Clan DLAN
21 de Agosto de 2018
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CAPITULO IV

“SANGRE, AZUFRE, Y DEMÁS FLATULENCIAS”



Tan pronto como sus grandes pies se posaron sobre el requemado suelo de la fortaleza y toda una horda de feroces alimañas cargaron contra él, Buranthur no pudo por menos que asumir que aquel cometido excedía con mucho de sus pobres fuerzas.

Siguiendo las fidedignas indicaciones de la brújula collejeadora, atravesó salones teñidos de sangre, pasillos y estancias aterradoras, el escenario de pesadilla plagado de una ingente legión de furibundos demonios que pusieron a prueba su temple guerrero.

Apenas había alcanzado el mediodía de la penosa ascensión, regada generosamente con su propia sangre, cuando ya casi sin fuerzas, otra nueva puerta le cerraba el paso.

Solo los dioses sabían que nuevos horrores se ocultaban tras ella, aunque a juzgar por las ásperas voces que se dejaban oír desde el otro lado, a buen seguro no se trataba de nada bueno. Apesadumbrado, el orco se derrumbó agotado en el sucio suelo, convencido como estaba que jamás volvería a ver la clara luz del día.

¿He dicho dioses?, si había alguna ocasión desesperada que necesitara de los favores de Bethestosh sin duda era esta. Cierto que hasta el momento, el rey de los Nueve Divinos poco más había demostrado que ser un incansable mercachifle de dudosa honradez y menor valía; ¿Más que podía perder, quién sabía si al menos por una vez, el poderoso dios pudiera otorgar alguna útil ayuda por mínima que fuera.

Bethestosh apareció ante su paladín con el boato de costumbre, nutrida nube de papelillos verdes danzando alrededor incluida.

.-¡Aquí me tienes de nuevo mi esforzado campeón!.

.- ¡Ayuaaaaa zeñoritu aiiiiggnnnn!.- Gimoteó.- “¡Ezto e musso pa´l probe Buranthur, no pueo con toos esos bichos guarros, aiiiignnn!”

.- Estás de suerte mi elegido, he buscado y rebuscado en los almacenes divinos en pos de algo que pudiera serte de interés y utilidad, y junto a mi lo traigo.

.- ¿Qué e, qué e?.- Preguntó el excitado orco.- ¿N´a hacha grande, n´a armadura wena, wena?.

.- Mmmm... pues no exactamente, ¡Mira, una fastuosa e impresionante taza de latón dorado con ribetes de nácar!.

Desde luego que cualquier otro ser medianamente racional, habría enviado al insufrible dios a freír divinas puñetas, incluso no sería del todo descabellado pensar que más de uno hubiera incrustado la justiciera hoja del hacha en su magna cabeza. Buranthur, por contra, contemplaba embobado aquella tacilla refulgente con cara alelada y babeante.

Era evidente que el ladino dios, empeñado en “regalar” piltrafas a precios módicos, había descubierto el punto débil de todo orco, la irresistible atracción que sobre ellos ejercían los objetos pequeños, dorados y brillantes.

Un mínimo vestigio de sentido común se impuso sobre la atracción compulsiva, sabedor como era de las arteras artimañas de Bethestosh.

.- ¿E mágica?

.- Errrrr.... Si claro.

.- ¿Y que´e lo que hase?

.- ¡Y dale, que manía!, ¿Es que todo tiene que hacer algo o servir para algo?.

A pesar de su rudimentario entendimiento orco, aquella se le antojaba como una alternativa más que recomendable, casi obligada.

.- Mira hijo mío, ¿Tu sabes lo que es rolear?

.- ¿Loque?

.- Rolear, imaginar más allá de lo que ves o lo que tocas, sin necesidad que cada cosa tenga un uso concreto, sino el que tu quieras que tenga.

Anonadado, el desdichado orco comenzaba a añorar más que nunca el sencillo mundo (Más aun el sencillo vocabulario) que imperaba allá en su lejana tierra natal.

.- No te preocupes tanto por que es o para que sirve, deja volar la imaginación, juega, disfruta, interpreta, sueña en definitiva con ser quien no eres y con hacer aquello que deseas, no lo que puedes.

Enigmáticas palabras que el orco se esforzó por asimilar con previsible poco éxito.

.- Nuloentiendo.

.- ¡Leñe!, ¡Que imagines que esta maravillosa taza sirve para lo que tu quieras!, ¡Que con eso ya vale!. ¿Lo entiendes ahora?.

