Clan DLAN
18 de Febrero de 2018
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Continuamos con las aventuras y desventuras de una ambiciosa gata convertida en indefenso ratón.

AVISO: Como la anterior entrega, no es apta para todos los públicos, que cada cual obre bajo su propia responsabilidad... Tampoco es recomendable para los estómagos sensibles, quien avisa...



EX INFERIS (DESDE EL INFIERNO)


Lloth es una diosa celosa y exigente. El miedo es la fuente de la que bebe el respeto entre los Drow, y la Señora de las Arañas, es el ser más respetado de toda la Infraoscuridad.

Amorosa madre siempre ávida de que la sangre de sus retoños retorne al monstruoso útero de su hinchado vientre arácnido, se muestra tan cruel e intransigente con ellos como una despiadada ama con sus desventurados esclavos que se complace en su sufrimiento para transmutarlo en embriagador elixir del éxtasis.

El Templo es el celoso guardián de sus muchos secretos, y solo a sus sacerdotisas corresponde interpretar la oscura voluntad de su diosa. Para muchos, el taimado poder entre las sombras de Menzoberranzan, que niega u otorga, que premia o castiga al veleidoso arbitrio de la Gran Madre. Todo cuanto el Drow conoce acerca de sus designios y mandatos, le es revelado por boca de las devotas siervas de Lloth, mandato imperativo que debe ser obedecido sin demora.

Para desgracia de Ardalys Zaherís, asesina de la Hermandad Roja y de la poderosa casa de Faen-Tabblar, hace ya mucho tiempo que aprendió a no temer la ira una deidad tan distante y muda como la colosal talla de alabastro que corona su ignominioso altar. A quienes la asesina ha aprendido a temer es a las bestias de dos rostros que son sus sacerdotisas.

Unidas las fuerzas del Templo con sus valedores de Faen-Tabblar, la ascensión de la suma sacerdotisa al codiciado trono de obsidiana fue tan cegadora e inevitable como el violento relámpago que rasga el velo de la noche.

Su poder, absoluto...

Su justicia, implacable.

¡Hakram-Jabbar! Clamaron las voces reclamando venganza empapada en sangre. “El salmo del olvido”, un engañoso nombre para el más terrible castigo que la retorcida mente de un Drow puede concebir; la ominosa pena que la inexorable furia divina impone sobre aquellos de sus hijos que considera indignos.

No es el delito lo que se castiga entre los Drow, es el mero hecho del fracaso en su comisión. Un fracasado no tiene cabida ni utilidad en su sociedad, y así, no merece pertenecer a ella. La iracunda Lloth devorará a su ingrato hijo para regurgitarlo en forma de aberrante pesadilla antinatural.

Nadie sabe con certeza que ocurre en los secretos subterráneos del templo, corren de boca en boca, apenas susurrados al amparo de las sombras, rumores de un terrible altar oscuro donde Lloth se hace carne y sangre. Historias de ancestrales maldiciones divinas que retuercen y moldean dolorosamente los cuerpos del con poderosa magia, hasta que el Drow desaparece y nace la alimaña. ¡Ojalá fuera cierto!.

Solo unos pocos, los más poderosos, son conocedores de la autentica y cruda realidad que ocultan los eufemismos del culto, de la brutal, atroz y estomagante muestra del más vil sadismo despiadado de una raza depravada y maldecida, que desde tiempos inmemoriales se guarda en el más profundo de los secretos.

Ardalys, arrastrada hacia las mismas entrañas de la tierra por las silenciosas guardianas, quisiera poder creer en esas benéficas mentiras. Para su desgracia y profunda desesperación, sabe bien de todos y cada uno de los detalles del inconcebible infierno que aguarda abajo, tiempo atrás revelado por la desaparecida Matriarca en premio de incontables noches de arrebatadora lujuria, cuando la inflamada pasión nubla el juicio y torna las lenguas imprudentes.

Tres muertes, la del recuerdo, la del espíritu y la de la carne, conforman el execrable ritual que se tiene lugar en lo más profundo de las catacumbas bajo el altar, en la insalubre y oscura red de cavernas conocida como “Los Salones del Lamento”.

La primera de las muertes se ha consumado, aquella que persigue el completo exterminio de toda traza de respeto, temor o renombre entre los de su raza. Sus posesiones reducidas a humeantes cenizas, su nombre y memoria declarados proscritos bajo pena de muerte y erradicados sistemáticamente de archivos, crónicas, y documentos, fueron los pasos previos a su exposición en la explanada del Templo.

