero el tiempo apremiaba, sólo tenía hasta la noche, y podía aprovechar ese tiempo en adivinanzas más complicadas.
La lealtad. –respondió al fin.- Siempre sigue estando ahí, y no ocupa lugar.
La esfinge, complacida por la respuesta del joven, bajó hasta la mitad de la duna, y desde allí le habló, formulándole la siguiente pregunta:
Es triste este ladrón
Que hurta las heridas
De tus manos por hacer
Y las torna en desmedida
Si la anterior adivinanza había resultado fácil al viajero, ésta le resultó complicada en igual medida. Repitió las palabras varias veces, atisbó el desierto en busca de inspiración, e incluso observó su espada calibrando la posibilidad de enfrentarse a la esfinge. La miró y observó como se relamía. En su mente se representaba la escena en que la bestia se abalanzaba sobre él y lo despedazaba vivo a pesar de sus gritos en los que pedía... piedad.
La piedad. –respondió Candelabrós.- Que no te deja matar a aquel que se arrepiente a pesar de saber, que su venganza volverá contra ti.
Bien. –Susurró la esfinge.
Su expresión ante la respuesta era más bien de enfado esta vez. Había dejado de relamerse, y bajaba esta vez a donde se encontraba el aventurero, dispuesta a formular su siguiente adivinanza, que decía así:
Soy un demonio de cuernos rotos
Soy el destino en un cuento corto
Relato el camino del gran asesino
Relato la sombra del noble cautivo
Soy la imagen de tu templo profano
Soy la calma tras un sueño frustrado
Velo la sangre que fluye en tus entrañas
Velo las gentes que moran en sus casas
Soy el guardián que fue cazado
Soy el protector abandonado
Soy lo que viste y lo que verás
Soy lo que ves y lo que ven
Si aún no sabes lo que es
Fuera de él mereces ser.
Para Candelabrós esta vez, si la segunda le había resultado difícil, esta le pareció carente de significado. La esfinge tuvo que repetirle la adivinanza varias veces, pero aun así, ni se acercó, y cada vez que la escuchaba más incoherente le parecía.
La mirada fija de la esfinge a menos de un palmo de distancia no ayudaba tampoco a su concentración, los largos colmillos que sobresalían de su boca provocaban el miedo y amenazaban con desgarrarle la mitad del cuerpo antes de que se diese la vuelta y echase a correr.
Un demonio, un destino, una imagen, la calma, el guardían, el protector... era demasiadas cosas sin relación entre sí. Pero fueron los últimos versos los que en realidad contenían la solución. Soy lo que viste y lo que verás. Candelabrós había visto las tierras de su raza, pero además había entrado en el desierto. Y si había algo más allá también lo vería. Candelabrós vería todo. Vería el mundo, y lo que hubiese ás allá. Vería todo lo que los dioses habían creado.
La creación. –respondió Candelabrós.- Lo que he visto y lo que veré es todo lo que los dioses han creado. Un demonio, un guardian, todo forma parte de la misma creación.
Así es.
Serena, y volviendo a adoptar su pose orgullosa, felicitó a Candelabrós por haber completado las pruebas, y además, le prometió un obsequio.
Como presente –dijo Sapphira.- por haber descifrado una de las más difíciles adivinanzas que he creado, he de darte mi colgante. Tiene propiedades mágicas que no te permitirán perderte en este desierto y te protegerán contra cualquier cosa que te ataque. –mientras se quitaba el colgante, continuó.- Y además, sólo por slir vivo de nuestro encuentro, te diré que las adivinanzas que has respondido no han sido casuales.
La primera adivinanza – continuó la esfinge.- tiene varias respuestas y se la formulo a todos los que pasan por aquí, representa aquello que en ti falta, tu defecto más extremo, si no se lo conoce, no se merece seguir adelante. La segunda han sido muy pocos los que la han acertado, pues a ella hay que responder con la virtud más acorde con uno mismo. Es más importante conocer las virtudes que uno tiene que sus defectos. Y la última, la tecera, que he creado sólo para ti, representa la vida y los objetivos que tienes en ella. Lo más difícil de conocer para un mortal no son ni sus virtudes ni sus defectos, sino sus deseos. Recuerda bien nuestro encuentro, y que estas palabras te sean de ayuda en el futuro.
Candelabrós agradeció a la esfinge su ayuda, pero antes de que pudiese seguir hablando ésta se desvaneció en el aire. El colgante era del oro más fino, y a modo de amuleto llevaba incrustada una enorme esmeralda. No se preguntó más por el suceso, sino que sintiéndose aliviado, siguió adelante.
Poco a poco había caído la noche, pero a pesar de la poca luz, Candelabrós no cesaba de otear el paisaje. Para él era algo nunca visto, completamente nuevo. Pero demasiado árido para atraer completamente su interés. Se interesaba más por el amuleto de Sapphira.
Pero ahora estaba en el centro del desierto, el desierto que había querido visitar durante tanto tiempo... ya no le interesaba. Si aquel era el lugar más interesante en todo Vena... renegaba de ello. El mundo tenía que ser más grande, tener más sitios que explorar. Siguió adelante sin descanso.
Bajo en sol abrasador o la gélida luna, Candelabrós no se detuvo hasta llegar al otro extremo, en el que descubrió... el mar. Toneladas y más toneladas de agua se extendían por toda una costa que bañaba el desierto. Aquel sitio esra el fin. El fin de su mundo. Los dioses le habían construido una cárcel.
Candelabrós fue corriendo hacia la playa y palpó el agua por si no fuese un espejismo, golpeó las palmeras que salpicaban el paraje, removió la arena. Candelabrós cogió la tierra con ambas manos y lloró sobre ella, mientras alzaba la voz al cielo, y gritaba para que los dioses le oyesen.
Ebos, dios de las aguas, ¡¿Cómo puedes permitir esto?! –vociferaba el joven.- A nosotros los hombres que repartimos tus aguas por todo el continente y encauzamos tus ríos a buen puerto. A nosotros que obedientes aramos y sembramos para que tu agua esté bien aprovecada en vez de dedicarnos a la caza, nos encierras como esclavos en esta maldita isla, y les das a las gaviotas más libertad que a nosotros.
Mientras Candelabrós hablaba, las nubes cubrían aquella costa, convirtiendo la brillante luz del sol en una triste penumbra. Y cuando acabó, un rayo cayó del cielo impactando en el agua. Un remolino se formó a causa de aquel rayo y, de él, surgieron los dos dioses de las aguas, Auron y Ebos.
Tu mundo no acaba aquí, mortal. –dijeron los dioses al unísono con poderosas voces.- Pero las tierras más allá de la tuya te están vedadas. Los peligros que acechan en aquellas montañas son mayores de lo que tu raza, aún tan joven, puede afrontar. Guarda esta tierra, venarri, pues Malakian no se ensañó demasiado con ella. Crea una familia y protégela.
No pudo aceptar el joven la recomendación de los dioses. “Jamás”, les dijo. Y sonó tan fuerte y claro que hasta los dioses temieron no poder evitar la marcha de aquel joven príncipe, heredero del jefe de su tribu. No consideraron tampoco necesaria la posibilidad de impedirle el viaje. Si tanto deseaba la marcha, le ayudarían en ella. Pero toda ayuda divina requiere ser devuelta.
Las aguas se levantaron detrás de Candelabrós y se alzaron con fuerza a través de la tierra impulsando el montículo donde Candelabrós se encontraba mar adentro. Ebos y Auron, los dos dioses de las aguas, flanquearon a Candelabrós, con una demostración de poder que le hizo temblar, y estuvo a punto de caer.
Entonces, ese es tu deseo. –dijeron ambos.- Y como tu valor ya ha sido demostrado, te ayudaremos. Te ofreceremos el camino para viajar a tierras extrañas, con una condición. Todo ser vivo que encuentres en tu largo viaje, lo has de traer de vuelta contigo, a no ser que tenga la marca de Malakian, que te daremos ojos para ver. Hay otras razas parecidas a la tuya, y no os deben ser desconocidas por más tiempo. Serán dos las tierras que visitarás, y tres las razas que conocerás. Disfruta del viaje.
Los dioses de las aguas se desvanecieron lentamente, al tiempo que un pequeño velero se acercaba a Candelabrós desde el horizonte. Él no había visto nunca nada igual, pues su raza aún no lo conocía: un miedo de su raza al agua les había impedido progresar en ese campo, pero el joven no conocía ese temor.
Cuando el velero estuvo cerca, subió por una escala a estribor, y vió dentro del barco una capa púrpura, que le habló, con la voz de los dioses, diciéndole: “Que el viento sople hacia donde tus sueños guíen.”
Agarrado al mástil y mirando hacia el horizonte, Candelabrós emprendió un viaje que no estaba seguro de poder terminar.

