Clan DLAN
20 de Febrero de 2018
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Segunda parte de las “peculiares” aventuras de Buranthur “Mascapiedras”, espero que os guste. ???

NOTA: Esta historia exagera, retuerce y satiriza diversos “fallos” de Oblivion, pero que conste que esta escrita solo para echarse una risas y no para criticar el juego en si, que ya huele bastante, ok?.



CAPITULO II

... EN BOCA DE CUALQUIER JUGLAR, EN CUALQUIER TABERNA DE MALA MUERTE DE CYDORILL, UNA NOCHE LLUVIOSA CUALQUIERA...



¡Escuchad hombre y mujeres, plebeyos y nobles de alta cuna, jóvenes y ancianos, la peculiar y siempre fabulosa historia de Buranthur, paladín de los Nueve!

Sabido es por todos que los todopoderosos dioses son criaturas volubles y de caminos inescrutables; que tan pronto dan como quitan, ensalzan al humilde y castigan al poderoso; caóticos son sus designios, demasiado a menudo, lejos de toda comprensión de los mortales.

Así, no es del todo extraño que su sagrada voluntad se valga de simples mortales en los que vuelcan sus dones para conseguir sus fines, incluso ignorando la fría y aparentemente insalvable barrera de la fría muerte. No, no es del todo extraño... Aunque desde luego lo era el hecho de que los Nueve Divinos, por expreso mandato del más poderoso de ellos, El magnánimo Bethestosh, decidieran valerse del condenado espíritu de un orco de, cuando menos, dudoso ingenio, muerto meses antes en los luctuosos sucesos acaecidos en la posada de Wawnet.

El poder del rey de los Nueve es infinito, y su divina voluntad, incuestionable. Así, aquel espíritu atormentado fue devuelto al mundo de los vivos, pues tan cuestionable personaje, estaba llamado a convertirse en el paladín de los dioses.

Justo un instante después de que sus enormes pies, nuevamente de carne y sangre, sintieran el áspero tacto de la tierra bajo ellos, Bethestosh surgió ante el impresionado orco de la nada, rodeado de una furiosa nube de relámpagos y fuego.

.- Soy Bethestosh, rey de los Nueve Divinos, quien te ha arrebatado de las garras de la misma muerte para convertirte en nuestro brazo en la tierra.

Buranthur, que así se llamaba aquel orco, no podía negar que se alegraba de estar vivo de nuevo, poco importaba que apenas supiese nada de aquellos “Nueve Divinos”, el inmenso agradecimiento que sentía bullendo en su interior, le hizo forzar al máximo de lo posible su minúsculo cerebro, buscando las palabras más adecuadas para mostrar su gratitud.

.- Cha´s grazia zeñuritu.- Concluyó tras meditar sus buenos cinco minutos (Creerme, para Buranthur hilar aquellas tres palabras era todo un logro)

La misión de cerrar las puertas de Oblivion le fue de nuevo encomendada, bajo expresa advertencia sobre que esta vez, debía hacer un especial esfuerzo por contener su hacha. Buranthur, pese a que comenzaba a sentirse un tanto fastidiado con aquel asunto de las puertas, nada tenía que perder, volver de nuevo a la vida era suficiente recompensa por muchas puertas que tuviera que arreglar, así que aceptó el mandato concluyendo con un respetuoso “Zi zeñoritu”, tras lo cual, complacido, el poderoso dios desapareció, no sin antes prometerle toda la ayuda de los dioses en su peligrosa misión.

Esta vez, Buranthur estaba firmemente decidido a hacer las cosas bien, así que ató su muñeca al cinto para evitar accidentes y arrastró su oronda panza de nuevo hacia Cyrodill con el objeto de aprender cuanto pudiera (Difícil labor para él) y prepararse lo mejor que pudiera para su sagrada misión de portero divino.

Habló con sus habitantes (Quizás sería mejor decir que “oyó” ya que el orco no estaba precisamente dotado para el don de la palabra), visitó incansable tabernas, posadas y comercios, buscó medios para ganarse unas pocas monedas de oro, y revisó todos y cada uno de los cajones, barriles, arcones y estantes que sus ojillos hundidos llegaron a vislumbrar, hasta que tras casi una semana después, consideró orgulloso que ya sabía cuanto debía saber.

Su tortuosa mente extrajo variadas conclusiones de sus vivencias, tales como que en Cydorill, las hachas tenían un filo tan basto que hacía casi imposible que su hoja cortase nada (De hecho, los extraños Cyrodillianos las consideraban como un tipo más de garrote o maza); que todos en la ciudad eran tan ricos que no necesitaban trabajar, pues todos abandonaban aquí y allá sus herramientas de trabajo como pinzas, cizallas, martillos, picos y palas; y como no, que Cyrodill era una tierra de sabios y artistas, no en vano todos parecían poseer paletas de pintor, pinceles, y libros (inexplicablemente, siempre dos, tres y más ejemplares repetidos del mismo título).

