Clan DLAN
18 de Febrero de 2018
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-1-

La cabaña estaba oscura, tan solo un pequeño rayo de luz se colaba entre las carcomidas persianas de madera. El sonido de una vieja mecedora resonaba. Sobre ella, Alan Bascuet apuraba las últimas ascuas de su pipa, se estaba haciendo tarde. La campana de un reloj de pared marcó las seis y media, Bascuet lo miró con desidia, odiaba los relojes. Se levantó lentamente, como si llevara siglos allí postrado, crujieron sus articulaciones, depositó la pipa sobre la mesa y se encaminó hacia la puerta. Detuvo su mano a unos centímetros del pomo, dudando, posó sus palmas sobre la puerta y apretó los dientes, una lágrima cayó sobre la mejilla de Alan Bascuet, el recuerdo era aún demasiado vivo. Inspiró hondo y abrió la puerta, allí estaba, el descomunal esqueleto que todas las mañanas le daba la bienvenida, “bendita tu madre”, musitó. Hacía un buen día, el cielo completamente despejado mostraba un intenso tono azul, los interminables trigales en los que se encontraba la cabaña eran mecidos por un suave y cálido viento que dibujaba olas que se perdían en el horizonte.

Atravesó los costillares de aquel titánico cadáver, miró hacia arriba, el esternón de aquella criatura se levantaba veinte metros por encima de él, hacía tres siglos que lo había matado en una gloriosa gesta y aún seguía asombrándose de su hazaña, pero cada vez le importaba menos.

Tras cinco minutos de camino llegó a los cobertizos, situados junto a la pezuña del dios caído, allí lo esperaba su cabalgadura, un grifo mestizo. La criatura se despertó de su siesta y se desperezó lentamente, “¿son ya las seis y media?” preguntó, Bascuet asintió con la cabeza, ambos se miraron durante un instante, conscientes de lo que les esperaba.

Entre los dos abrieron la pesada puerta del cobertizo, chirrió de tal forma que daba la sensación de que se estaba quejando. Una vez ensillado, el grifo se alejó unos metros para hacer de vientre, Bascuet lo oyó canturrear, “¡acércate compadre, hacía décadas que no ponía un huevo tan gordo!”, gritó la criatura; al viejo caballero le divirtió la chanza, sonrió para sus adentros y le lanzó un guijarro para que se apresurase.

La travesía duró una semana, solo pararon para comer y evacuar. Tras siete días de monótono paisaje, azul y dorado divididos por la línea del horizonte, se divisaban al fin los primeros grandes túmulos, sus habitantes se empleaban en la recogida de la cosecha al tiempo que miraban hacia arriba, pávidos, por la visión de tan majestuoso ser. Atravesaron los dominios de los tumularios y llegaron ligeramente fatigados a su primera parada, la posada de Homaru.


-2-

La posada de Homaru era realmente un templo excavado en el interior del monte Hanamatsu, guarida de una casta de santones hortícolas, los Homaru, desde tiempos inmemoriales. Era ahora la residencia del penúltimo de esta dinastía, Carmelo Homaru, buen amigo de Bascuet desde que este lo librase de un dios invasor. Una pequeña portezuela de madera de tejo blanco daba acceso al templo, tras ella había que atravesar un oscuro corredor hasta llegar a las dependencias del dueño, situadas dentro de una enorme cámara hexagonal de más de diez hectáreas dividida en diez huertos estancos en los que Homaru cultivaba distintas plantas de carácter medicinal unas, y con algún propósito desconocido otras. En el centro de la cámara crecía el último ejemplar de Picus blanco, la ingesta de su fruto otorgaba la inmortalidad, por desgracia para su dueño, el arbolito de marras había salido macho, y en consecuencia solo concedía tal don a las gatas preñadas de un día, tal vez por eso en la posada de Homaru no paraban de colarse gatos.

Hal, el grifo de Bascuet estaba secretamente enamorado de Higea, la hija del Homaru. Higea era una joven mozuela que se las sabía todas, no obstante tenía ciento dos años de edad y era plenamente consciente de los sentimientos de Hal, pero no podía corresponderle, Hal era mestizo e Higea no podía acercarse a menos de dos metros de uno de estos ejemplares sin correr el riesgo de morir dado que padecía una extraña afección que se lo impedía. Hal sufría cada vez que entraba en la posada de Homaru y no entendía muy bien el porqué de la visita pero no deseaba cuestionar la voluntad de Bascuet.