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El destino del pueblo enano

Marchando tan precipitadamente, los enanos no advirtieron la falta de Turik, y al verse incapaces de regresar, simplemente le dieron por muerto y siguieron su curso. Tanik, hijo de Turik, asumió el mando más por obligación que por gusto. La muerte, aún reciente, de su madre no le dejaba pensar con claridad. Atravesaron las montañas hacia el sur, hasta llegar al Lago Alto, y allí descansaron.
Tanik se alejó del campamento aquella noche, necesitaba pensar. Se sentó a la orilla del lago y mientras arrojaba piedras, las ideas fueron tomando forma. Los dioses habían abandonado a su pueblo, les habían dejado morir, y se habían desentendido. Ni siquiera los clérigos le daban una respuesta acertada. Su hermana Viconia, devota de Épheli, sólo decía que aquello era lo que la diosa quería. Grandes batallas entre los enanos y los orcos, y que los enanos salieran vencedores. Sólo quería ver como los enanos demostraban su honor. ¿O no sería más apropiado decir que la diosa quería ver derramada la sangre de sus hermanos?
Entonces se le presentó Malakian, el dios que posee el fuego de la locura, y lo ocultó en su corazón , para después entregarle el orbe de los orcos. Controlaría a sus enemigos, y pondría el resto de su pueblo a su servicio. Los enanos servirían a los orcos, y los orcos le servirían a él.
La misión que el dios le encomendó fue clara. Crear armas tan fuertes, tan poderosas, tan grandes, que pudieran rivalizar con las de los dioses. Se enfrentarían a los dioses que les habían traicionado, y los vencerían. Esa era la voluntad de Malakian, y Tanik, corrupto, la puso en práctica.

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Turik: Las Montañas Nubladas