También aprendió que los Cyrodillianos, en apariencia gentes sencillas y de orden, ocultaban en el fondo un buen número de pervertidos entregados en secreto, y no tan en secreto, a inconfesables aberraciones depravadas y lascivas.

¿Cómo explicar si no la cantidad de gentes que verdaderamente disfrutaban siendo amenazados con una amplia sonrisa en los labios?, masoquismo puro y duro; ¿Y esos libros libertinos que todos leían a escondidas?, elogios de la depravación de los Dumner, incluidas comparativas con otras razas y relatos de esclavas Argonianas que “limpiaban” ciertas cosas a sus señores; aunque lo más revelador, era el hecho de que cada vez más y más gente decidiera desprenderse de sus ropas que dejaban tiradas en cajas y barriles por doquier, sin duda, alguna secreta secta o culto maligno cuyos miembros iban en porreta picada, abandonados a la orgía y lenocinio.

No era que eso importara gran cosa a Buranthur, lo que realmente le fastidiaba era no poder unirse a esa juerga de desenfreno, y sobre todo, que por mucho que preguntase, nadie parecía quererle indicar como ingresar en aquella secta secreta.

Cuando finalmente se consideró preparado (Y después de haberse habituado a la incomprensible lenguaje de los Cyrodillianos), todo ello sin meterse en un solo lío (Las correas de cuero de su muñeca aguantaron a la perfección los dos o tres bruscos arranques de su mano en pos del hacha), decidió visitar de nuevo a aquel cura que recordaba en Chorrol, a ver si con algo de suerte, esta vez comprendía mejor todo aquel lío de arreglar puertas, y sobre todo, que tenía que ver él en todo aquello.

Resistió la tentación de adentrarse en las ruinas que fue encontrando en su camino, hasta que al pasar cerca de ella, un gato sobredimensionado le saltó al paso blandiendo un enorme martillo amenazante.

.- “¡La bolsa o la vida!, ¡Dame cien monedas de oro!”.- Maulló.

.- “¡Namieldapatí!”.

Al grito de guerra de su clan, Buranthur se abalanzó sobre el gato solo para descubrir que era más duro de lo que parecía; por suerte, estaba solo, y unos cuantos hachazos y dos letales barrigazos después, el bandido ya era historia.

Poco tiempo duró el dulce sabor de la victoria en su bocaza, unos pasos más adelante, justo al borde del mismo camino, otro bandido, un Dumner esta vez, esperaba pacientemente la llegada de algún pimpillo a quien desplumar; y eso no era lo peor, lo peor era que más allá aún, otro bandido más hacía cola pacientemente tras su compañero. Por fin, el orco comprendió por que los habitantes de la ciudad llamaban a aquel camino (Denominado el Camino Negro) como la avenida de los guindes.

Su mollera crujía buscando una solución, la idea de enfrentarse a un asalto cada cincuenta pasos no era demasiado seductora, cuando de improviso, Bethestosh surgió de la nada frente a él, con la consabida nube de rayos y fuego, esta vez acompañada de un sin fin de papelillos verdes que revoloteaban alrededor.

.- ¡Zeñoritu!.- Exclamó el orco.

.- ¡Salve campeón de los dioses!, vengo a traerte un divino regalo de inigualable poder.

Como es costumbre en los orcos, Buranthur mostró su agradecimiento batiendo palmas y dando saltitos; a pesar de que aquello de “campeón de los dioses” no sabía si le sonaba a choteo.

.- ¡Mira!.- Exclamó la potente voz del dios, mostrando una rara armadura enorme y de formas desconocidas.- ¡Una maravillosa barda de guerra para tu montura!.

.- ¿Na bal-da?, ¿Eso que é?.

Con su divina paciencia, Bethestosh explicó las virtudes de las bardas al confuso orco, cada vez más ceñudo, y que no dejaba de preguntarse para que demonios podía servirle aquello. Finalmente, decidió aceptarla, más que nada para no hacer un feo al zeñoritu.

.- ¡Ey, ey, no tan deprisa campeón!.- Dijo Bethestosh.- Son veinte monedas de oro.

.- ¿Ein?, ¿P´no era un regalo?.

.- ¡Y lo es!, ¡Veinte miserables monedas no es nada para esta maravilla, fíjate que grande y bonita!