Homaru los recibió a ambos en el almacén de esquejes, allí tenía un pequeño despacho al que solía retirarse para meditar y beber licor de baya.
-Te escucho, viejo amigo, imagino el porqué de tu visita pero prefiero oírlo salir de tu boca, siempre es un placer escucharte.-Se rascó las posaderas al tiempo que se servía un vaso de licor.
-¿Tienes algo por ahí para aliviar las almorranas, Homa?-interpuso Hal. Bascuet le propinó un sonoro capón que hizo eco en la instancia-Uh, cabrón.-se quejó amargamente el grifo.
-Espero que no sea este el motivo que os ha traído aquí.-Homaru contuvo a duras penas una carcajada.- Toma, anda, aplícate el jugo de esta raíz cada vez que escuches el canto de un garzo.
-Discúlpale, el amor que este zopenco profesa por tu hija le hace ser inoportuno.-Bascuet contempló divertido como el grifo escondía avergonzado la cabeza entre las alas.-No te extrañes, lo sabe hasta la higuera de la entrada.
-Soy consciente del problema que afecta a mi hija, y quiero que sepas que estoy buscando una solución que satisfaga a ambos, no sufras la espera, consuélate con la idea de que tarde o temprano llegará el día en el que podáis dar rienda suelta a vuestro amor.-sirvió un cuenco de licor al grifo que bebió con desgana.-.Habla, Alan, te escucho.

El asesino de dioses hurgó en su zurrón y sacó su pipa, la cargó con parsimonia, la encendió, y tras dar una larga calada comenzó a relatar:
-Como bien sabes, querido amigo, hace un par de décadas que me estoy muriendo, he de emp…,...emprender mi último viaje hacia mi aldea natal para recibir sepultura junto a mis antepasados…- carraspeó, se quedó unos segundos en silencio, como si le faltara el aire.
-¿Te encuentras bien?, no tienes por que contármelo ahora, guarda descanso unos días…
-No…, no es nada -cerró con fuerza los ojos e inspiró profundamente-la poca vida que me queda parece parpadear dentro de mí, desde la muerte de mi esposa vivo una espiral de dolor que no cesa, mis manos apenas pueden sostener la espada y no hablemos de mi otro arma que hace ya unas cuantas décadas que no hay manera de erguirla, estoy hecho una mierda, solo hago que pasear alrededor de la cabaña y tus hierbas ya no causan efecto alguno en mí, tal vez porque es fuerte mi deseo de dejar este mundo. De alguna manera había logrado acostumbrarme a esta mórbida rutina, incluso pude vislumbrar una cierta esperanza al ver asomar en la tierra de mi maceta la cabeza de un retoño de abedul, pero como ocurre a menudo, la vida parece divertirse con nosotros, humildes mortales, y una fría mañana, mientras orinaba detrás de la cabaña vi acercarse una figura oscura por el camino del este, caminaba despacio y sin rumbo aparente. Cuando estuvo a unos metros de mí vi que era una muchacha, alcancé a ver su rostro bajo la capucha de aquella mugrienta túnica negra, su piel estaba cuarteada, gris, como la corteza de un tronco quemado, tenía la mirada perdida y una babilla negra colgaba de su boca, entonces me fijé en el colgante plateado que pendía de su cuello, portaba la cruz de Hjandra. En ese momento me di cuenta de quien era realmente aquel ser condenado, aquel despojo humano era Hjalvea, mi hija pequeña. No pude soportarlo, sabía lo que debía de hacer pero mis manos estaban paralizadas por el dolor que me había provocado aquella visión, sentía chorrear las lágrimas calientes por mi cara, apenas podía ver, me temblaban los brazos y las piernas, estuve a punto de desmayarme pero con todo, acabé por hacerlo, era mi deber para con el alma de mi pobre hija. Cogí el hacha y cargué contra ella, ni se inmutó. El primer golpe la deshizo como lo que era, una estatua de ceniza errante, condenada a vagar por los caminos. Si ya de por sí era intenso el dolor que atormentaba mi lacerado espíritu, aquello acabó por darle la estocada definitiva, las paredes de mi cabaña se volvieron negras, la aflicción desmedida me consumía día a día, me mutilé un dedo, rompí un espejo y devoré sus restos, en una ocasión, en el transcurso de un ataque de locura casi mato a Hal…
-Casi.-apuntó el grifo.