Hay un lugar, al sur del continente de los enanos, donde dos cordilleras se unen formando un valle, el valle de Presós. Turik escogió aquel lugar, a campo abierto, para reposar esa noche junto con su nuevo compañero. En aquella llanura estarían seguros durante la noche. Los orcos no son capaces de ver en la oscuridad, pero Turik si que distinguía las formas a cierta distancia, así, podía divisar a los enemigos con anterioridad, con las ventajas que eso implicaba.
Encendió un pequeño fuego y asó unas tripas de jabalí para la cena. Mientras cocinaba, el mediano despertó y empezó a contemplar asustado al enano. Demasiado amilanado para contestar y demasiado débil para correr a esconderse, quedó como una estatua.
Turik se dio cuenta de que había despertado, y tranquilizó al mediano para hacer las presentaciones. El pequeño era Aldem Casabonita, uno de los hijos de Niza, que habitaban en el bosque Frondoso, y contó a Turik la historia de cómo había acabado en manos de Calixta, la Reina Araña.
Una noche en que paseaba con varios amigos por el bosque, recogiendo bayas y otros frutos para la cena, fueron todos atacados por un lobo, y se vieron obligados a dispersarse. Aldem intentó esconderse, pero el olfato del lobo era demasiado agudo, así que tuvo que correr para despistarlo. Cuando se dio cuenta, había salido del bosque, y se encontraba en la ladera de una de las montañas más occidentales de la Cordillera de Genji. Aldem subió la montaña intentando divisar su pueblo para retomar el camino a él, pero la noche no le dejaba ver, y tuvo que acampar allí.
A la mañana, despertó en un saco, en el que unos hombres de gran tamaño, piel verde, y olor desagradable, le vapuleaban a cada rato. Oyo fuego, gritos, voces humanas y el chocar del acero contra la piedra. Poco después, se lo llevaron de allí. Probablemente Aldem hubiera estado en el asedio a la ciudad de los enanos, y algún orco hubiera escapado de allí con él. Luego el orco entró en el bosque de las arañas, donde Calixta lo devoró despiadadamente, y guardó al pequeño para momentos de estrechez.
Terminado el relato, durmieron unas cuantas horas, y luego Turik pidió al mediano que regresase a casa. Pero con todos los orcos rondando, no sobreviviría. Si se quedaba con Turik, aunque tenía más peligro, por lo menos contaba con una protección. Así que Turik y Aldem se fueron juntos camino de las Montañas Nubladas.
Sólo la luz del mediodía puede mostrar en todo su esplendor la grandeza de las Montañas Nubladas, cubierta el resto del día por una espesa bruma que no permite ver más allá de tus zapatos. La solana brilla como si la montaña estuviese hecha de oro, y la umbría adquiere un color plateado del más claro al más oscuro. El material de que está hecha la montaña, aún los enanos hoy lo desconocen, pero dicen que son dos metales, uno que sólo refleja la luz del sol y otro que sólo refleja la luz de las estrellas. A falta de nombre mejor, han recibido los de Elbrith, para el de las estrellas, y Oridrita, para el del sol.
El camino que sube las montañas está libre de toda vegetación, no por falta de sustento, ya que el agua abunda, sino por mano de los que han habitado este lugar durante milenios, que eliminan plantas y árboles a fin de que la montaña muestre todo su esplendor.
La senda hasta la cima, advirtió Turik, estaba salpicada por puestos de vigilancia orcos. Torres hechas con palos con uno o dos orcos que vigilaban la ruta para alertar a los demás con tambores de guerra. A Turik no le dieron muchos problemas, en principio, porque ni toda una legión de orcos detendría su ira, y en segundo lugar, porque eran dos.
Con un pequeño cuchillo que Turik usaba para cortar carne, Aldem se defendía como nadie. A pesar de no ser fuerte ni robusto, su tamaño era un buen arma para esquivar los golpes y sabía pegar donde dolía. Con el respaldo de su acompañante ambos eran invencibles.
Al final del camino, se encontraron con un enorme desfiladero, un cañón que segía el cauce de un río. No había puente así que decidieron descansar allí y pensar algo a la mañana siguiente. Toda la noche estuvieron contándose historias de sus pueblos, sin darse siquiera cuenta del paso del tiempo.
Hasta que oyeron los tambores. Potentes tambores que surgían del pie del acantilado y retumbaban en las cristalinas aguas del río transmitiendo el sonido por toda la zona. Quisieron descender escalando, pero los bordes de las rocas de Oridrita son demasiado lisos, e intentar un descenso de esa forma suponía una muerte segura.
Ambos compañeros exploraron la zona buscando una abertura por la que acceder a las cuevas del interior de la montaña. Se separaron y dispersaron formando círculos en espiral, pero no encontraron nada. Y en uno de estos viajes Turik desapareció.
Unos ojos que observaban a través de la penumbra esgrimieron delante de ellos una enorme clava, qu se descargó contundentemente sobre el enano dejándolo inconsciente. Aldem, mientras tanto, siguió buscando aquella entrada.
Transportaron a Turik cuatro pares de manos a través de hileras e hileras de largos pasillos hasta llegar a las mazmorras, donde al lanzarlo al suelo recobró el conocimiento. Su prisión era pequeña, pero la presa también. Tenía lo justo para una cama, una mesa, y un agujero ya imagináis para qué. Turik aporreó los barrotes, pero fue inútil, eran de manufactura enana. Comprobó que no le habían quitado su hacha, pero la magia poco sirvió tampoco con los barrotes, al final se rindió y se sentó en un rincón.
Aldem también se rindió, y cesó de buscar alguna puerta. La superficie de toda aquella zona era tan lisa como la del acantilado. Cansadó, exhaló un suspiro y se apoyó en un árbol cercano, poniendo el brazo encima de una rama. Casualmente la rama se vino abajo desvelando la entrada secreta. Hay algo en esta montaña aparte de los orcos, se dijo Aldem, al mismo tiempo que Turik en su celda. Los barrotes estaban demasiado bien hechos para ser obra de los salvajes orcos.
Sin hacer ningún tipo de ruido y apenas ser visto, Aldem entró también en la mazmorra. La piedra había sido excelentemente tallada y se habían hecho huecos en las paredes de Oridrita para las antorchas. Los orcos pasaban muy de vez en cuando a los pasillos, y siempre demasiado concentrados en sus frascos de sal para atormentar a los prisioneros.
Turik no era un prisionero más, él era alguien especial. Por eso fue a visitarlo el jefe de la mazmorra en persona. Y el que se paseaba entre los pielesverdes sin temor alguno era el primogénito de Turik, Tanik. Con sólo doscientos diecisiete años de antigüedad, este enano ya presentaba una barba de longitud excepcional, cortada en tres partes. Su armadura era oscura, recubierta de azabache, y finamente retocada con los minerales de aquella montaña, Oridrita y Elbrith. En el centro de la armadura, tanto como en su negra capa, exhibía en una plata de la más fina calidad un símbolo: el antifaz.
¡Tanik! –se sobresaltó su padre al verlo.- ¿Qué son estos orcos, que hacen ellos aquí contigo?
Es más adecuado. –respondió Tanik.- Qué hago yo aquí con ellos. Son mis siervos, los controlo.
Gracias a los dioses. ¿Y nuestra gente?
También me sirven.
Turik guardó su hacha, que había mantenido desenvainada desde que llegó, y miró a su hijo desconfiadamente, intentando averiguar que tramaba. Pero no funcionó. Aquellos ojos no eran ya de su hijo.
Por todos los dioses, hijo, ¿Qué traición es esta?
Mientras hablaban, Aldem ya había llegado al centro de la caverna. Una gigantesca columna la sostenía toda ella, y varios caminos la serpenteaban. Caminos por los que cruzaban enanos cargados hasta los topes de Oridrita, con orcos detrás que los fustigaban con látigos y lanzas.
Convencí al pueblo entero de que los orcos eran nuestros aliados. –decía Tanik mientras arrastraba a su padre hacia la capilla agarrado del pelo. Los orcos le habían obligado a desarmarse.- Los muy estúpidos me creyeros y empezaron a fabricar armas en esta montaña, como en la Caverna de las Llamas, ¿Recuerdas aquellos tiempos? – Turik fue lanzado contra un altar sacrílego donde dió de cabeza.- Las armas se fabricaban a montones, sólo tuve que darles aquellas armas a los orcos y dirigirlos contra mi propio pueblo. –Turik lo miró desde el suelo con rabia.- Te preguntarás: ¿Porqué hijo, porqué traicionaste a tu pueblo y se lo entregástes a los orcos? –El joven blandía la espada en el aire con vanidad.- ¡Poque así había de ser!
Has caído en la locura hijo. –aseveró Turik.- Nadie en su sano juicio jugaría con lo que tú estás jugando. Es tu raza, son tus hermanos. ¿Cómo puedes hacerles esto?
Es su destino. Piénsalo, papá, nuestro pueblo no está hecho para ser libre. En nuestra libertad, ¿qué hicimos? Hicimos asesinar a la mitad de nuestra raza. Atrajimos a los orcos con la riqueza que extrajimos de la Caverna.
Y tus hermanos, ¿Cómo lo aceptaron?
Se lo tomaron bien