.- Eeuuummmm.... Zi, imaginá... ¿Y hacel que se é lo que no se é también, no?

.- Eso mismo, a ver hijo mío ¿Qué es lo que te gustaría ser?.

Buranthur no dudo ni por un segundo.

.- Bailarina

El grato recuerdo de las mozas que meneaban su sinuosa anatomía en la casa de las delicias terrenales, allá en el lejano Morrowind fue lo primero que acudió a su tortuosa mente (Posiblemente a causa de la imperiosa necesidad de otorgar algo de luz a tan aciaga hora). Muchas horas había pasado Buranthur frente a ellas, admirándose con la gracilidad de sus movimientos, y por que no reconocerlo, imaginando esos mismo movimientos en otras situaciones más... Privadas.

.- ¡Apiticaon! (¡Cualquiera lo diría!, en lenguaje de los dioses) Pues nada, haz de bailarina si quieres que verás que bien te va. ¿Quieres ahora la taza o no?.

El dorado brillo hechicero llamaba con fuerza al orco, y este convino que después de todo, pese a lo extraño de sus métodos, algo de bueno debía haber en el “regalo” de un poderoso dios. Veinte monedas contantes y sonantes le procuraron la sagrada reliquia, sin lugar a dudas, rebosante de un incalculable poder.

La puerta se abrió con un quejumbroso chirrido, y los dos guerreros daedra giraron rugientes sobre sus talones maza en ristre, listos para enfrentar al osado intruso.

Su aterrador grito de guerra quedó ahogado en las gargantas cuando un panzudo orco emergió del umbral dando ridículos saltitos, cabriolas y tirabuzones mientras sostenía en alto una refulgente taza dorada.

El fiero corazón de los demonios no conocía el miedo, nada era capaz de aplacar el fuego de su furia guerrera, pero superados por tan increíble visión, quedaron petrificados y estupefactos con las bocas abiertas y los ojos fuera de las profundas órbitas.

Llamarlo como deseéis, casualidad, intervención divina, o incluso puede que después de todo, aquella miserable taza de saldillo fuera verdaderamente mágica. En cualquier modo, tras una de sus torpes piruetas, el resplandor de la columna de fuego que emergía del corazón de la torre quiso reflejarse en ella. Un caprichoso rayo salió rebotado con inconcebible tino, justo hasta impactar de lleno en los ojos de uno de los temibles daedra, cegándolo al instante.

Confuso y ciego, retrocedió sólo unos pocos pasos, lo suficiente para tropezar con la baranda que se abría sobre el abismo y perder el equilibrio. En su desesperación, la mano buscó a tientas algo a lo que aferrarse, con tan mala fortuna que lo que encontró fue el cinturón de su compañero, arrastrándolo con él en su irremediable caída.

Un largo y agónico grito de terror, y después el ominoso crujido de hueso y metal estrellándose contra el lejano suelo dieron a Buranthur la certeza de su victoria.

.- Po zi que funciona esto de roleá.- Dijo inmensamente satisfecho.

El camino parecía ahora franco y seguro, más por enésima vez, collejeadora le forzó a desviar sus pasos hasta otra ominosa torre contigua.

No era necesario ser un lince para suponer que en su interior, debía guardarse algo de suficiente interés como para justificar aquel retraso. Buranthur, en un raro alarde de prudencia, creyó conveniente hacer acopio de cuantas fuerzas y ayudas fueran posibles, y a tal fin, fue tomando largos tragos de cuantas pociones y brebajes portaba en su zurrón, con la pobre esperanza de que aquella líquida mezcolanza hiciera más llevaderos los próximos cruentos combates que adivinaba. Aferró la taza dorada con una mano y la pesada hacha con la otra, cruzando el oscuro umbral con heroica resignación.

Todo un gran príncipe demonio esperaba dentro, matando el tiempo con la deleitosa tortura de un pobre humano capturado. El Drémora sonrió maligno al tiempo que la amenazadora maza de enrevesadas puntas vibró reclamando ansiosa su festín de sangre.

El primer golpe lanzó la tacilla dorada al otro extremo de la torre (Sin duda, aquella vil criatura debía ser inmune a su poderosa magia). Un segundo sesgó el aire a una peligrosa corta distancia de su cabeza orca (Inexplicablemente, eso del rol y los pasos de baile improvisados no parecían impresionar al demonio); y el tercero, más brutal aún que los anteriores, terminó por ponerle en desesperada defensiva por salvar su vida, sin que tan siquiera sus letales barrigazos hicieran mella en el funesto enemigo.

