Clan DLAN
24 de Mayo de 2018
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CAPITULO III

“LAS PUERTAS DE OVIVI”


Cuando Buranthur, el paladín de Bethestosh, llegó a Kvatch tras un largo viaje desde Chorrol; el triste panorama que apareció ante sus hundidos ojillos no parecía poder ser más desalentador. Decenas, cientos de plebeyos acampaban de manera miserable en las afueras, con la triste amargura del desterrado, del desposeído, dibujada en sus cenicientas caras.

El portero divino, como gustaba de ser llamado, se deshizo de la ampulosa carga que llevaba sobre sus anchos hombros con un suspiro de alivio; no menos de media docena de armas, piezas de armadura de diversos tipos, platos, jarras, tenedores y un sin fin de cachivaches más que había ido recolectado por el camino de la legión de bandidos que los infectaban; eso sin olvidar los útiles necesarios para el cumplimiento de su sagrada misión, cinco escobas, veinte o treinta trapos doblados, cuatro tenazas, seis martillos y dos pinzas necesarios para su labor de reparación y limpieza de puertas.

Si, es cierto... El orco había salido de Chorrol con un fastuoso caballo pinto regalo de uno de los monjes del monasterio; también es cierto que Buranthur había hecho propósito de enmienda, pero resistir la tentación, no es el fuerte de su raza, aunque el jamelgo, llegar lo que se dice llegar a Kvatch si que llegó, al menos en parte, concretamente una de sus patas traseras que Buranthur cargaba colgada al cinto y que había sobrado después del tremendo atracón de jugosa carne.

Pronto fue informado por los aldeanos sobre que una puerta abierta de obivi era la causa de sus males, y el espeso orco, en un inusitado arrebato de agudeza comprendió entonces el verdadero alcance del problema, aquella puerta que no cerraba bien debía ser tan grande y generar tal corriente de aire que la población de la ciudad huía bajo la amenaza de morir de una pulmonía o ser arrastrados por el vendaval.

Presto como nunca a cumplir su misión, caminó hasta llegar ante las puertas de la ciudad y ¿Ante la puerta de ovivi?, no sabría decirlo, pues desde luego, aquella fisura ardiente no se asemejaba a ninguna de las puertas que hubiera visto antes. Un retén de soldados cansados y taciturnos hacía las veces de frontera entre la chusma y aquella... “cosa”..

.- ¡Loados sean los dioses!.- Exclamó quien parecía ser su jefe.- ¡Al fin alguien nos envía refuerzos!.

.- ¡Urrgggg!, Buranthur no trae refu-elzos, solo e´rramienta y escobas, ¿Ej que se va´a caé la puet-ta pa refolzal-la?.

El jefe de la guardia arqueó una ceja, desde luego aquel guerrero orco hablaba muy raro, y no entendió nada en absoluto de cuanto dijo, ¿Qué más daba?, al fin de cuentas era un guerrero más y eso era lo único que importaba.

.- ¿Sá es la puet-ta de ovivi?.

El capitán asintió, más por intuición que por haber entendido algo, la verdad.

.- ¿Y donde tá el cerrajero?.

.- ¿Cerrajero?

.- Buc-ca al cerrajero Martín pa cerrá toooas las puet-tas dijo el zeñó cura...

.- ¿Martín?, el único Martín que conozco es sacerdote y la última vez que lo vi se había refugiado en el templo.

Muy bonito, Buranthur ahora comprendía todo (Bueno, casi todo), todo el mundo buscando al cerrajero y este, que debía ser un pedazo de vago y no quería arreglar las dichosas puertas, se refugiaba en un templo invocando derecho de asilo para que no le echaran el guante, si un tipo listo ese tal Martín, desde luego...

Mucho esfuerzo, realmente demasiado, costo al pobre capitán hacer comprender mínimamente al orco la situación, y este, tan solo sacó en claro unas pocas cosas, una, que efectivamente esa cosa envuelta en llamas era la famosa puerta que no cerraba de ovivi, dos, que debía traspasarla para intentar cerrarla desde dentro mientras que los soldados se quedaban tan ricamente esperándole fuera (¡Que jodíos!).