Quieres decir que hasta Viconia...
Aceptó su propia muerte con valor, si eso es lo que quieres decir. La hice colgar en el acantilado con una campana en la boca, para que nos avise cuando suba la marea.
Eres un monstruo. No te diferencias de ellos.
Sí hay una diferencia. –Metió la mano bajo la capa y sacó una pequeña esfera.- Yo tengo esto.
Una pequeña esfera de cristal que contenía un humo verde oscuro. El orbe de los orcos. Entregado a Tanik por el mismo Malakian para que corrompiese a su pueblo, y lo usase para fabricar las armas que derrotarían a los dioses y dejarían el mundo sumido en el caos eterno.
Aldem, mientras, había encontrado una abertura para la ventilación, y se desplazaba a través de ella. Llegó hasta la capilla y vio a Turik, entonces se quedó escuchando la conversación, preparado para saltar si la muerte de su protector era inminente.
Es el orbe de los orcos. –dijo Tanik.- Otorga a su portador el poder de controlar a los orcos indefinidamente. Puedo hacer con ellos lo que quiero, y con mi pueblo también. Para eso soy su líder.
¡Líder! ¿Quién te dio el cargo? Yo comando a nuestro pueblo, no tú.
Si padre, tú los lideras. Pero tanto tú como madre estáis muertos. Y yo, como tu hijo primogénito, me corresponde guiarlos ahora.
Si por lo menos tuviese mis armas... –dijo mirando al mediano.- Acabaría con toda tu panda de orcos y luego te enseñaría a ti a respetar a tus padres.
La frase tuvo el efecto requerido, el mediano se adentró por los conductos y deslizándose entre la piedra buscó sala a sala las armas del enano. Al fin las encontró, y volvió a cargar con ellas dirigiéndose hacia la capilla. Con su aptitud para el silencio, no le descubrieron.
Sé que no te avienes a lo que en esta montaña estamos tramando, -proseguía aún Tanik.- pero aún tengo la esperanza de que haya un cambio en ti. Nuestro pueblo acabará con los dioses, y aunque aún no te des cuenta, ellos juegan con nosotros, dirigen nuestras vidas y deciden nuestras muertes. Acabaremos con eso poniéndonos al servicio de la oscuridad.
Es la oscuridad a la que sirves quien te dirige, no los dioses. –contestó Turik.
El padre saltó corriendo hacia su hijo quien le esperó con el arma levantada, pero no le fue necesario usarla, pues el camino de Turik era acercarse al mediano, para recoger su hacha. Argenta voló fácilmente hacia su mano, pero la Coraza de Genji cayó al suelo. Era inútil pues no disponía de tiempo para ponérsela.
No saldrás de aquí, padre, -le dijo Tanik.- Ni siquiera con tus armas. Las fuerzas de los orcos son demasiado fuertes, y te lo demostraré.
Hizo pasar entonces a dos orcos por la puerta, y él se fue, pero sólo para dejar sitio a más pielesverdes que inundaron la habitación. Turik armado con su hacha, y un mediano con un cuchillo se enfrentarían a ellos.
Mientras Turik bloqueaba a los invasores en la puerta de la capilla impidiéndoles el paso, Aldem en la retaguardia derramaba al suelo todo el aceite de las lámparas (habiendo apagado estas primero). La visión en la oscuridad le dio a Turik una ventaja entonces contra los orcos.
Cuando todo el suelo estuvo encharcado de aceite, Aldem a tientas buscó la cuerda que sujetaba la lámpara superior, una lámpara de araña sólo usada en ceremoniales. Se agarró a la puerta y llamó al enano, quien con un trozo de mano orca entre los dientes, medio respondió a la llamada y se dirigó hacia él deprisa. Ambos asieron el cabo justo antes de que el pequeño puñal del mediano lo cortara. Mientras subían, Aldem hizo uso de un pequeño truco de magia aprendido años atrás en una fiesta. Con soplo encendió la lámpara mientras subía, la cual al caer al suelo hizo estallar el salón en llamas.
Los orcos, que habían entrado a tropel en cuanto Turik abandonó la defensa de la puerta, ardieron bien. Con lo que Aldem no había contado era con que el fuego cortaría la cuerda, y si caían sufrirían el mismo destino que sus enemigos. Esforzándose, consiguieron desplazarse aferrándose a los detalles del techo para llegar al hueco de ventilación de que Aldem había surgido en un principio.
Con dificultad, Turik consiguió deslizarse por la pequeña abertura junto a Aldem, y salir de la estancia sin pasar por el fuego. Aparecieron de nuevo en las mazmorras, donde dos orcos por sí solos no detuvieron a los intrusos. Luego se deslizaron hasta el centro de la caverna, el profundo abismo donde los orcos seguían torturando los vestigios del pueblo enano. Turik envió a Aldem llevar las armas de los dos anteriores orcos a alguno de sus hermanos para provocar el motin. Mientras tanto él buscaría la fuente de tanta maldad... Tanik.
Todas las hordas de orcos a disposición de Tanik se dedicaron entonces a proteger el camino hasta él, por lo que no fue difícil adivinar donde estaba. Ningún orco de aquel ejército rivalizaba con la sed de Argenta.
Entretanto, Aldem, dio dos grandes hachas a dos enanos que se encontraban solos en una celda. Aquellos enanos eran Ruther y Vectox, los hijos de Viconia, que no dudaron en comenzar el motín ellos solos.
Turik comprobó que el fuego de la capilla se extendía rápidamente, puesto cuanto más bajaba, más salas encontraba ardiendo. Llegó a pensar que aquel fuego no era solo causa del incendio de la capilla, sino de algún arte poderosa, o alguna criatura horrenda. En su descenso llegó casi al nivel del río, y el camino le condujo a una caverna a donde llegaba la luz del amanecer. Todo aquello estaba ardiendo.
La campana del cadáver de Viconia estaba sonando, y al final de la cueva se veía algo de agua correr. El resto de la estancia estaba en llamas, y Tanik se encontraba en medio. Encapuchado con la túnica granate de los lunáticos, y tapando la locura de sus ojos con un antifaz.
Ahora te encuentras bajo mi mandato. –susurró Tanik ayudándose del chisporroteo de las llamas.- ¡Respeta a tu superior o muere!
El loco alzó las manos y entonó una plegaria en una lengua no inventada, haciendo que las llamas volasen a sus manos en un torbellino de fuego, que se preparó para lanzar. “No puedes vencernos.-decía el enano.- Somos UNO” y lanzó aquél infierno desde su mano con un odio que sólo la demencia puede engendrar. Turik consiguió esquivar su impacto, pero sólo en parte, y las cejas y parte de la barba quedaron chamuscadas.
Tanto tú como madre habéis muerto para mí. –prosiguió.- Demostrásteis vuestra debilidad pereciendo en aquel ataque, y como consecuencia, nos persuadísteis de la nuestra. Los únicos culpables de todo esto sois vosotros.
Otra pequeña bola de fuego se formó en su mano con los restos de la anterior, y la volvió a arrojar contra Turik, quien la rechazó con su hacha. El corazón con que estaba imbuida latía ahora con fuerza, cargando las manos de su portador con una rabi mágica.
Ni yo ni tu madre hemos muerto. –dijo Turik.
El padre arremetió ahora a su chiquillo, quien aún pensando en las palabras de antes, fue rozado en un hombro. Tanik desenfundó su propia hacha y comenzó también el ataque cuerpo a cuerpo. Su primer objetivo fue el cuello de Turik, pero al estar bien protegido por la coraza, provocó un rechazo que dejó al adorador de Malakian dispuesto a recibir un hachazo que le desarmó y tiró al suelo.
Tanik, sin levantarse, invocó de nuevo la llama maldita, que aparte de quemar su túnica dejando libre la coraza de azabache, hizo quemar las manos de quien le golpeaba, por lo que Turik hubo de dejar su arma.
Tanik, aunque tumbado en el suelo, era el único armado. Turik aprovechó su superioridad para agarrar el hacha de Tanik por el mango y forcejear con él por el control. En la contienda, cayó el orbe de los orcos, símbolo de la alianza del enano con su dios Malakian, y comenzó a rodar por el suelo dirigiéndose al río. Tanik, como es supuesto, prefirió el valor del objeto mágico y salió dosparado tras de él dejando el arma a Turik.
Tanik tenía el orbe, pero Turik las dos hachas. No se lanzó contra él ni intentó matarle. Sólo habló, y dijo:
Uno de los dos tiene que morir hoy. Dejemos que tu madre decida.
Mejor decido yo.- replicó Tanik.
Y una gran clava impactó en la retaguardia de Turik dejándolo inconsciente en el suelo. Había sido uno de sus mejores orcos. Se dirigió a la puerta de la caverna y mirando al río, rió a carcajadas. Mas entonces Argenta se levantó, volando por sí sola, y se dirigió a impactar contra Tanik, quien cayó al lago separándose de su orbe, y murió ahogado por el peso de su armadura. Desde entonces a aquel río se le llama río Tanik.
Con esto los orcos quedaron libres de dirección alguna, y adoptaron su actitud normalmente irracional, con lo que a Ruther y Vectox, junto al resto de sus congéneres, no les fue difícil acabar con ellos. Antes de que el sol se pusiese esa noche el sol, la totalidad del pueblo enano había sido liberada, y se decidió procurarse un asentamiento en aquellas montañas, en el interior, donde estarían bien protegidos.

