Clan DLAN
19 de Agosto de 2018
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¡Saludos!

Bueno, aquí os dejo otro relatillo que escribí para otro concurso. El final... es relativamente abierto (ya que a la gente no le gustan ni los finales felices ni los tristes, lo dejo a elección de cada cual). Espero que os guste, y pongáis vuestras críticas.

De Beethoven, para Elisa

Sus largos y ágiles dedos recorrían las teclas del piano, como si lo acariciasen delicadamente. Interpretaba una de sus piezas favoritas, y sin duda de las más hermosas que pudieran ser escuchadas. A su espalda, Pierre marcaba el ritmo con pequeños golpecitos con el pie mientras ella tocaba con los ojos cerrados, sintiendo la música. Al terminar sonrió.
-Muy bien, Claudia.-dijo Pierre, su maestro, con su característico acento francés.- Dentro de poco empezaremos con piezas más complicadas.
Pierre se sentó a su lado, en el banco, y dejó pasear sus dedos por encima del piano mientras tocaba con lentitud una composición propia. Cuando terminó se giró y ambos se dirigieron una sonrisa de cómplices.
-Dentro de poco estarás en el Café Gijón haciendo que recuerden a los más importantes músicos de la historia.- Claudia se sintió halagada por su comentario.
-¿Esta noche no irás allí a tocar tu pieza?- no hacía falta que lo preguntara, ya sabía la respuesta, él no había parado de repetírselo con cierta ilusión y orgullo.
-Sí, es cierto…-tomó una mal disimulada actitud olvidadiza.- Me habría gustado que pudieras venir.
-Lo siento, Pierre, pero hoy viene a cenar ese amigo de mis padres… el comisario Castellanos.- sacudió la cabeza.- Pero estoy segura de que la próxima vez podré ir a verte.- le dedicó una cálida sonrisa.
Antes de que él pudiera abrir la boca para replicar, la puerta que estaba a sus espaldas se abrió, con un suave crujido. Ambos se giraron a tiempo para ver cómo un hombre ya entrado en años, con gabardina y sombrero de color gris entraba, con paso firme. Les lanzó una mirada escudriñadora mientras se acercaba a ellos dejando un rastro de humo, procedente del puro que llevaba entre los labios.
-Buenas tardes, señorita Claudia.- se quitó el sombrero para dedicarle un saludo formal. Después centró su atención en Pierre.- ¿No te han enseñado modales, joven?
Su forma de hablar era tirante, como si contuviera el deseo de golpear algo. Claudia se levantó y el maestro la imitó, en parte intimidado.
-Buenas tardes. Pierre, él es Pablo Castellanos.
-El comisario- enfatizó, mientras estrechaba con excesiva fuerza la mano del francés.- Castellanos.-En este momento, Pierre estuvo seguro de que pretendía intimidarle.- Según tengo entendido, Claudia, éste es tu maestro de piano.
Se retiró el puro de la boca y se permitió echar el humo en la cara de Pierre. Pareció no importarle la excesiva mala educación de aquel acto; es más, pareció satisfecho. El maestro empezó a creer que estaba esperando que le diera la respuesta a alguna clase de pregunta. Tras un incómodo silencio, la llegada del mayordomo, avisando a Claudia y al comisario de que dentro de poco se serviría la cena, supuso un alivio.
Su alumna le acompañó hasta la puerta.
-Te deseo suerte para tu actuación de esta noche, Pierre. Mañana en el descanso de clase podrás contarme todo.- parecía muy contenta de que fuera así.
-Claro, Claudia. Hasta mañana.