Quien sabe si el sofocante calor reinante, si los bruscos movimientos tratando de esquivar los demoledores golpes del príncipe de las tinieblas, el pantagruélico atracón de carne de caballo que aún ocupaba sus tripas, alguna desconocida reacción de la mezcolanza de menjunjes en la panza del orco o todo a la vez; hicieron que en medio del desequilibrado combate, una imperiosa necesidad puramente fisiológica abriera sus fauces orcas de par en par.

Un poderoso torrente de gas surgió incontenible y arrollador en forma de atronadora flatulencia. No, no hablo de un eructo normal, ni grande, ni tan siquiera colosal; este era el eructo supremo, el rey, el padre de todos, el eructo único y definitivo, que impactó con toda su violencia (Y también una generosa nube de “perdigones”) sobre la faz del príncipe demonio e hizo tambalearse la torre hasta los cimientos.

El poderoso Drémora se había enfrentado a miles de enemigos a lo largo de su existencia, a todas las armas y magias conocidas, y había sobrevivido a las peores heridas, nada ni por asomo comparable con tan humillante y vergonzosa afrenta.

Mareado, confuso, puede que hasta envenenado por el fétido huracán que incluso había tornado su encrespada melena negra como la noche en rubicunda, luchaba por escapar de su catatonia y pasmo, tambaleándose precario sobre los talones.

Solo fueron unos breves segundos antes de que la rabia le lanzaran en una mortal estocada contra el irreverente orco flatulento, aunque las leyes de la física son materia que poco entiende de emociones, y fiel a principio según el cual, a toda acción, corresponde una reacción, Buranthur ya se desplomaba sin remedio de espaldas contra el suelo derribado por la fuerza de su propio eructo.

La espada del furibundo demonio solo atravesó el aire, y el ímpetu de su ataque, le llevó a una larga caída torre abajo. La ronca garganta chilló una última maldición en la incomprensible lengua de Oblivion que, gracias a los dioses, la muerte dejó inacabada “¡¡¡Hijoooopuuuuuuuuuut......!!!!”

El prisionero humano daba sus ultimas bocanadas de vida, prefiero pensar que agotado por la cruel tortura antes que intoxicado por el vendaval desatado por las entrañas de Buranthur.

.- L...La puerta, cierra la puerta... .- Susurró.- ...Arriba. en la gran torre... El orbe...

.- ¿Cualo cosa es orbe?

El humano emitió un sordo gruñido, no sabrá precisar si de dolor o de contrariedad.

.- R...Redondo, una esfera...
.- ¿Na´canica?

.- Eso, como... Una... Canica...

El moribundo emitió un murmullo postrero, algo incomprensible sobre maldiciones a los dioses y trozos de carne con ojos con menos cerebro que un mosquito, y después, exhaló por última vez.

Envalentonado, el paladín orco reemprendió el camino de ascensión, sin que los pocos demonios que salieron a su paso pudieran hacer nada por frenar su imparable avance. Por fin, en lo más alto de la ominosa fortaleza, una esfera resplandeciente de oscura malignidad, flotaba sobre el vacío sostenida por la rugiente columna de fuego.

.- ¡Mía Bethestosh!, ¡Buranthur ha limpiao la porqueria daedra, too ha quedao como´na patena y arreglao!.- Rugió henchido de orgullo.

Un decidido escobado sacó la esfera de su lugar, al instante, las llamas se elevaron desde el foso, hambrientas como una jauría de perros salvajes, cerró los ojos atemorizado, seguro de ser tostado como un cochinillo a la brasa, pero nada sucedió, nada hasta que una suave y fresca brisa acarició su rostro.

.- ¡No puedo creerlo, alabados sean los dioses!, ¡Lo has logrado!.

El exaltado capitán de la guardia de Kvatch le contemplaba con gesto incrédulo, aún sin terminar de creer que el orco hubiese regresado entero de su peligrosa incursión.

Einnnnnn... Una coza zeñó, ¿Cuan-ta puet-ta má dice que hay que arreglá?

FIN

PRÓXIMAMENTE ULTIMO CAPITULO V: “FUEGOS DE DRAGON Y EPÍLOGO”