Clan DLAN
21 de Noviembre de 2018
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EL PUENTE


Sus claros ojos azules parecían glaucos y velados, casi grises, en la hora de la despedida. “No te vayas, quédate conmigo”. El doloroso recuerdo de sus lágrimas amargas perdura en mi memoria, el triste adiós que hubiese deseado sellar con un ardiente beso que sólo la presencia de su madre me impidió dar.

Desde muy niños, mi querida vecina de escalera había sido la inseparable compañera de mis juegos y travesuras, Gertrud, la dulce Gertrud que a medida que crecíamos se convertía en el adorado altar de mis deseos apenas sin darme cuenta.

¿Qué secreto querían desvelarme sus ojos con aquella última mirada?, imperiosos, anhelantes, gritando en silencio por revelarme lo que el corazón no se atreve. Hacía semanas que mi amada no era la misma, no quedaba rastro de la alegría de su juventud, de su cálida sonrisa iluminada, rebosante de idolatrada candidez, que he de confesar, más de una noche fue la secreta compañera de mis húmedos sueños.

Hace frío, mucho frío, la manta raída y hecha jirones que cubre mi cuerpo apenas sirve de nada en esta oscura noche de mediados de Abril. Trato de contener mi tiritera si conseguirlo, y sólo yo se que como a la gélida noche, se debe al miedo.

Miro el reloj que Padre me regaló por mi decimoquinto cumpleaños, aun restan tres horas para que termine mi guardia. Mis compañeros se remueven bajo sus sucias mantas tratando de conciliar el sueño, catorce muchachos de edades entre los trece y los dieciocho años al mando de un veterano sargento sobre cuyas débiles espaldas recae la pesada tarea de defender el Reich hasta la última gota de sangre.

Hace ya ocho días que guardamos este miserable puente sobre el canal, un objetivo que el oficial que nos trajo hasta aquí, dijo había que proteger a toda costa por ser un paso fundamental para la decisiva contraofensiva que pronto se pondrá en marcha; un demoledor contraataque que destrozará a las hordas comunistas y nos otorgará una aplastante y definitiva victoria.

Soy consciente que un chico de dieciséis años poco puede saber de estrategia, aun así, me es harto difícil imaginar que este desvencijado y viejo puente de Bernau, pocos kilómetros al Noreste de Berlín, pueda soportar el paso de tanques y regimientos de tropas sin venirse abajo.

¿Que más da eso ahora?, en cualquier forma este maldito puente y el bosque que se extiende en la otra ribera se ha convertido en el paisaje de mis pesadillas en los últimos días, donde cada sombra, cada leve sonido, hace que mi corazón se desboque a punto de estallar temeroso de que en cualquier momento llegue el infierno.

Por enésima vez escudriño el oscuro bosque y la estrecha vereda que lo atraviesa y da acceso al puente. Alzo mi cabeza sobre la línea de la defensa de sacos de tierra y contengo la respiración, tratando de prestar atención a cualquier sonido sospechoso, aun el más minúsculo, pero no oigo nada, no veo nada, todo sigue en calma.

Me sumerjo otra vez en el recuerdo de Gertrud, rememorando el sabor de los besos robados al amparo de la penumbra de un cochambroso portal, el tacto de su piel de terciopelo en mis manos, el olor de fragante rosa de su piel. Es su recuerdo lo que me permite no caer en la locura, sobreponerme al temor que me acompaña día y noche.

¿Qué hago aquí?, ¿Por qué he cometido esta locura?. Intento comportarme como un hombre, pero mis debilidades aun de niño aprovechan cualquier resquicio de duda para recordarme que pese a todo, siguen ahí.

Recuerdo la noche en que fuimos el uno del otro, ¿Cuánto hace ya, tres meses, cuatro?. La torpe unión de dos cuerpos temblorosos y primerizos a los que el miedo junta y la llamada de la naturaleza termina de unir. La arrebatadora excitación callada al abrigo de las miradas de nuestras familias y el resto de vecinos, desapercibida en las acogedoras sombras del refugio; el delicioso vaivén al que responde el lastimero susurro, acompañados por el estallido de las bombas anunciadoras del juicio final, que sin saberlo, se convierten en encubridoras de los sofocados gemidos del placer.