Buranthur rechazó la oferta, ni tan siquiera tenía montura, y no veía utilidad alguna en poner aquel cachivache a un caballo, cosa que se sabe, solo servía para comer con papas; y continuó su camino, después que el todopoderoso Bethestosh quisiera “regalarle” una cubertería de peltre con incrustaciones de nácar, un fastuoso nuevo traje rojo y azul, y hasta una magnífica torre para magos en lo alto de una peña (Todo por el mismo módico precio), rascando su cabeza mientras pensaba confundido “¿Po no era Shadow er dió de los mangantes?.

Viajó a través de los bosques, cosa que había comprobado era más segura que hacerlo por los caminos, hasta llegar con el caer del día a la casa de aquel raro cura que tenia el problema con las puertas que no cerraban bien (Lógico, ¿si se pasaba el día leyendo que pretendía?).


.-“Nas noches zeñó, los dioses me han mandao pa´reglá las pue-tas, tengo un colgan-te y ná hacha”

El cura no dijo nada, solo se quedó mirádole muy fijo en silencio, con los ojos abiertos como platos de peltre; luego carraspeó, se rascó la calva de la tonsura y repitió la misma incomprensible historia de antes; que si cerrar las puertas de Oblivion (Aquel hombre debía de sufrir de reuma, por eso tanta obsesión con cerrar puertas, para que no hubiese corriente), que si no se que de unas fauces, que si limpiar el mundo de la inmundicia de los daedra, que si tal que si cual, bla, bla, bla...Una larga y retórica perorata que al pobre Buranthur le dejó como estaba, solo que esta vez, pudo contener su mano que ya temblaba buscando el hacha.

.- ¿Lo has entendido esta vez?.- Le preguntó.

Buranthur se rascó la barriga, no muy seguro de que contestar.

.- Zí zeñoritu, arreglá pue-tas y limpiá, buscá al cerrajero...

El padre Jeofrey suspiró apesadumbrado, no pudo evitar preguntarse cuantas cervezas rubias debía haberse tomado Bethestosh para elegir a aquel trozo de carne con ojos por campeón.

.- Que nooooo... Que cierres las puertas de Oblivion.... Que busques a Martín, el heredero del reino...

Buranthur empezaba a estar algo cansado de aquella obsesión de todo el mundo por que cerrase puertas; además, seguía sin tener muy claro que era eso de Oblivión, una palabreja de todas formas demasiado complicada para su vocabulario.

.- ¿Obivi?, Buranthur no quiere se cerrajero zeñó cura... Es´l portero los dioses.

.- Oblivion, no Obivi, y tienes que buscar al heredero, no un cerrajero para que todas las puertas se cierren...

.- ¿Heredero del cerrajero?.- La mano del orco ya temblaba como una hoja agitada por la tempestad.

.- ¡A Martín en Kw...!.- No pudo terminar la frase.

.- Pero... ¿Las puet-ta pa´rreglá no eran de Obivi?

.- ¡Oblivion!, ¡La inmundicia de los Daedra!.- El hermano Jeoffrey sudaba copiosamente, con las venas de sus sienes hinchadas y a punto de explotar.

.-¿Inmundicia, tá to sucio tonces?, ¿Hay que limpiá o arreglá puet-ta?

.- ¡Que cierres las puertas coj....!.- Chilló el jefe de los espadas perdiendo su habitual compostura.

El orco comprendió que no era juicioso seguir haciendo más preguntas, desde luego, la gente de aquella tierras tenía muy poca paciencia, ¿Qué culpa tenía él si no sabían explicarse?, ¿Era acaso culpa suya que en todo Cydorill no hubiera más que un cerrajero para arreglar las puertas dichosas y nadie pareciera saber donde estaba?.

Hastiado de aquella charla de besugos, Buranthur decidió sacar sus propias conclusiones (Para algo era el paladín de los dioses ¡Que cuernos!). Decidió ir en busca del tal Martín, el cerrajero, él le diría donde estaban aquellas malditas puertas que había que arreglar y limpiar, aunque para esa misión, estaba claro que iba a necesitar por lo menos un par de escobas si es que todo era tan sucio como decía el irritable cura. Ningún problema, pues por experiencia propia sabía que los miembros de la secreta secta de la gente en porreta picada solía dejar las suyas abandonadas en cualquier cajón junto a sus ropas.

¡Que temblase la suciedad de los poliedros!, eeerrrrr... Los daedra, perdón; pues Buranthur “Mascapiedras”, el paladín de los dioses, estaba resuelto a dejarlo todo como una patena.


FIN ???


PRÓXIMAMENTE, CAPITULO III “LAS PUERTAS DE OBIVI”