Clan DLAN
19 de Agosto de 2018
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¡¡Viene el Mirgo!!, ¿me estás oyendo?, ¡¡despierta Gèroi, maldita sea!!, Perdona, creo que me he dormido, Yo también lo creo, ¡vaya si lo creo!, ¿Quien demonios lo ha llamado?, Llevas diez días-pulso durmiendo y diez noches en vigilia, Demonios, ¿como ha podido ocurrir...?, sssssh..., silencio, está en la puerta.

Entró el Mirgo, un Mirgo adulto: Grande y blanco, cuerpo de niña y patas de cigüeña, cuatro pendientes negros (no menos de treinta mil años). Entró muy serio, abrió la boca lentamente y dijo con voz pausada: "Anoche te vi pasar, Gèroi Gocza, cerca de mi puesto de vigilancia, muy rápido, pero no lo suficiente como para que no te viese...". Geroi empezó a inquietarse, no era ninguna broma toparse con un Mirgo.

Los Mirgos son los principales vigilantes le los sueños de los seres que sueñan volar, esa es su exclusiva tarea, se encargan de que el discurrir de este tipo de sueños sea normal y que ninguno de los soñantes caiga y muera. De todos los vigilantes los Mirgos gozan de una sólida reputación debido a lo crucial de su trabajo: "el hecho de soñar con volar cada cierto tiempo es vital para todos los seres terrestres, les permite sentirse especiales, seguir viviendo sin sufrir su sometimiento gravitatorio en primer grado." según las propias palabras de los vigilantes de vigilantes..., contando que hay un Mirgo por cada quinientos mil millones de soñantes la inquietud de Gèroi era perfectamente razonable.

El visitante exploró con la mirada el habitáculo, se rascó el abdomen desprocupadamente y miró de soslayo a Gèroi: sabes perfectamente que tenéis vetado el acceso a este tipo de sueños, vuestra única y exclusiva competencia son los sueños cortos e intensos, Yo me encontraba en un sueño corto e intenso, No es cierto, no olvides, Gèroi, que para nosotros la mentira es un despojo de mente resoluta, no pongas en duda mis palabras.

Te repito que estaba en un sueño de los nuestros, pero es que de pronto el soñante se echó a volar. El Mirgo cerró los ojos durante unos segundos y volvió a abrirlos descubriendo una mirada que nada miraba, nada de lo ahí físicamente presente, Gèroi dedujo de estaba juzgando su Tzaitatar-Ena, sus estribaciones, tonalidades, sus lagunas y compases; estaba comprobando sus palabras. Al cabo de un rato cerró los ojos y señaló a la tercera persona presente: "No busco culpables, sino respuestas, Gèzep; fuiste enviado aquí por gracia de tus protectores, ellos nos garantizaron tu plena colaboración y te acogimos gustosos, tu Vrabura-Ena, tu destreza para moverte en el plano onírico, será un día reconocida por los Vigilavigilantes, eras necesario aquí, tu destino te trajo aquí. Te pido ahora colaboración, necesito que me cuentes que ha ocurrido pues percibo turbación en toda tu Tzaitatar, muéstrame tus inquietudes".

Gèroi miró a Gèzep con gesto asombrado, estaba mudo, mirando fíjamente al Mirgo, ahora reposando con las patas dobladas hacia dentro, con la boca entreabierta y sus descomunales ojos azules clavados en él. Estaban hablando por dentro, geroi cerró los ojos y se concentró: encontró a Gèzep y al Mirgo en unos iterminables trigales, de repente, un latido estremecedor inundó el llano, Timbales Púrpuras, preludio de batalla. Apareció en el horizonte una larga línea de figuras oscuras, aproximándose con paso rítmico. Gèroi miró tras de sí y una música discordante sonó en la lejanía. Comprendió entonces, un sueño de guerra, la Onírica Beligerante, Gèzep le estaba contando un sueño, pero ¿que tenía eso que ver con su soñante volador?. Tanto él como Gèzep tenían conocimientos sobre este tipo de sueños, eran fruto de la vehemencia, de las contradicciones en los seres de Estrella Blanca. Expectante, recordó como su buen amigo Bacolino (un reputado senescal del más reputado aún Vigilante del Turno de Día; el encargado de supervisar los sueños de los Seres de la Noche) le relataba el particular carácter de este tipo de sueños: "en la Onírica Beligerante, las directrices comunes de los demás sueños, si es que existe alguna, quedan a un lado, se dispara el potencial creativo llegando incluso a turbar y hacer caer (razón de existir de los Mirgos) a los durmientes cercanos a él. Algo detona su mente, algo que crea realidades que son las fantasías propias de la misma fantasía, un hecho que se nos escapa, y te cuento esto porque me ha sido relatado por mi señor, yo aún no he tenido la dicha de presenciar uno, pero te puedo asegurar que ha de ser algo digno de ver...".