¡Mierda!, ¿Qué ha sido eso?.Mi corazón salta del pecho, el pulso se acelera, creo haber oído algo moverse entre las ramas muertas y secas.

Las manos tiemblan y apenas pueden sujetar el fusil, trato de ver en las tinieblas, de oír en el ensordecedor silencio de la noche, pero lo único que he conseguido es mearme en los pantalones otra vez. ¡Debo ser valiente, por mi familia, por Gertrud, por Alemania!...

Solo hace doce días se salí de casa y ya parece toda una vida. Nunca comprendieron por qué quería alistarme. Madre lloró al enterarse, abrazada a la pequeña Ulrrike que no comprendía que pasaba. Padre premió mi valor con una buena bofetada, “¿Tan ansioso estás por morir?, ¡Sólo tienes dieciséis años Ulrich y esta guerra esta perdida!” fueron sus palabras, luego se encerró en la habitación y no volvió a salir, ni tan siquiera para despedirme a la mañana siguiente.

Se que algún día, muy pronto, cuando todo esto termine, entenderán mis razones, comprenderán que he hecho esto por ellos, por defenderlos, ¿Qué otra cosa podía hacer después de las terribles historias que el oficial de reclutamiento nos contó en la escuela?.

Metgethen, sólo rememorar ese nombre me produce intensos escalofríos. El oficial contó que cuando los rusos llegaron al pueblo mataron a todos los hombres sin distinción de edad. Las mujeres fueron violadas, delante de los cadáveres aun calientes de sus esposos e hijos. Solo cuando quedaron por completo satisfechos, las encerraron en la iglesia del pueblo y la prendieron fuego.

No puedo consentir que hagan eso con Padre y Madre, con Ulrrike... Ni con Gertrud ... ¡No, no sin hacer nada por evitarlo!, poco importa que me muera de puro miedo si mi miedo es el precio por salvarlos a todos, para que todo vuelva a ser como antes, cuando no había guerra.

Solo puedo pensar en ellos, a todas horas, una obsesión que me devora por dentro, quisiera tirar el fusil, correr, correr sin descanso hasta llegar a casa, volver a ver sus rostros, saber que todo esta bien, y que los intensos bombardeos que a diario reducen a escombros la ciudad no les han causado ningún daño...

Este maldito puente me lo impide, me atrapa junto a él como los invisibles tentáculos de un monstruosos pulpo, no me dejará marchar, lo se...

¡Si!, ¡Ahora estoy seguro de haber visto algo!. Nuevamente el pulso se dispara, la boca se seca y apunto mi arma contra la impenetrable oscuridad. Nada se mueve, sólo es mi imaginación espoleada por el miedo que juega a torturarme otra vez. Como suele decirme el sargento, no he de preocuparme tanto, por que si los rusos llegan, a buen seguro no serán tan silenciosos como para que no nos enteremos mucho antes.

Estoy bañado en un desagradable sudor frío, cada falsa alarma es un veneno que me roba años de vida, y ya son tantas que no pudo evitar sentirme viejo, terriblemente viejo. Las gélidas gotas se filtran a través de los pliegues de una guerrera que me queda varias tallas grande provocando un nuevo escalofrío. Estoy loco, o mejor dicho, he muerto y esto es el infierno, ¿Por qué arriesgo mi vida en este maldito puente sin importancia alguna?, ¿Qué me importa el futuro de Alemania?.

Tengo unas incontenibles ganas de llorar, ansío sentir el seguro calor de unos brazos amorosos, sentir que no hay de que preocuparse, y de mis labios escapa un silencioso susurro que implora en la oscuridad de la noche, “Madre...”.

Se que debo olvidarlo todo, concentrarme en mi guardia, ser un soldado y no un niño, más a cada uno de mis pensamientos una suave voz responde siempre las mismas palabras “No te vayas, quédate conmigo”. Gertrud, no dejo de dar vueltas al secreto que adivino anida en su corazón, ¿Acaso ya no me ama?, no, eso es imposible, sólo el hecho de pensarlo me produce náuseas.

Súbitamente, como un acto de revelación divina, un fogonazo ilumina mis cuitas. Su infinita tristeza, el velo callado que nubla su mirada, los vestidos viejos y holgados y aquella noche en el refugio, se unen en un todo que toma forma concisa y demoledora de apabullante certeza. ¿¿Un hijo??, ¿Estamos esperando un hijo?...