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Pena Cancionbella, la princesa élfica.

En sus primeros siglos de existencia, los elfos habían sido enseñados a adorar a los tres dioses responsables de su nacimiento. Y los adoraban en este orden: Mónica, la diosa de la belleza; Veredrim, dios de la naturaleza; y Peren, la diosa de la magia.
Como consecuencia de esta doctrina, los elfos se ayudaban de la magia para crear cosas bellas sin necesidad de dañar la naturaleza, rindiendo tributo, al final de todo, a la diosa Mónica sobre todas las otras.
Había una vez, en las tierras de los elfos, una princesa que sólo obtuvo el mérito de ser princesa gracias a la belleza de sus rasgos, los cuales poseía de nacimiento. Ésta era Grinwëth Cancionbella, de linaje hermano a la casa Canciontriste, de la que ya se hablará.
Durante su periodo de premadurez Grinwëth fabricó, por seguir la Faera, un bastón en el templo de la diosa Peren, y almacenó en él toda la gracia y toda la belleza que poseía como persona, dotándolo además de un poder mágico superior a todo lo que existía en el mundo hasta el momento, para ensalzar a su diosa. Así, el objeto tomó también la capacidad de permitir a Grinwëth el contacto directo con la diosa.
El bastón estaba fabricado en madera de roble, lo que enfurecía a los seguidores de Veredrim, y estaba salteado por gemas de todos los colores. Estaba coronado también por una esmeralda sin tallar del tamaño de un puño, sobre la que se levantaba una figura de marfil representando un ángel encapuchado, al que no se veía el rostro. En su superficie, Grinwëth grabó más tarde la frase “El poder es la verdadera belleza”
La fabricación de este bastón trajo dos cosas a Grinwëth: la primera, el odio acérrimo de los adoradores de Veredrim, quienes pretendían quemarla viva por herejía hacia uno de sus mayores dioses al haber construido el bastón con madera de roble y la segunda, la admiración del resto de los elfos, por la sublime belleza del objeto. Algunos veían en el objeto de Grinwëth la creación más bella que sus mentes élficas podían soñar.
Fue por esto último por lo que Grinwëth ganó los privilegios de la madurez de los varones y el derecho a escoger su nombre de mujer adulta. Aunque antes de escoger su nuevo nombre, Grinwëth quiso efectuar la Odisa, la mítica peregrinación elfa, paseando por los tres templos en busca de inspiración.
Mas de camino al segundo templo, el templo de Veredrim, Grinwëth fue atacada por los clérigos a mitad de trayecto. Pero el bastón de Grinwëth, el bastón de Peren-a-perennä, es poderoso, y Grinwëth lo usaba para salvar su propia vida.
Los fuegos surgieron del bastón como los rayos del sol al amanecer del día, e incendiaron, aparte de a sus oponentes, al mismo bosque en el que se movían. Durante días, el fuego se propagó por el bosque sin que los elfos pudieran hacer nada, y mientras Grinwëth huía a las montañas, toda la parte oriental del bosque de Ligeia quedó envuelta en llamas. En este gigantesco incendio ardieron, además de las ciudades cercanas, el templo de Veredrim y los fieles que protegían el árbol sagrado.
Por este crimen, la princesa fue somentida a juicio en la ciudad de Mónica, y ella se entregó sumisa, en ánimo de sufrir el castigo que merecía con orgullo. Quizás fue su entrega voluntaria, o el prestigio que le había dado el bastón de Peren-a-perennä, o tal vez sus lazos familiares los que evitaron su muerte, reduciendo la sentencia al destierro.
Entonces Grinwëth eligió su nombre de adulta, y pidió que se lo registrasen al momento. Tomó por nombre de adulta el nombre de Pena, porque pena llevaría sobre los hombros de su conciencia al conocer el alcance de lo que había hecho, como un castigo mayor que el de su destierro.
Aunque esto último enterneció al pueblo, no le fue permitido a Pena visitar por última vez el templo de Mónica. Quedó registrado en los escritos del pueblo elfo que el exhilio de Pena se produjo en el año 3216 DC, y que desde ese momento no pudo volver a poner los pies en ningún asentamiento. Se asentó entonces Pena en el cabo sur del continente, y vivió de su magia hasta la llegada de Candelabrós, diez años después.

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Aldem: El último viaje

Una vez su pueblo estuvo libre de nuevo, Turik empezó a dar órdenes. Hizo a los enanos dispersarse por todo el continente, fundando asentamientos allí donde las condiciones eran propicias. Los tres grandes asentamientos enanos se construyeron en este orden y en éstos lugares.
La Montaña Nublada, donde se encontraban, se convirtió en una de las mayores minas de metales preciosos del continente, y bajo ella moraron en cuevas los enanos, en confortables cuevas construidas con celo.
La Ciudad Helada, en la hoy llamada Bahía del Valhalla, así llamada tanto por el clima frío en los meses de invierno como por la construcción de sus murallas. De hierro, eran altas y curvadas, pero su interior estaba hueco para almacenar agua, de modo que en invierno se congelase, y proporcionase una barrera perfecta contra las tormentas de hielo y en verano, una trampa mortal si algún orco osaba invadir esa propiedad.
Y por último, Las Ciudades Gemelas, Chakra y Makra, funcionando como una. Chakra con la Caverna de las Llamas, que proporcionaba armas mágicas para defender ambas ciudades y Chakra, tan rica en la pesca que de haberse dado la ocasión, hubiese provisto de comida al resto de ciudades enanas.
Una vez terminada la construcción de Chakra, cuando Aldem empezaba a notar los primeros síntomas de su vejez, se creó una alianza entre medianos y enanos, de modo que sólo unos pocos elegidos mercaderes fuesen capaces de llegar al bastión mediano del bosque frondoso. Hoy en día, el secreto de cómo llegar al pueblo mediano se sigue pasando de padres a hijos entre los mercaderes, y nadie aparte de ellos sabe cómo llegar a ese lugar. Se cuenta que sólo se puede llegar al pueblo mediano si ya se ha estado allí.
En sus últimos días, Aldem pidió a Turik que le llevase de viaje otra vez, a visitar los tres asentamientos, sobre todo la ciudad Helada. Pues le alumbraba la belleza de la ciudad y en su interior albergaba el deseo de morir en tierra extraña.
Y así hizo Turik, mostrándole de nuevo la perfecta construcción de cada edificio. Empezando por las Ciudades Gemelas, siguiendo por la Montaña Nublada, y terminando por la Ciudad Helada, donde ambos amigos permanecieron hasta la llegada de Candelabrós

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Candelabrós: Primera parada.

El regalo que Auron hizo a Candelabrós le propició vientos favorables durante todo el viaje. Pero Candelabrós, desconocedor del buen funcionamiento del barco, no supo detenerse y acabó empotrándose en un acantilado al oeste de la Bahía del Valhalla.
Herido, utilizó los restos del mástil de su velero como bastón, y se ayudó de él para caminar. Siguió el camino de la costa dirigiéndose al amanecer, y al final llegó a la Ciudad Helada. Encorvado y demacrado, por las abstinencias de la travesía, a los ojos de los enanos lo confundieron con un mediano, y le llevaron al instante a visitar a Aldem.
Tras descansar y alimentarse correctamente, se descubrió que no era mediano, y Aldem se escondió. Turik le recibió entonces y le preguntó su procedencia. Candelabrós sólo dijo que procedía de tierras lejanas donde las personas no eran iguales, y que los dioses le habían encomendado la tarea de reunir de nuevo a las razas.
Mas su discurso duró poco, pues los enanos hicieron sonar el cuerno de batalla, y toda la ciudad se armó de inmediato en medio de un gran revuelo. Candelabrós salió acompañado de Turik y de Aldem, que no se dejaba ver. Turik sólo le dijo a Candelabrós: “Espero que tengas un arma”
Candelabrós la desenvainó.