Arrastrada por las polvorientas calles como un animal que se lleva al matadero, su cuerpo desnudo, mancillado y sucio se encadena al pilar de los maldecidos para ser sometida al escarnio, vejación y desprecio de la enardecida masa anónima.

No son los insultos lo que duele, ni los esputos y otras inmundicias que bañan su cuerpo, no la continuada humillación. Es la rabiosa impotencia, el odio que bulle con fuerza en las venas sin encontrar consuelo y quema como los abrasadores fuegos de Hanu.

Cinco interminables días abandonada a la furia del monstruo informe de mil cabezas, a una multitud al borde de la catarsis que vomita sin piedad ni distinción de raza o condición, lo más podrido de su sucia alma sobre ella. Puede que solo sea puro sadismo malsano, o puede que el incontrolable vértigo que nace de la alegría de saberse a salvo de la ira vengativa de la diosa por esta vez.

Las nueve puertas negras de la pena dan acceso al antiguo pórtico sin retorno. Sobre éste, grabadas en la piedra desde el principio de los tiempos las palabras “Abandonar toda esperanza los condenados que atraveséis este umbral”, dan su amarga bienvenida a los desventurados. Una sentencia que para la asesina, conocedora de los horrores que aguardan más allá, no puede por menos que antojarse demasiado benévola.

Una podrida vaharada de cálida pestilencia que golpea en el rostro de la condenada es el húmedo recibimiento que procura la atmósfera densa y viciada de este antro. mezcla de espesos aromas de sangre derramada, de carne que supura y se corrompe al calor de las tinieblas.

Es aquí donde comienza el verdadero infierno, un tártaro donde no hay mares de fuego ni crepitar de llamas. Solo oscuridad y la lastimera eterna cacofonía de los atormentados. Siniestra melodía descompuesta del trágico sonido de la carne que se abre dolorosamente, del hueso que se quiebra que reverbera una y mil veces en los lóbregos pasadizos.

Las Maestras de la Desdicha son las despiadadas guías en tan terrible pasaje. Doctas en las mil y una maneras de procurar dolor sin límites más allá de todo lo imaginable, recae sobre estas diablesas de carne y sangre el dudoso honor de consumar la venganza de Lloth, doblegando la voluntad más férrea a través del largo y tortuoso camino del dolor, hasta consumir el alma de los condenados y enterrarla para siempre en el pozo más negro y profundo de la locura.

Tras meses, puede que años, las Maestras juzgarán que la muerte del espíritu ha sido completada completada y todo vestigio de cordura desvanecido en el maremagnum de la demencia. Se iniciará entonces el ritual definitivo que trae la muerte de la carne, el terrible momento en el que quien otrora fue Drow henchido de orgullo deje paso a una de las criaturas más despreciadas e ignominiosas de la Infraoscuridad, la Draña.

Arañas, las sagradas criaturas de la todopoderosa Madre. Incontables sus especies, criadas, seleccionadas y mutadas desde el principio de los tiempos por la artera hechicería de sus amos Drow. Una en particular, la araña de sangre impura, permanece oculta de los ojos de la plebe en los pútridos criaderos del los Salones del Lamento, una espantosa criatura del tamaño de un rothe bien cebado tan terriblemente voraz y agresiva, que debe permanecer enjaulada durante toda su vida.

Supremas criaturas babeantes y viscosas, dignas representantes de la furia más ciega de la diosa, del glorioso y destructivo caos a las que la oscura magia maligna del templo ha ornado con un terrible y raro poder, el de regenerarse más allá de toda compresión y ley de la naturaleza.

Llegado el funesto día, el amasijo de carne tumefacta y corroída por los parásitos colgará de las altas bóvedas y asida por crueles garfios de cadenas por vientre, caderas y riñones. De una forma desesperada y deliberadamente lenta, demasiado horrenda para ser narrada, las cadenas se tensan, día a día, año, tras año procurando una espeluznante agonía que se prolonga hasta el infinito.

La estirada piel se raja y repliega como el tirante parche de un tambor, la carne se fuerza al límite, cede y se desgarra, fibra a fibra, pedazo a pedazo. Mientras, las atentas Maestras de la Desdicha desarrollar su meticuloso trabajo con envidiable celo y mimo, cauterizando cada herida, cada desgarro, cada hemorragia en cuanto se producen con el vicioso celo de una amorosa madre de pesadilla que niega la ansiada muerte a su amado hijo.