Gèzep y el Mirgo permanecían impasibles entre las olas de un sencido mar dorado. La música se hacía más intensa por momentos, los Timbales Púrpuras atronaban, Gèroi reconoció la ótra música, eran Tubas de Conhorte. A medida que se aproximaban ambos ejércitos, Geroi pudo ver a los intérpretes de ambos bandos: a los timbales, las Apilatrices: descomunales seres entogados de aproximadamente cuarenta pies de altura, homúnculos de piel grisácea y carente de vello, de presencia solemne, marchando con un característico balanceo hacia los lados, (a Geroi le pareció una especie de cojeo colectivo) ejecutaban la marcha púrpura con sus timbales dorados. No había ni rangos ni jerarquías entre las Apilatrices, tampoco eran necesarios pues se coordinaban bien y sus únicos bienes estaban en su interior. A pesar de esta carencia de jerarquías,entre ellos destacaba una Apilatriz a la que llamaban "El Partero", "un único partero para un único imperio", el más anciano de entre ellos, era un dios y a la vez madre de todos, "El Partero de Las Apilatrices" era un todo para ellos, no reclamaba veneración pues como aquella voz unánime cantaba: "...quien es tan estúpido de venerar sus propias uñas, primitivos quienes las adoran por arañar, absurdos aquellos que las utilizan para excavar en la tierra con el fin de encontrarse a sí mismos, inútil todo ello, pues son sus propias uñas...". Su toga era de un verde oliva en contraste con la caterva púrpura que lo rodeaba. Resoplaron las tubas con un vigor que eclipsó por momentos la hegemonía de los timbales, Geroi se estremeció, vió como el Mirgo hablaba a Gezep.

Geroi no acababa de creérselo, "un sueño de guerra..., tan pronto".

El viento retrocedió ante el impetuoso atrueno de las Tubas de Conhorte, las catedrales sonoras, elegías del aire. Esta última fuerza se dividía en tres cofradías coordinadas entre sí por un no nato: las tubas de la Madre Muerta, las del Dulce Ocaso y las tubas Ceniza o "Susurras". Gèroi, que acertaba ya a ver los rasgos de las combatientes Tubas, no pudo contener las lágrimas. Se decía que las Tubas eran pequeños fragmentos de Voia, una divinidad primigenia extinta en la segunda edad y cuya belleza y ternura inspiraban al resto de dioses a no guerrear. Su progenie era digna depositaria de sus dones: descomunales graogramanes blancos servían de montura a las madres, desnudas y de piel blanca como la leche, que con una mano soplaban sus tubas crisoelefantinas y con la otra sostenían a sus retoños-tuba que mamaban de su pecho. Estos retoños eran la fuente del poder de todo el ejército, todo este poder convergía en la anfitriona de las madres muertas en cuyo vientre un no nato se encargaba de gestionar el inmenso caudal de poder y canalizarlo de manera ecuánime entre los pulmones de las madres y los corazones de los graogramanes. El flanco izquierdo del enorme ejército de Tubas pasó a unos pocos metros de Gèroi, que imbuido por el halo de gozo que emanaba de este, se deshacía en un mar de lágrimas e intentaba en vano tocar las extremidades de las bestias extendiendo su brazo. Llegó a rozar el pelaje de una de ellas, lo que le provocó una sacudida catártica que estremeció todo su ser, estos seres estaban hechos de emociones en estado puro, se decía que si cabalgar un graograman te podía provocar la muerte por alegría, el hecho de besar los labios de una madre-tuba te permitía ver los ojos de dios y alcanzar la inmortalidad.

El encuentro entre ambas formaciones era evitable, bastaba con que algo despertase al durmiente para que toda esta maravilla se viniese abajo como un simple castillo de naipes, era esta fragilidad la que lo hacía particularmente valioso.

El día era bello, el cielo estaba especialmente azulado y sin una sola nube, el viento mecía suavemente las espigas doradas, los dos ejércitos se encontraron por fin. Cesó el ruido de timbales, también las tubas callaron. Una anciana Susurra fué la iniciadora del combate, sopló su tuba con la fuerza de un dios, era la señal, de pronto, de las cabezas de las madres del Dulce Ocaso brotaron sendas llamaradas azules, tres mil unidades de esta cofradía que conformaba el flanco izquierdo del ejército se abalanzaron sobre el Partero apilatriz que, impasible, aporreaba cada vez más deprisa la piel púrpura de su timbal. El resto de las fuerzas apilatrices permanecían inmóviles, parecían ajenas a lo que allí estaba aconteciendo. Gèroi contempló atónito como los graogramanes derribaban al gigante y lo despedazaban, tiñiendo su blanco pelaje con la sangre del titán. Vió como devoraban sus miembros, su cráneo, su túnica oliva..., entonces resonó en las filas Tuba un grito, era la Madre Muerta portadora del no nato que, situada en el centro de la impresionante muralla blanca que formaban sus monturas, entonaba un canto arcano del que Gèroi desconocía su significado, entonces vió como el Mirgo se giraba y le gritaba "¡¡es un canto de resurrección, ahora por fin sabremos que ocurrió realmente!!". De forma misteriosa, una vez que el Mirgo dijo esas palabras, Gèroi pudo entender el canto de la tuba:

viniste a nosotras buscándolo todo nos pedias demasiado no tuvimos elección
fuiste un buen Partero justo con los tuyos supiste obrar sabiamente
ahora retornas al onfalo vuelves de él hágase la promesa cúmplase lo pactado
el no nacido el anciano regresa ahora prometio resurrecta
eibo herper dasnorrecta
antogan horva improphecta