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La batalla de Orij

El día que Candelabrós llegó a la Ciudad Helada atacaron los dragones. Éstos habían vivido durante siglos en la oscuridad de las montañas, aumentando su recelo y su locura hacia sus congéneres enanos, a los que consideraban impuros.
Ahora, tras haber traído al mundo una gran progenie de sierpes multicolor, Orij y Mina habían abandonado las cuevas para destruir a los enanos y tomar propiedad de las tierras preparadas para ellos en un principio.
La batalla fue cruenta, y se decantaba por los dragones. Sus chorros de ácido corroían las casas de metal, dejando libre el frágil hielo, que se rompía en pedazos bajo las fuertes zarpas. Los enanos, preparados para luchas cuerpo a cuerpo, estaban completamente desentrenados en el uso de arcos, y los enemigos voladores, a pesar de ser sólo dos, no recibían apenas daño.
Turik, en un arrebato, no halló más modo de vencer al dragón que arrojar a Argenta. Ésta voló hacia lo alto dirigida por la fuerza del corazón de oro, clavándose sin dificultad en el cuerpo del dragón negro, cuyas escamas no protegían contra armas mágicas de tal poder.
Imitando a su líder, los enanos lanzaron también sus hachas, mazos y espadas, pero éstas, no mágicas, rebotaron sin problema contra las escamas de Orij. Aunque poco importaba, pues sólo Argenta ya había conseguido derribar al gigantesco dragón, que cayó al suelo fuera de la ciudad, y durmió esperando regenerarse.
Aunque aún Mina quedaba en el aire, y todos los enanos habían perdido ya sus armas, incluido Turik. Candelabrós apareció en ese momento, y ofreció su espada a Turik, gritando: “¡Reta al dragón con esa espada, y odena a tu gente que salga de la ciudad!”
Turik, sin saber cómo, se encontró cumpliendo la orden del humano, pues Mina le atacó primero. Mientras se defendía, ordenó a todo su pueblo que saliese de la ciudad. Y así hicieron todos los enanos, retirándose en busca de sus armas.
Turik comenzó a lanzar estocadas al dragón, pero nada tenía que hacer contra sus escamas con ese arma. Haciendo gala de unos reflejos casi sobrenaturales, esquivaba, a pesar de la pesada coraza de Genji, cada zarpazo y mordisco de la dragona.
Para protegerse de uno de estos zarpazos, utilizó la espada de Candelabrós, que se quebró y quedó inútil. Mina la dragona emprendió entonces el vuelo amenazando con descargar de nuevo su ácido, ésta vez concentrado hacia Turik.
Con la batalla habían llegado hasta de cima de la colina alrededor de la que se levantaba la ciudad.

Mientras Turik luchaba, Aldem había guiado a Candelabrós al interior de la montaña. Allí, los enanos habían encontrado una veta de minerales preciados, plata y oro, que fluían derretidos bajo la superficie de la colina.
En uno de los niveles más bajos, los enanos habían tenido que construir una presa para contener los vapores de los metales. Y era a esa presa a la que se dirigían Candelabrós y el viejo Aldem. Si se destruía la presa, la presión haría explotar toda la montaña, pero si sólo la fracturaban en una parte, dirigirían el cañon de plata sólo a la ciudad.
Caminaron por encima de lo que parecía un lago subterráneo congelado. Bajo él resplandecía un brillo metálico.

¡Por los dioseeeessssss! –gritó Turik.
Los ojos de Mina se habían encendido con las llamas de Malakian, que durante tanto tiempo habían cultivado, y tras sus colmillos la lengua se removía jugueteando con el ácido que amenazaba descargar. Soltó un último rugido, que tenía como objeto intimidar a Turik, pero no lo consiguió. El recuerdo de la muerte Norah también brillaba en Turik.
Inspiró con fuerza una bocanada de aire y el suelo empezó a temblar bajo Turik. Algo ocurría en la profundidad, pero él tenía mayores preocupaciones ahora. Levantó la empuñadura sin filo del arma de Candelabrós y volvió a gritar, lo que pensaba serían sus últimas palabras.
¡Por Noraaaaah!

El hielo ofrecía una resistencia mayor de que aldem esperó en un principio. Lo único capaz de derretir aquella capa de hielo eran los artefactos enanos. Ni la fuerza ni el fuego, pero si activaba el mecanismo, todos morirían.
Aldem rebuscó en sus bolsillos, y maldijo el haberse negado a llevar un arma. Candelabrós hizo lo mismo, y empezó a tantearse el cuerpo en busca de algo capaz de romper la capa de hielo. Entonces encontró la gema de Sapphira. Se rompió el colgante y lo puso en el suelo.
La gema sólo requirió una orden mental para lanzar un rayo de energía positiva que abrió una pequeña brecha, del tamaño del dedo meñique. Aldem y Candelabrós sólo huyeron, corriendo con todas sus fuerzas. La presión había sido liberada.

Cuando Mina exhaló, una gigantesca bola que doblaba el tamaño de Turik salió disparada hacia él, pero no llegó a tocarle. La tierra tembló cada vez con más fuerza, hasta que empezó a resquebrajarse, y el vapor gris comenzó a salir.
En un solo instante, con la empuñadura aún en alza, toda la tierra alrededor de Turik voló por los aires junto a una gigantesca oleada de plata fundida que se llevó la bola de ácido. La plata fundida impactó a Mina y la desplazó aún más alto en el cielo. Cuando volvió a caer, ya no era negra, era una dragona de plata.
Turik, que había quedado sobre una pequeña columna de tierra, sintió como ésta se desmoronaba, y cayó, sin opción alguna, a su tumba de plata. Éste fue el fin del patriarca enano, que se llevó a las profundidades la coraza de Genji.

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La purificación de los dragones

Lo poco que quedaba de la ciudad fue bañado por una lluvia de plata, y cuando ésta cesó, los enanos se fueron acercando poco a poco a la ciudad. La plata ya se había enfriado por el clima, y se había formado una nueva colina, una colina de plata.
Los enanos apresaron el cadáver de Mina, pero el de Orij no lo encontraron, pues había huido, aún con Argenta clavada en su pecho, a su refugio. Para sorpresa de todos, Mina, a la que creían muerta despertó. Habló Vectox, el que había sido designado para suceder a Turik en aquella ciudad, y se convenció de que Mina ya no era mala. Aun así, se la obligó a jurar por su vida que ya no quería mal alguno para los enanos, y que Épheli se la llevara si no fuese así.
Tras esto, se la liberó, con una marca en la nuca que decía que ella era amiga de la raza enana y sólo les ayudaría, aunque esto les trajese mal. Antes de marchar, Mina ayudó a la reconstrucción de la Ciudad Helada.
Así, Mina y todos los dragones de caparazón metálico quedaron por la promesa de Mina obligados a ayudar al pueblo enano. Y todos los dragones de color están envenenados por el rencor hacia ellos, y sólo les desean mal.
La Ciudad Helada fue reconstruida, y la muerte de Turik llorada. Lejos de allí, en la caverna de las llamas, el ojo se abrió de nuevo, trayendo con el pedestal a una persona. Era calva y su traje blanco. Sus dientes eran afilados y en el pecho le brillaba una página en blanco. Él era el olvido, y sonreía.
La existencia de los eternos
Muy pocos conocen la existencia de los eternos, pero los que lo saben están seguro de ello. Los eternos son seres que representan las cosas que todos los seres vivos poseen por igual, ya sean dioses, mortales o bestias. Su función es manejar los reinos ocultos, y existen para sevir a los seres vivos, aunque alguna vez los eternos influyen en sus vidas, porque tienen voluntad propia. Entre los eternos mayores se encuentran el sueño, la muerte, el destino, el olvido, etc. Entre los eternos menores están el odio, el hambre, la esperanza y la desesperanza, el deseo, etc.

