Clan DLAN
21 de Noviembre de 2018
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¿y que... ocurrirá cuando el último de ellos se detenga?


Bertold se dejó caer en la poltrona, agotado. Miró a su alrededor: miles y miles de relojes de todos los tipos y de todas las edades forraban las paredes de su taller, su tictac sonaba como una melodía confusa. Se esforzó en recordar la última vez que salió a dar un paseo, pero ninguna imagen le vino a la mente. Algo fallaba. En el extremo más lejano del taller estaba la ventana, Bertold odiaba aquella ventana, como una boca abierta y desafiante entre una turba de relojes de pared, que parecían afanarse en silenciar su luz con el sonido de sus manecillas.

No podía acercarse a menos de cinco metros de ella, pero a veces sentía una tentación irrefrenable que lo impulsaba a observar a través de sus cristales. El peor momento llegaba por las mañanas, cuando noventa cucos de madera cantaban a coro las seis y media, Bertold clavaba las uñas en su mesa de trabajo y sentía que la luz del alba le atravesaba la espalda como un enorme puñal, rechinaba los dientes y cerraba los ojos con tal fuerza que creía estar en la mas profunda de las noches. Durante una hora permanecía así hasta que el engaño lo sosegaba por completo, volvía entonces a concentrarse en un pequeño taurus al que se le había parado uno de sus diez segunderos.

Se acurrucó en su cómoda poltrona, cerró los ojos y creyó dormir. Creyó soñar que se levantaba, que se acercaba lentamente a la maldita ventana, que sentía en su rostro el aire frío que se colaba entre sus rendijas, creyó por un momento dejar de escuchar el tictac de los relojes, creyó abrir los ojos y ver a través de ella. Y solo entonces se dió cuenta de que no había llegado a dormirse, y de que por fin había despertado.