Colocó sus dedos sobre las teclas blancas y suaves. Sentado en el banco respiró profundamente y empezó a tocar. Primero lentamente, como si se tratara de una elegía, un llanto por una pérdida desgarradora y cruenta. Después las notas bailaron con más intensidad, la tranquilidad se transformó en caos, la tristeza en gozo, la pérdida de la libertad… A medida que interpretaba la pieza sentía que era como dejar fluir sus propios sentimientos, era transformarse en el propio aire, imbuir a los demás con las pasiones o las desdichas.
Parecía que el tiempo se hubiera detenido; que la música hubiera quedado suspendida, estática; que aquel momento no fuera a terminar nunca. Le habría gustado poder guardar esa sensación de bienestar interior, de paz, para poder disfrutar de ella siempre que la necesitara.
Antes de que pudiera terminar la interpretación, las puertas del Café Gijón se abrieron con brutalidad. Decenas de policías entraron como una tromba de agua. Pierre se levantó presionando accidentalmente las teclas del piano mientras observaba cómo aquellos inoportunos visitantes no tenían cuidado a la hora de moverse: pisaban y empujaban a la gente indiscriminadamente, tiraban las mesas, lanzaban amenazas…
Uno de los policías se acercó a él y le ordenó, gritando, que saliera con los demás. Tanto Pierre como la mayor parte de los presentes, fueron obligados a salir en fila, de uno en uno, para subir a un furgón. Al final la noche no fue tan buena como prometía ser.

Le habían esposado, prácticamente arrebatado las identificaciones y metido en una sucia celda durante horas. Ahora le llevaban a un interrogatorio entre empujones e insultos. Le sentaron en una silla con brutalidad, amenazándole con lo que podría pasarle si se movía. Desde la sala que tenía en frente llegaba algún que otro gemido de dolor, acompañado por angustiosos jadeos. El tiempo de espera se hizo a la vez eterno y terriblemente corto.
Cuando se abrió la puerta de la sala sacaron arrastras a un hombre. Se diría que iba borracho por las eses que describía al andar, aún con la ayuda de los policías. La voz que le llamó sonó desde la ultratumba, y antes de que pudiera plantearse si debería entrar o no, dos policías le levantaron de la silla y lo metieron en la sala.
La habitación olía a humedad y tenía un aspecto bastante ruinoso; su única fuente de luz se encontraba en una lámpara, situada en el techo y que lanzaba destellos desagradables. Desde la oscuridad le observaba una figura; estaba fumando. Se acercó a él y pudo oler de nuevo el asqueroso aroma del puro.
-Vaya, vaya, si tenemos aquí a Pierre Dubois.- dijo el comisario Castellanos, con una amplia sonrisa.
-Disculpe, comisario Castellanos, pero creo que ha habido un error, yo estaba tocando el piano cuando…-la bofetada hizo eco en la sala.
-¡Cállate, jovenzuelo! Hablarás cuando yo te diga que tienes que hablar.-empezó a rebuscar algo entre las hojas de una carpeta, y al rato sacó un puñado de papeles.- Esto son octavillas subversivas, y tendrás el placer de oír cómo recito estas estúpidas palabras: “Camaradas, reunámonos en el Café Gijón para comenzar la lucha contra la opresión y la supresión de nuestras libertades…” ¡Bah! Preferiría cortarme la lengua que repetirlo. Ahora, me dirás quién las ha impreso.
-Yo no sabía nada de eso.- replicó mientras inhalaba otra de las bocanadas de humo. El comisario soltó una carcajada.
-Escucha, francesito, esto de las libertades es muy propio de todos los idealistas de vuestro pueblo. Por estar ahí te podemos acusar de asociación ilícita y propaganda subversiva contra el gobierno del Caudillo.
-Yo sólo estaba tocando mi pieza, no quiero problemas…
-Pues vas a tenerlos como no nos digas quién ha sido el encargado de imprimir esto y de repartirlo.
Le tiró con desdén unos folletos a la cara.

Claudia había estado practicando toda la tarde sola, puesto que Pierre no había llegado. Le daba la sensación de que, sin él a su lado, tocaba de una forma más lenta, casi quejumbrosa comparada con el dinamismo de la que dotaba a la música en las otras ocasiones. No podía aguantarlo más, necesitaba tomarse un descanso.
Los pasillos de su casa casi podían ser un laberinto, le resultaba gracioso que las visitas se sintieran incómodas al no saber qué camino seguir. Al girar en una de las múltiples esquinas, oyó una voz familiar, ¿era el comisario? Se acercó a la puerta de la habitación para poder escuchar.
-Parecía tan buen chico…-dijo su padre.
-Lamento daros esta noticia. Es sólo un aviso porque no parece correcto que personas de vuestra posición se junten con esos… indeseables.- decididamente sí, era el comisario Castellanos.-Supongo que acabará como todos los demás; una pena, parecía buen pianista.- Claudia conocía demasiado bien ese tono, no lo sentía en absoluto, más bien se mofaba con una cruel ironía.
Tenía que ver a Pierre, hablar con él y saber lo que había ocurrido.