El caballero prosiguió su relato.
-Una noche de brillante luna llena comencé a caminar desnudo por el sendero de Quenton. Era invierno y la temperatura rondaría los veinte grados bajo cero, en mi mano llevaba un cuchillo con el que me había tallado en el pecho el nombre de mi hija, la sangre me chorreaba por las piernas, por suerte no me dio por seguir escribiendo nombres y no me desangré. Caminé durante días sin rumbo, me adentré en el bosque de Hilvodd, maté una loba con mis manos, bebí su sangre y la de sus cachorros no natos, me había convertido en un monstruo de ceniza, mi piel empezaba a cuartearse y mi sed de sangre parecía no tener fin. Seguí caminando, dejé atrás el bosque y una mañana llegué al valle de Vesena, a los pies del monte del mismo nombre.-Bascuet dio varias caladas seguidas a su pipa, mirando al vacío y haciendo un enorme esfuerzo por relatar lo más fidedignamente posible, Homaru abrió mucho los ojos y se inclinó hacia delante-Al fondo del verde y florido valle divisé una cabaña, corrí hacia ella en busca de presas con las que saciar mi hambre, entonces, cuando solo faltaban unos pocos metros, una mujer salió por la puerta, en una mano portaba un cuchillo ceremonial y con la otra asía un cordero por el pescuezo. Me miró con unos ojos grises que me paralizaron, literalmente, no podía moverme. La mujer vestía una gruesa túnica caqui primorosamente adornada con elegantes bordados dorados en las mangas, iba descalza, su piel era de un blanco marmóreo, su frondosa cabellera rubia llegaba al suelo, su rostro era de una redondez y finura exquisitas, no así su mirada, dulce como la de una virgen al tiempo que penetrante y escrutadora como la de un sumo sacerdote de Sarso. Sin desviar su mirada por un momento se acercó a mí lentamente, estudiándome, sentí que escudriñaba en mi mente buscando una respuesta a mi presencia, entonces, inexplicablemente, comencé a sentir una agradable sensación de alivio, por un momento olvidé el frío y el dolor, percibí un olor extraño, había cerrado los ojos sin yo quererlo, los abrí y allí estaba ella, frente a mí, clavándome esos enormes y gélidos ojos en el corazón, violando mis sentimientos, alzó el cordero sobre mi cabeza y lo degolló, una cálida lluvia roja empapó mi rostro, me sentí caer.-Hizo una pausa para vaciar su pipa, Homaru estaba absorto, Hal se había quedado frito.-Cuando desperté me encontraba en la entrada del bosque, cubierto por una manta de pelo de yak y en el centro de un círculo de extraños guijarros rojos. Ya no sentía la ira dentro de mí, el dolor por el recuerdo de mi esposa y mi hija seguía ahí, pero se había transformado, como las heridas de mi pecho, cubiertas ahora por una gruesa postilla.