Es un proceso sumamente delicado, sobre todo cuando una vez sajada toda la carne, el maltrecho tronco queda solo unido a sus piernas por el espinazo descarnado. La más anciana y hábil de las hijas de Lloth lleva a cabo el último y delicado corte fatal, arropada por la tenebrosa magia de sus hermanas que se esfuerzan por mantener el delgado hilo de la vida entonando una vez más el fúnebre salmo del olvido.

Jirones deshechos de carne y pellejo rezumando sangre por la espantosa herida abierta, el hueso bamboleándose en el vacío sin orden ni concierto al mismo son que los intestinos que cuelgan chorreantes desprovistos de su natural soporte, y la muda mueca desencajada de la victima es cuanto queda. La aterradora visión de la matanza, de la pesadilla y la destrucción que ni la mismísima muerte se atreve a arrebatar de las avaras garras de Lloth.

Es el momento de la bestia, y una de las voraces arañas de sangre impura será brutalmente decapitada. Con inigualable maestría y presteza, las Maestras unirán ambas infectas carroñas en una sola. Aberrante comunión, amasijo de miembros que se agitan y se retuercen frenéticos tratando de buscar su sitio, y que solo la más impía y secreta de las hechicerías puede hacer posible.

El poder de regeneración de la bestia pondrá todo su empeño en reparar el daño sufrido y sobrevivir. Cada fibra, cada nervio y ternilla de su bulbosa carne luchará por abrirse camino a través del cuerpo del anfitrión. No se trata de una simbiosis, ni tan siquiera de una monstruosa, sino un acto de mera depredación.

Pronto, el mal avanzará lento aunque inexorable, devorando con saña desde dentro como un purulento cáncer. Titánica batalla por comer y no ser comido, repulsivo combate que invariablemente más tarde que temprano, ganará el insaciable cuerpo de la alimaña.

Esto es cuanto quedará de la orgullosa y seductora Ardalys, solo la aberrante comunión híbrida que se arrastra en las tinieblas, la demente criatura babeante que solo responde a los instintos más básicos y primordiales, el miedo, la sed y el hambre. Abandonada en alguno de los recónditos y sucios cubiles que hieden a sepultura y pudridero, el canibalismo y la matanza sin sentido ni gloria será su único modo de supervivencia. Así esperará el fin de sus largos días, y este llegará cuando otro de sus congéneres hambrientos la devore viva hasta la hartura o bajo la afilada hoja de algún guerrero descerebrado ansioso de probar su valía.

¿Cuánto tiempo queda para ese ansiado descanso eterno?, ¿Cuánto dolor y terror insoportable ha de sufrir hasta entonces?, ¿Cuánto tiempo ha pasado?, ¿Semanas?, ¿Días o tan solo horas?, no podría decirlo. En cualquier caso ya es demasiado, como se empeñan en demostrar los primeros parásitos que han anidar en sus heridas recién abiertas en lujurioso festín de carne, costra y pus.

Solo una trémula llama de moribunda esperanza se mantiene viva, a la que la asesina se aferra con todas sus exiguas fuerzas, hasta que algo después, imposible saber cuanto, el eco que de una voz tan familiar como odiada la obliga a abrir los amoratados ojos.

.- Pareces algo desmejorada mi querida Ardalys. ¿Acaso mis hermanas no atienden tus necesidades como deberían?.

La sorna de la Matriarca es demasiado poco para herir a quien ya conoce las excelencias del averno. Solo el coro de lamentos lejanos responde a sus palabras.

.- Después de todo pequeña zorra eres una sierva con suerte, he venido a reclamar tus servicios.

No son necesarias más explicaciones, es fácil adivinar el deseo de una criatura tan previsible y ambiciosa como Haale, y una forzada mueca que aparenta ser una sonrisa se dibuja en los sangrientos labios de la asesina. Por esta vez, y contra todo pronóstico, el gato tiende la afilada zarpa al ratón moribundo.

Ningún Drow escapa de los Salones del Lamento, esa es la ley. Tan insólito y turbador sacrilegio bien podría despertar la furia de la avariciosa diosa. Por suerte, la Matriarca sabe bien como aplacarla.

Atrás quedan los gritos de agonía de una de sus leales verdugos a modo de alternativo sacrificio. Sus ardorosas hermanas han comenzado ya su paciente y lenta labor en su cuerpo, ansiosas por recuperar el preciosos tiempo perdido para su señora. Bien sabido es que no es prudente arrebatar su presa a la araña una vez que ha probado su sangre, más aun si esa araña hambrienta responde al nombre de Lloth.


FIN