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Candelabrós: Segunda parada.

Uno de los enanos, un aguerido guerrero que demostró su valía en la anterior batalla, se ofreció gustoso a acompañar a acompañar a Candelabrós en sus viajes. Su nombre era Guirak, de la casa Noy, y quiso representar a su raza ante los extraños. Con él, también quiso viajar Aldem. Más que por representar a sus hermanos, porque seguía deseando morir lejos, en lugares desconocidos.
Un nuevo velero, éste de mayor tamaño, fue contruido a la semana, y no tardaron en embarcarse a él los tres que se habían conocido hasta ahora. Esta vez, Candelabrós añadió un modo de arriar las velas, para poder detenerse si era necesario, y les indicó a los enanos de construir faros, especialmente donde él se había estrellado, para guiar a los próximos navegantes. Los enanos se ofrecieron con gusto, pues el invento del barco les sería muy útil.
Candelabrós puso rumbo al norte, pues hacia allí iban los vientos, y en tres días de agradable viaje llegaron a Ligeia, la tierra de los elfos. Atracaron en el cabo sur del continente, y allí bajaron los tres. Pero apenas habían caminado unas pocas millas encontraron una mujer encapuchada, sentada sobre una roca en medio del campo.
Pena levantó poco a poco la cabeza para observar a sus nuevos visitantes, y sus rasgos excepcionalmente bellos llamaron la atención de los tres, pero sobre todo de Candelabrós, quien se sintió atraído por ella al intante.
Pena, tomándolos por enemigos o invasores hostiles, se puso en pie de un golpe, y convocó los fuegos de su bastón. Los viajeros se dispersaron al instante, excepto Aldem, que por su vejez los reflejos le fallaron, y acabó con la barba completamente chamuscada.
Guirak se lanzó por la siniestra, insultando a la bruja, pero ésta era hábil y repelió sus ataques con irrompible bastón mágico. Luego contratacó con llamas y obligó al enano a arrodillarse en el suelo. Pero antes de que hiciese algo más, notó el filo en su nuca.
La espada de Candelabrós fue reforjada en la plata de la Ciudad Helada, y lo había mantenido en secreto hasta ahora. Pues la espada ganó el poder de ocultarse a la vista y a las manos, siendo imposible tocarla por otro que no fuese el portador.
Pena soltó el bastón y lo dejó caer al suelo. Luego, aceptando su derrota, se arrodilló mostrando sus manos indefensas y ofreciendo su cuello al vencedor. Candelabrós, al observar de nuevo su encanto en unos ojos que imploraban piedad, no fue capaz de matar a la bruja. En vez de eso dijo: “Es a ella a quien venimos a buscar, llevémosla.”
Hablaron con ella sobre el lugar de donde procedía cada uno y la misión que se les había encomendado. Pena se disculpó mil veces por haberles agredido, y se unió al equipo gustosamente, ya que la habían exhiliado los elfos.

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Candelabrós: La vuelta a casa

Candelabrós atracó de nuevo su barco en el lugar del que había partido, el desierto Malárquico, y ayudó a bajar a sus acompañantes. Gracias a la Gema de Sapphira atravesaron sin problemas el desierto, y pusieron rumbo a Lauvé, el único refugio sedentario de los hombres, o al menos eso creía Candelabrós.
Había estado ausente una veintena de años. Pocas semanas después de su partida, su padre Loktar había muerto, y el liderazgo de la tribu recayó en la recién nacida Caronte, hermana de Candelabrós. Desde muy tierna edad ya tuvo que dirigir el destino de los hombres, pero gracias al consejo de los ancianos, lo hizo bien.
Pero al llegar Caronte a la pubertad, había empezado a tomar decisiones por sí misma, y no todas esas decisiones eran buenas. Una de las últimas que había tomado entonces era que los humanos debían construir asentamientos y hacerse sedentarios, porque era más cómodo para las mujeres encintas, y ayudaba a aumentar la población.
Aunque esta decisión trajo el temor al pueblo, pues los hombres tenían la infundada creencia de que eran vulnerables en terreno fijo. Aunque las órdenes de Caronte fueron acotadas, y los asentamientos humanos de la tribu se construyeron, las gentes albergaban el miedo y el recelo, y con asiduidad atacaban primero a cualquier extraño que divisaban.
Fue necesaria entonces la fabricación de un emblema que distinguiese a amigos de enemigos, y se usó una bandera blanca con una mano pintada. Candelabrós y sus acompañantes no habían oído hablar de estas costumbres, y andaban indefensos.
Cuando los asentamientos humanos habían comenzado su construcción, y los guardias habían sido entrenados y apostados en ellas para defenderlas, Caronte recibió un mensaje de Lauvé, que la invitaba a dirigir a los hombres desde allí. Melinda, descendiente de Matrox, había muerto sin sucesor o sucesora, y el puesto quedaba libre. Debido al revuelto había montado entre los hombres y a la fama que se había ganado, la pusieron a gobernar.
Así cuando llegaron los viajeros, cansados tras el largo viaje, atravesando la peligrosa Ciénaga de los Muertos, los guardis les atacaron, y los encerraron en las mazmorras de Lauvé. Al ver que eran civilizados, los llevaron a ver a Caronte, donde se pudieron presentar.
Pero cuando dijo que era Candelabrós, nadie le creyó. Y Caronte ideó una prueba para él. Le notificó en ese momento que su padre, Loktar, había muerto, y que se decía lo mismo de Candelabrós, desaparecido hace tiempo. Luego despachó a los cuatro de palacio, y habló con uno de sus guardias.
Síguele y obsérvale. –dijo al guardia.- Si derrama lágrimas, y crees que éstas son sinceras, tráele de nuevo. Y si no es así, mátale allí mismo, para que nadie profane más el nombre de mi hermano.
Así hizo el guardia, y encontró a la salida de la estancia, cómo Candelabrós sollozaba en voz baja por la muerte de su padre, rodeado de sus compañeros. Vio que sus lágrimas eran verdaderas, y le llevó de nuevo al interior.
Candelabrós, conteniéndose, repitió de nuevo cada detalle de su viaje, poniéndo énfasis en el mandato divino de reunir a todas las razas. Luego cada uno de los representantes que había traído rindió homenaje a la líder humana y ofrecieron los respetos y la buena voluntad de su raza.
Pero Pena no pudo expresar nada en nombre de su raza, pues ésta la había exhiliado, y se contentó con dar una mera muestra de su existencia. Esto no alegró mucho a la joven reina, quien hizo retirarse a todos ellos, y ordenó se les ofreciese un banquete en la plaza central en el que se celebrase el regreso de Candelabrós.
Cerca del fin de esta fiesta, Candelabrós, algo ebrio, se acercó de nuevo a la casa de Caronte y escuchó conversar a un par de guardias. Entre ellos conversaban sobre una orden de la reina. Caronte les había ordenado que asesinasen a Pena derramando veneno en su oído mientras dormía, pues la elfa no tenía buena intención, y lo había expresado en la audiencia.
Candelabrós, espantado por la decisión de su hermana, se dio cuenta de que no podía permitir la ejecución de Pena, ya que la amaba. Se había encariñado de sus rasgos la primera vez que la vió, pero fue durante el viaje cuando esa aptitud melancólica había despertado cariño en él.
Candelabrós buscó a Pena entre la fiesta, y le contó lo que había escuchado. Ambos huyeron de la ciudad, y no se dieron cuenta de la desaparición de Candelabrós hasta el amanecer.
Lauvé. El Refugio Humano.
¿Lauvé? No se puede expresar con palabras la grandiosidad que esta gran ciudad ha alcanzado en la quinta era. En un principio se trataba sólo de una colina de marfil puro, sobre la que se habían construido varias casas que se proveían de suministros a los viajeros, pero en la tercera edad, se comenzó a excavar bajo la colina, construyendo cuevas cerradas donde la temperatura era más agradable sin importar el exterior. Más tarde se talló, ayudándose del marfil de la colina, la gigantesca Torre de Omen, destinada a dirigir a todos los hombres por lejos que éstos estuviesen. En resumen, Lauvé, hoy en día, es un gigantesco monolito con bordes remarcados en nácar y punta de oro, que refleja la luz del sol al amanecer y la envía a cada uno de los acueductos que constituyen la parte principal de la ciudad. Éstos acueductos están salteados por casas, que al principio son de marfil y acaban siendo de madera. Y al final de cada acueducto hay una gran plaza con un número, y éste número sirve para saber la estación del año cuando el sol está en su cenit o en su ocaso.