.- ¿Lo has entendido ya?.- Preguntó el capitán secando el copioso sudor de su frente.

.- Uuuuhhhh..... Zi.

La sonrisa bobalicona del orco desde luego parecía decir todo lo contrario que sus palabras, pero en fin, poco más podía hacer ya el capitán al borde de un ataque de nervios.

.- Uzea, que dentro puet-ta ta tooo sucio de inmudicia de daedra ¿no?

.- Si, eso es. (suspiro)

.- Asi que Buranthur tié que limpiá mucho, ¿No?

.- ¡Puuufffffff!, te vas a hinchar de “limpiar”....

Ante tal expectativa, el heroico orco convino que era mejor reponer fuerzas tras su larga caminata, así que ante la atónita mirada de los soldados, se zampó tranquilamente la pata de caballo que le había sobrado, y que todo sea dicho, ya comenzaba a emitir un cierto olorcillo, desde luego, nada importante para el férreo estómago de un orco.

Un buen rato después, con su oronda barriga satisfecha, Buranthur enfiló la puerta en llamas, no demasiado seguro de todo aquello, la verdad, pero envalentonado por los vítores de los soldados que quedaban atrás “¡Tu solo campeón!, ¡Echale valor, que no se diga! y ¡Thor-ero, thor-ero! (Héroe de Thor en lengua nórdica)”, decían, y desde luego se les veía contentos, pues entre vítores alguna que otra risa se dejaba oír.

Desde el mismo instante en que Buranthur cruzó el umbral en llamas, quedó estupefacto ante cuanto se mostraba ante él, fuego, cielos inflamados, lagos de crepitante lava ardiente, un lugar de verdadera pesadilla. Sintió como el peso de su armadura aumentaba considerablemente de golpe... No, no era el maligno efecto de alguna oscura magia daédrica, más bien que ante su exiguo cerebro colapsado por la sorpresa, su enorme corpachón decidió tomar el mando y dotar de voluntad propia a sus esfínteres, no penséis que por pura cobardía, sino más bien por “aligerarse de peso” en previsión de cuanto pudiera ocurrir.

.- ¡Jroña! (Caramba!, En lengua orca).- Exclamó.- ¡Poz si que hay que limpiá aquí!.

Apenas había tenido tiempo de reaccionar, pasmado como estaba con la escoba en la mano, cuando reparó en un solitario soldado humano que luchaba contra un nutrido grupo de monos orejudos. Recordó a Kihar-Tharak “El apestoso”, su querido abuelo, allá en su aldea natal, aquel viejo orco nunca había sido demasiado limpio, pero con la edad, terminó por perder la chaveta, dedicándose a acumular roña en su desvencijada yurta, cargando furioso armado con su temible sartén de doble puño a todo aquel que pretendía limpiarla. Sin duda, a aquellos raros monos orejones debía sucederles lo mismo.

Con unos cuantos certeros escobazos ayudó al humano a desembarazarse de los monos guarros; el último fue algo más resistente, no se desplomó pese a romper la escoba en su camocha, así que Buranthur lo remató dejándose caer encima para aplastarlo bajo su omnipotente barriga.

.- ¿Tu eres los refuerzos que manda el jefe de la guardia?

.- No zeñó, ¡Zoi er portero l´os diose!.

El soldado de Kvacth dudó por un instante si había respirado tanto tiempo el ponzoñoso aire de Oblivion que ya tenía alucinaciones.

.- Vengo a limpiá y arreglá la puet-ta de obivi.- Aclaró el orgulloso orco.

.- ¿Limpiar?.- Dijo el humano reparando en las escobas de Buranthur.- ¿Te han dado algún mazazo en la cabeza o algo así amigo?

.- Uuuuhhhh.... pos no..- Buranthur recordaba unos cuantos cachiporrazos en la cabeza a lo largo de su vida, pero últimamente, ninguno.