Había dicho que era su hermana y la condujeron a la celda del maestro sin hacer más preguntas. Él estaba de pie, mirando a través de una diminuta ventana con rejas. Al oír que alguien se acercaba se dio la vuelta. Pareció que su cara se iluminaba cuando la vio entrar.
-¡Claudia! ¿Qué haces aquí? No quería preocuparte así que…
-Pero, ¿qué te han hecho…?- casi no podía articular palabra. Tenía una ceja rota, los labios hinchados, un ojo amoratado y una quemadura de puro en la mano.
-El comisario Castellanos es algo rudo. Está empeñado en que tengo algo que ver con unas octavillas…- Se acercó a él, casi con miedo de tocarle.
-Tengo que hacer algo…- musitó Claudia, con la voz entrecortada.
-No, no, no…- cogió con suavidad sus manos.- Esto pasará en un par de días, el escándalo se olvidará y nos soltarán.- en el fondo, él mismo deseaba creer sus propias palabras.- No quiero que te preocupes por mí.
-¿Cómo no voy a preocuparme por la única persona que ha querido mostrarme todo lo que conocía? ¿Por el único ser humano que ha querido enseñarme a pensar por mí misma?
No pudo evitarlo y tuvo que besarla. Durante ese momento en el que ambos se correspondieron, Claudia supo que lo hacían porque no había nada más que hablar.

Su habitación le parecía incómoda, pequeña y claustrofóbica. No podía dejar de dar vueltas, de moverse de un lado a otro. Cuando oyó que llamaban a la puerta casi le dio un vuelco el corazón. Abrió para encontrarse con el comisario Pablo.
-Tengo entendido que quería hablar conmigo, señorita Claudia.
-Sí… pase, pase.- cuando cerró la puerta intentó reorganizar sus pensamientos.- Es por Pierre… verá, comisario, él no ha tenido relación alguna con esos folletos.
-Eso tendrá que demostrarlo.- replicó, malhumorado.
-Por favor, él es un buen chico…
-Tú también eres muy buena chica, Claudia. No entiendo por qué le defiendes.-se acercó y acarició su barbilla con una mano.- ¿Tienes idea del lío en el que podría meterme si suelto a un sospechoso?
-Tendría muy en cuenta ese favor, Pablo…-respondió, con los ojos llenos de lágrimas. El comisario sonrió.
-Te conozco desde que eras una niña, y en unos años te has convertido en una mujer… hermosísima. Seamos francos, Claudia, tú quieres liberarle, y yo no quiero pasar el resto de mis días sin ti. Con un chasquido de dedos puedo eliminar todos sus cargos, pero tiene un precio.- la chica le miró.- Y el precio eres tú.- ella sólo pudo asentir una vez más.
La besó y su bigote la pinchó; fue una sensación desagradable. Sus manos empezaron a recorrer su cuerpo y casi sintió nauseas. Recordaba que en una ocasión, no hacía mucho tiempo, Pierre le había dicho que una mujer era como un piano; había que tratarla con dulzura y suavidad. Era una compañera, no una servidora. Fue en ese momento cuando prefirió cerrar los ojos y no pensar más.

Entró en la comisaría y se acercó a los carceleros. Sacó la carta que le había dado Claudia; qué tierno, una despedida. La rompió y la tiró a la basura. Después le dijo a los policías exactamente lo que tenían que hacer.

Sus largos y ágiles dedos recorrían las teclas del piano, como si lo acariciasen delicadamente. Interpretaba una de sus piezas favoritas, y sin duda de las más hermosas que pudieran ser escuchadas: De Beethoven, para Elisa. Habían pasado meses que parecían años. Ella seguía tocando el piano, tal como le había enseñado Pierre. Su embarazo lo hacía un poco difícil, pero no podría vivir sin hacerlo. Dentro de poco ella enseñaría a su hijo a tocar el piano. Y lo haría tan bien como su padre.



Un Saludo.