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El Barco de Candelabrós.

Candelabrós y Pena deshicieron todo el camino hecho, y regresaron al lugar en el que habían dejado el barco. Lo pusieron de nuevo a flote y trataron de elegir un nuevo destino. Las tierras de los enanos se encontraban entonces en guerra con los dragones, y tanto en Ligeia como en Vena se buscaba a Pena para matarla por bruja.
Tomó Candelabrós las riendas del barco, y lo llevó hacia donde muere el sol, pues en sus dos anteriores viajes había divisado una pequeña y solitaria isla oculta entre la niebla. Esta era la isla de Malak, y los dos amantes viajaron allí para descansar en paz.
En la isla de Malak se asentaron, y la vida les fue fácil, ya que abundaban los manatiales y los frutos en los bosques. Y ninguno de los dos envejecía, pues la gema que Candelabrós había conseguido de la esfinge no era una gema normal.
La Gema de Sapphira era la Gema de la Vida, pues Sapphira era la muerte, y este eterno se había personificado para someter al mortal a prueba y ofrecerle la inmortalidad sin que lo supiera. Mas no quiso el destino que Candelabrós viviese eternamente.
Pena quiso, cuando llevaban menos de cinco años en aquella isla, construir un templo a su diosa, Peren, para poder adorarla y sentirse segura. Candelabrós, por supuesto, la ayudó en esta tarea, y antes de darse cuenta, se encontraba con ella frente al altar adorando a la diosa de la magia. Entonces sopló una tormenta sobre sus cabezas y ambos salieron.
Allí estaba Auron, y con una voz que resonaba en toda la isla como si surgieran de los mismos truenos de la tormenta, recordó el favor que los dioses del agua le habían hecho, y que él había jurado por su vida no adorar jamás a ningún otro.
Como castigo, Auron se llevó con un rayo la vida de Pena, para que Candelabrós la viese morir, y luego le succionó a él el último aliento. Tras hacer esto, capturó sus almas al vuelo, y se las entregó a Peren, pues eran fieles de ella, y no le correspondía a auron guardar sus almas.
Peren, tras conocer toda la historia, clavó en el templo que le habían erigido el bastón de Peren-a-perennä, y, arrancándose su propio ojo, lo colocó sobre él para contemplar desde ese punto todo lo que sucedía a partir de ese momento en aquella isla sagrada.
Luego, dejó caer al mar la sangre que manaba de su herida, pero esta sangre no llegó a tocar las aguas, pues se construyó con ella un gigantesco barco de oro macizo, con velas como alas de terciopelo rojo. Puso en este barco las almas de los amantes, para que juntos, disfrutasen por toda la eternidad de la libertad que había rogado Candelabrós.
Y para terminar con la historia del Viaje de Candelabrós, se dice que los marinos siguen viendo, en las noches de niebla, este barco flotando por encima de las aguas, y que su visión trae la buena suerte a aquel que conoce su trite historia, y la desgracia a aquel que nunca la ha oído. Por esto los juglares canta la historia en los puertos, y es la más escuchada, sobre todo por los capitanes, que intentan no olvidar detalle de ella.

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El Desenlace en las Tierras de los Hombres.

Aunque Candelabrós había desaparecido, Guirak pudo dirigir la construcción de nuevos barcos, y establecer una buena relación entre enanos y hombres. Respecto a los últimos días de su vida, los pasó en las grandes bibliotecas de Lauvé, instruyéndose sobre leyendas que transmitió a sus hijos.
Guirak, antes de morir, visitó las mazmorras del destino, último refugio de la profeta Sirine, de la que recibió con gusto enseñanzas útiles incluso en la muerte. Guirak murió en aquellas mazmorras, conjurando antes de morir a un ser del infierno con la magia que había aprendido. Y lo encadenó a las puertas de la mazmorra para protegerla de los saqueadores de conocimientos.
Aldem, en cambio, leyó muy poco, y la mayoría sobre la era de los Sueños, pues le fascinaban las historias de los divinos. Viajó al Templo del Amor al final, y murió contemplando la mortal belleza de la diosa Mónica.
En cuanto a Caronte, recibió presentes de todas las razas, pero no intentó más contacto con los elfos, dejando esto en cargo de los enanos, quienes, al intentarlo, fueron rechazados por la filosofía del invidualismo élfica (doctrina comenzada por Elhos Frutoverde en el 3167DC)
Tras la muerte de Caronte, lideró su hijo Lemmash Rhûn, que terminó las defensas de los asentamientos humanos con ayuda de los enanos, e instruyó a estos en el cultivo de los campos y en el uso de los arcos. También permitió que se mezclasen ambas razas, aunque nunca se dio el caso de mestizos de este tipo.

Y con esto termina la larga historia de la tercera edad del mundo, la Era de las Transformaciones, pues ya los grandes héroes que cambiaron el destino de las razas habían muerto, y los dioses se desentendían de los mortales para realizar los trabajos que a ellos les correspondían. Hubo una calma entre el fin de esta edad y la siguiente, a la que se llama primera edad del silencio. En este periodo se afianzaron las relaciones entre humanos y enanos y se comenzó a utilizar la moneda de oro, invento del comerciante enano Dunger. El aislamiento de los elfos fue respetado y nadie osó ponerse en contacto con ellos, aunque todos conocieron su existencia.
La Era de las Transformaciones termina en el 3499DC y la Era del Valhalla no empieza hasta el año 3640DC. El periodo intermedio carece de importancia.





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2003 - The Exorcist