.- Yo me largo de aquí, tu verás que haces “portero divino”, pero si lo que quieres es “limpiar” empieza por esas dos torres, allí encontraras más que “limpiar” de lo que podrías desear.

El humano huyó a toda prisa, “Otro espabiló que no quié limpiá con el probe Buranthur...” pensó entristecido el orco, apesadumbrado por la sin duda titánica tarea de limpieza y reparación que le esperaba.

Os juro por los dioses que Buranthur hizo cuanto pudo, puso todo su empeño en dejar aquel caótico lugar como una patena, más para su desgracia, a cada nuevo paso, nuevos horrores en forma de monos orejones y demonios con cara de escudo aparecían en su camino, todos ellos, con la feroz intención (Según el particular pensamiento del orco) de que la porquería e inmundicia de su hogar se quedase en su sitio.

Acosado, herido, perdido, y ¿Por qué no decirlo?, sin la más mínima repajolera idea de que debía hacer, el desventurado paladín acudió al desesperado ruego a los dioses para que le iluminasen en tal oscura hora.

.- Zeñoritu...

No hubo más respuesta que el crepitar del fuego que lo llenaba todo.

.- Zeñorituuuuuuu...

Con el sonido de un millar de truenos, Bethestosh apareció ante él, como de costumbre, rodeado de una nutrida nube de extraños papelillos rectangulares de color verde; esta vez, el rey de los Nueve Divinos se le antojó más poderoso e impresionante que nunca, luciendo sobre su ancho pecho un extraño símbolo arcano similar a una serpiente sinuosa atravesada por dos barras paralelas, sin duda, algún signo sagrado de gran poder.

.- Meno mal zeñoritu, Buranthur no sabe como arreglá puet-ta de obivi, todo está llenomielda y no da a´basto, y l´s mardito mono orejones y caras de escudo no dejan de fastidiá. ¡Buranthur necesita l´yuda de los diose!.

Bethestosh sonrió levemente complacido, y luego carraspeó para aclarase la voz.

.- Y eso es precisamente lo que me trae hasta ti mi campeón, ¡Mira te traigo unas fastuosas melenas que te darán un aspecto más fiero en combate!, como de costumbre, por un precio que es un verdadero regalo...

El orco miró dubitabundo aquella peluca de pelos largos, lacios y negros, como muchos de su raza, llevaba la cabeza afeitada, con una única coleta donde recogía un largo mechón, pues era bien sabido que las greñas solo servían a los orcos como criadero de garrapatos saltarines (para los humanos, piojos).

.- Einnnnn.... ¿No tié na más util zeñoritu?, un zé, ¿Un cacho hacha grande pa´da manporros u hechizo fuego que queme l´os monos?

.- ¡Util, util!, ¡Siempre la misma historia!, ¡Hay que ver como sois, solo queréis artefactos mágicos de gran poder!.; ¿Seguro que no quieres las melenas?, solo serán veinte monedas...

.- Uuuuuuuhhhhh.... No.- Concluyó el orco tras largos instantes de meditación profunda.

.- Tu mismo... Ya miraré por ahí a ver que más tengo que te pueda interesar.

.-¡Ezpere zeñoritu!, Buranthur no sabe como arreglá puet-ta, ni aonde tié que ir pa hacel-lo.

.- (Suspiro divino)... La brújula....

¡Era cierto!, había olvidado la mágica brújula collejeadora. Con solo extraerla de uno de los muchos zurrones y bolsas que colgaban de su cinto, zas, zas, zass!!, tres buenos pescozones le pusieron en la dirección correcta. Instantes después, no sin poco esfuerzo, y después de cinco o seis collejas más de las estrictamente necesarias, Buranthur plató su panzuda figura frente a los negros portones de la retorcida torre; la hora de la verdad había llegado...


FIN

PRÓXIMAMENTE, “SANGRE, AZUFRE, MUERTE Y FLATO”