Un agudo silbido y el estrépito de algo chocando contra la piedra es la primera señal, al instante, una tormenta de disparos brotan desde la orilla del bosque.

Apenas tengo tiempo de cobijarme tras la barrera de sacos de tierra antes que una rociada de balas pase silbando justo encima de mi cabeza. Todo se hunde en un confuso caos, en una aterradora sinfonía de disparos y gritos que me paraliza.

Alguien llora, creo que es Wenkel, otro que no puedo identificar gime de dolor mientras el sargento grita ordenes que nadie escucha. ¡No es el momento de titubeos, tengo que comportarme como un hombre!, ¡Por Gertrud, por papá y mamá, por mi hijo!.

Disparo mi fusil a ciegas contra la oscuridad, soy incapaz de ver nada en la noche que ahora se ha saturado de un humo espeso con olor a pólvora. Tiemblo como una hoja, tanto que ni tan siquiera soy capaz de recargar el arma y los cartuchos caen de mis manos desparramándose por el suelo embarrado.

¡No quiero morir!, ¡No puedo morir ahora!, todo mi ser quiere huir, escapar como sea de este infierno confuso. Lloro, y aunque podría ser por el escozor que el humo produce en mis ojos, se que la razón es que simplemente soy un niño aterrado perdido en la oscuridad.

Una ráfaga de ametralladora estalla sobre los sacos, justo delante de mi cara, la arena salpica e instintivamente me dejo caer de espaldas contra el suelo, ha estado cerca, demasiado cerca. Hans, mi camarada, esta tendido a mi lado, el lugar que antes ocupaba su cabeza lo ocupa ahora una masa sanguinolenta informe.

¡Escapa, deprisa! Grita el poderoso instinto de supervivencia, y no puedo por menos que obedecerle. Todo sentimiento de patriotismo de deber y valor se ha esfumado en el mismo instante que sonó el primer disparo. Arrojo mi fusil y corro, corro todo lo deprisa que puedo.

Oigo gritar al sargento “¡Cobarde, vuelve o te mato!”, por suerte, el ensordecedor estallido de una granada silencia su voz para siempre.

El frío aire de la noche me quema en los pulmones, corro en la oscuridad cuanto me permiten mis temblorosas piernas. “¡Gertrud!”, invoco su sagrado nombre como si así pudiera guardarme de todo mal, “¡Espérame, ya voy!”.

Mi cara se estampa contra el suelo embarrado, ¿He tropezado?. Quiero levantarme, pero mis piernas se niegan a obedecerme. La bala que acaba de atravesarme los riñones quema dentro como un hierro al rojo, noto como fluye la sangre espesa, mezclándose con el asqueroso limo, todo se torna borroso....

...Abro los ojos, por un segundo conservo la esperanza de despertar de un mal sueño; sigo sobre el barro, no es así. Ya no se oyen disparos, gritos ni explosiones, y ante mi mirada turbia aparecen unos claros ojos azules. ¿Gertrud?, no, son otros ojos tan azules como los suyos, aunque llenos de un frío que hiela el alma, los ojos de un soldado ruso más o menos de mi edad que me observa con una mezcla de odio y repugnancia.

Distingo el destello de la bayoneta que porta su fusil entre las tinieblas, y al instante, siento como taladra mi pecho. El dolor cesa, mi corazón se detiene, solo queda la negrura...

...¿Ulrich?. Una voz que reconozco al instante me llama por mi nombre. Su cálido timbre, preñado de toda la dulzura del mundo, me hace abrir los ojos de nuevo. Los cándidos ojos azules como el mismo cielo miran sonriendo a los míos, es la dulce y cristalina mirada de aquella quien amo. Resplandece sonriente, calmada, feliz, con nuestro hijo en sus brazos, me tiende su delicada mano nívea teñida de roja sangre.

No hay dolor, ya no hay miedo, y por fin, cuando la cálida luz dorada nos envuelve, se que siempre estaremos juntos, y que esta maldita guerra ha terminado para nosotros.

FIN


Dedicado a todos aquellos niños de cualquier país a quienes la guerra robó su infancia y obligó a cambiar el juguete por el fusil.