El santón se mesaba la barba, Bascuet sorbió un poco de licor y siguió relatando:
-Lo más sorprendente estaba aún por llegar. Por alguna extraña razón, para mi regreso evité el camino a Quenton enfilando en su lugar una angosta vereda que me llevó a los bosques de cardos gigantes de Sosnovia. Caminé entre estas enormes plantas sin ver nada más allá de dos metros, los cardos hacían las veces de una espesa niebla vegetal. Para avanzar tenía que ir apartando la fronda con manos y antebrazos, en ocasiones la acumulación de esta era tal que me veía obligado a usar el cuerpo entero. Me había deshecho de la manta pues me impedía avanzar entre la maleza, esto hizo que perdiera mi única protección ante los espinosos ramajes. Cuando llegué al primer claro mi cuerpo era un tapiz sesgado y chorreante, la comezón que me provocaban cada uno de los cientos de cortes era indescriptible, pero aún así me sobrepuse y continué caminando. Al rato comencé a escuchar pasos tras de mi mas nada pude ver al girarme, me percaté entonces de que estaba dejando un rastro de huellas rojas producto de la sangre que manaba de los cortes, estaba débil y me senté sobre una piedra. La vegetación que me rodeaba solo me dejaba ver una pequeña porción de cielo gris plomizo. Entonces escuché como algo se abría paso entre la espesura y se aproximándose lentamente. Debido a los últimos acontecimientos había perdido el temor a lo desconocido, el pánico al dolor, había dejado atrás toda noción del miedo, por lo que me resultaba indiferente el hecho de ser despedazado por una bestia salvaje o padecer tormento en una celda. El cielo encapotado había dado lugar a una falsa noche, una oscuridad gris e incómoda, fue entonces cuando de entre la espesura surgió como una aparición la figura de mi esposa, completamente desnuda y reflectando con su blanca piel la poca luz que había, lo que la otorgaba una apariencia espectral, de repente comencé a temblar, las lágrimas rodaban gozosas por mis mejillas, ella me sonrió, sus labios estaban manchados de sangre, mi sangre. Nos abrazamos, intenté hablarla, pero ella no pronunciaba palabra alguna. Me besó, hicimos el amor, y al cabo de un rato estaba yo tumbado sobre la tierra y exhausto por la abundante pérdida de sangre, con ella, mi desnuda y fantasmal aparición postrada sobre mis caderas. Su rostro había tornado en una total inexpresión, colocó la palma de su mano sobre mi pecho, comencé entonces a sentir un agradable calor proveniente de esta, la miré, sonreía, sentí como el calor de su mano se trasladaba bajo mi piel, hacia mi corazón, que empezó a arder, literalmente, dentro de mí. Su mano se hundió dentro de mí como si mi piel fuera agua y mis huesos barro, asió con fuerza mi corazón llameante y lo arrancó con determinación. Me quedé sin vida por unos instantes, lo último que pude ver fue el como se introducía en la boca mi corazón aún palpitante y envuelto en llamas, lo masticó lentamente, treintaitrés veces, me cogió la cabeza y me besó, sentí el fuego abrasador entrar dentro de mí, se detuvo y me susurró unas palabras al oído, lo último que pude oír fue: “…no tardes en devolverlo”, en ese preciso instante perdí el conocimiento. Cuando volví a abrir los ojos vi que había regresado al punto donde el camino a Quenton y la vereda de Sosnovia se cruzan, ahora no había ni manta ni cantos rojos, tan solo el cadáver de un cordero degollado y huellas que se perdían en el sendero al bosque de Hilvodd, estaba empapado en la sangre de aquel animal. Decidí volver a casa, estaba limpio y sabía lo que debía de hacer, me había sido dado un nuevo destino.
-Déjame adivinar.-apuntó Homaru-Os encamináis allá de donde radie retorna, venís a despediros. Alan, la diosa del valle te ha perdonado, ya no pesa sobre tus hombros la muerte de su hijo, ahora que tienes tus cuentas saldadas el tránsito hacia el otro lado del Leteo será fluido, mas no va a ser fácil para ti, mi querido grifo, pues no puedes morir con la idea de perder a mi hija.
-No te falta razón, viejo, si ya de por sí me resulta difícil de soportar el hecho de no poder vivir a su lado, la certeza de no haberla estrechado nunca entre mis…patas es insoportable, no quiero morir con ese dolor dentro de mí, espero que lo entiendas.
Bascuet era consciente del dolor de su compañero y no deseaba dejar este mundo sin saber de su dicha.
-¿Puedes hacer algo por el?, lo ha dado todo por mi…, no habría día de gloria alguno en mi vida si no hubiera contado con su ayuda.
El santón salió un momento de la estancia y regresó con un pequeño frasco y un mortero.
-Aquí tienes un mechón de cabello de mi pequeña, quémalo y mezcla sus cenizas con uno de estos frutos negros del frasco, beberás la mezcla esta noche, cuando escuches cantar al primer grillo. Es una solución temporal, su poder vence a las siete horas y provoca la muerte a los siete días, te lo ofrezco ahora que veo que este efecto secundario ha dejado de ser un problema. Mi hija te esperará en la cumbre del sagrado Hanamatsu, suerte mi querido amigo.
Hal abrazó a Homaru con lágrimas en los ojos, sin decir nada cogió los ingredientes y el mortero y salió al exterior, estaba anocheciendo.

Obró tal y como le fue indicado y voló raudo hacia la cumbre del monte, allí lo esperaba Higea, ataviada con una ligera túnica de terciopelo azul, se abrazaron, Hal la levantó en volandas y emprendió el vuelo, a tres mil metros del suelo la besó, con cuidado de no herirla con el pico, Higea gemía de placer al tiempo que sollozaba, allá en las alturas la poseyó durante horas.

En un intervalo, abrazados ambos Hal le habló a Higea con ardor de quien sabe que esa será la última vez:
-"No nací para reinar, soy alérgico al oro, no hay corona de sueños que valga. Mis manos yacen ahora ante las tuyas pues hace tiempo ya que mi razón ha capitulado ante tu sola presencia, me he rendido ante todo lo que representas, no por tu cetro ni por tu control de las razones universales sino por lo que hay debajo de toda esa ferralla inútil. Tus ojos son mi templo, mi catedral de augurios florales, en ella anhelo cobijarme, abrazar las pilastras y apoyarme en sus contrafuertes mientras observo en lo alto alzarse majestuosos pináculos y arbotantes. Esa, mi querida Higea, es la mampostería de mi cordura, y en ti delego su equilibrio, aunque me cueste la vida y loco me vuelva pues no tengo palabra alguna que ilustre lo que ahora turba mi alma..."
Higea cerró los ojos y sonrió, Hal la estrechó entre sus zarpas y ambos arrancaron en un llanto que aún hoy, si escuchas atentamente, percibirás como un lejano eco en el valle de Hanamatsu.


FIN