Lo repitió cuarenta y siete veces, bostezó, y acabó la letanía con una frase:

Voia obra por nosotras hágase su voluntad


Una vez finalizado el canto, la portadora sopló con fuerza su tuba durante un largo rato, tiempo en el que al resto de tubas les fué brotando el fuego azul que semejaba una larga cabellera flamígera, fué entonces cuando los Apilatrices reaccionaron. Primero cuchicheando entre ellos, más adelante tañendo un réquiem al partero muerto seguido de un canto ronco, la melodía telúrica púrpura, Gèroi sintió vibrar el suelo bajo sus pies. Al tantra apilatriz dieron réplica las tubas con un curioso concierto de poder, las del Dulce Ocaso, que habían retornado a su posición abandonando los despojos del Partero, soplaban sus instrumentos con una fuerza inusitada, pero estos no emitían sonido alguno. Las Madres Muertas habían dejado sus tubas y acariciando con ternura a su retoño, movían sus labios como si cantasen, pero de ellos no salía ningún canto. Por su parte, las Ceniza, con sus ojos cerrados, se concentraban, centrando su atención en algún punto perdido del universo, inmóviles como estátuas, sus retoños habían dejado de mamar pues de los pechos de sus progenitoras había dejado de brotar la savia materna. Gèroi pudo ver como las Apilatrices, que seguían con su tañido, sangraban por los ojos, su canto se hizo mas intenso, el suelo comenzó a resquebrajarse, se oyó el graznido de un cuervo en la lejanía. En el otro bando, los retoños de las Dulce Ocaso habían empezado a caer muertos al suelo, algunas de ellas parecían asfixiarse, y caían con sus hijos aferrados a su pecho, de la misma manera, sus monturas se desplomaban sobre ellos pocos instantes después. También las Ceniza habían empezado a sucumbir, el ejército Tuba se desmoronaba progresivamente, desde los flancos hacia el centro, donde la portadora esbozaba una mueca de dolor que se escapa a cualquier descripción, Gèroi se llevó la mano a la boca, lo que estaba presenciando no tenía nombre, lo que sentía en ese preciso instante menos aún. Alguno de las Apilatrices comenzó a sollozar, de las grietas abiertas en la tierra comenzó a brotar sangre. Entonces cayó la primera Madre Muerta, a la que le fueron siguiendo sus compañeras de cofradía, siempre de los anillos exteriores del ejército hacia el centro, allí, la portadora acababa de romper aguas. Las Apilatrices aceleraron el tamborileo, su tonada se hacía cada vez más presente, la sangre que brotó de la tierra había creado un enorme lago bermejo de dos pies de profundidad que se extendía hasta el horizonte. La portadora, de cuclillas sobre el lomo de su montura había comenzado a dar a luz, su rostro se contraía de manera extrema, sus ojos estaban blancos, Gèroi la oyó cantar con voz rasgada por la agonía:

prometio resurrecta
eibo herper dasnorrecta
antogan horva improphecta

altoravan vuelve agora
respira el ahirre
hace buen día hoy


El feto comenzó a salir por sí solo, cuando tenía medio cuerpo fuera se ayudó él mismo a salir, precedido por una pequeña catarata de líquido uterino, no había cordón alguno que cortar de modo que al acabar de salir, se irguió sobre sus piernas y se limpió la sangre púrpura que lo empapaba, el feto era gris, y sus rasgos se asemejaban a los de un Apilatriz, entonces, uno de estos se aproximó cojeando hacia él, esquivando los miles de cadáveres tuba que circundaban la escena del parto, como un descomunal teatro circular, cuando llegó hasta este alargó sus manos y cogió al recién nacido, cubriéndolo al instante con un manto de color verde oliva. Lo observó con detenimiento y asintió, después dió media vuelta y volvió con los suyos. La portadora y su retoño, junto con el resto del ejército se hundieron en el lago de sangre. El ejército de las Apilatrices emprendió el camino de vuelta en silencio. Cuando estos se hubieron perdido en la lejanía, la misma tierra drenó la sangre y el paisaje volvió a ser como antes, el ejército de las Tubas había desaparecido.

Gèroi, estaba arrodillado, sentía una extraña mezcla de congoja y alegría. El Mirgo y Gèzep se acercaron a él, este último le puso la mano sobre el hombro y le susurró al oído: "ya está todo resuelto, podemos volver".

fin