Clan DLAN
18 de Febrero de 2018
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Hola a todos/as ??? :

Se que este foro esta dedicado principalmente a relatos del universo Baldur´s Gate (Magnifico juego por cierto), pero si me permitís, y sin que sirva de precedente, me gustaría hacer una pequeña dedicatoria a uno de los juegos que sin ser de rol en sentido estricto, más me ha llenado, absorbido, complacido y frustrado, el clásico Everquest y sus expansiones.

Disculpar las posibles molestias y gracias, espero que os guste.




LA DESPEDIDA


El gélido viento ululaba entre los angostos cañones helados de Everfrost, como si con su triste y monótona canción quisiera despedir al tibio sol que caía tras los altos riscos.

¿Cuánto tiempo había pasado desde que Astrid salió por primera vez de la ciudad de Halas?, ¿Dos años?, ¿Tres?, no era capaz de recordarlo con exactitud, toda una pequeña eternidad en cualquier caso había pasado desde que la joven señora de las bestias cazó su primera cría de araña de las nieves a las puertas de la ciudad de los bárbaros.

Dejó que la oscuridad que bañaba los desfiladeros la envolviese con su frío manto de escarcha y nieve, y se sentó sobre una gran roca, cerca del libro místico que solo los elegidos podían usar para viajar a los temibles planos de poder donde habitan los dioses.

Akela, el fiel lobo que la había acompañado desde sus primeros tímidos pasos en el mundo de Norrath, su alma gemela, guardián, compañero de desventuras, amigo y hermano, se sentó a su lado, rozándose contra su muslo implorando una simple caricia.

¡Cuánto había cambiado aquel pequeño cachorro juguetón!, tanto como había cambiado ella, ahora era un enorme lobo de las nieves de colosal poder, imbuido por la magia del espíritu de Khati Sha, un enemigo terrible y poderoso para unos, un inapreciable y leal compañero para ella.

Astrid dejó volar su mente mientras contemplaba el ahora desierto cañón; recordó sus primeras aventuras en el, cuando el simple viaje desde sus aldea natal a Queynos, la cercana ciudad de los hombres, le parecía una arriesgada y larga aventura; recordó los sufrimientos vividos en los oscuros túneles de la Madriguera Negra, el acre sabor del miedo en la boca, una desagradable sensación que desde entonces, la había acompañado casi todos los días de su vida.

Luego llegaron los viajes cada vez más largos y arriesgados, atravesando las enormes llanuras de Karana, el inacabable Océano de las Lágrimas hasta la lejana tierra de elfos y enanos, Faydwer; las desesperadas luchas en lo más profundo de la Garra, acorralada de salvajes Gnolls, en los sótanos del Bastión del Paso Alto, el terror de cruzar el temido bosque de Kithikor por la noche, cuando los muertos sin descanso salían de sus tumbas...

La populosa Freeport, el ardiente desierto de Ro, los horrores del castillo de Karnor, los insalubres marjales de Innothule, y más allá, las peligrosas tierras de los Iksar, Kunark, y el gélido Velious donde el rey de los gigantes gobernaba con mano de hierro desde su bastión de Kael Drakkar, en guerra eterna con el rey de los enanos de Thurgadin; y más tiempo aun después, hasta la misma enigmática luna de Norrath, Luclin, con sus oscuros misterios y acechantes sombras, incluso los mismos planos en los que habitan los todopoderosos dioses.

Cientos, millares de batallas ganadas al límite de sus fuerzas, criaturas míticas de inimaginable poder, momentos de angustia, de tensión, de miedo, ¿Y por que no decirlo?, también de puro terror, estaban grabados en su cuerpo en forma de centenares de cicatrices de viejas heridas, algunas aun sin cerrar.

Astrid había caminado mucho, había viajado muy lejos, demasiado, las más de las veces solo para descubrir que tras el horizonte aun quedaban más lugares que visitar, más y peores peligros a los que enfrentarse, más y más cosas por hacer y muchos más tesoros de valor inconcebible que conseguir; y ahora, después de tanto tiempo de lucha, estaba cansada, demasiado cansada...

Su poder era inmenso, muchas veces arrebatado de los mismos dioses a los que junto otros había dado muerte condenándoles al olvido; la aterradora Terris Thule, señora de las pesadillas y el terror; Karana, dios de la tormenta y la tempestad; Sarvyn, la viciosa diosa del tormento; Talos y Rallos Zek, Innonuk, Bertoxolux el señor de la enfermedad y la podredumbre; y hasta el mismo dios que un día adoró, Mithanael Marr, señor de la justicia; recuerdos de feroces batallas campales, siempre desesperadas y de resultado incierto hasta el último instante, vencer o morir, que la habían convertido en una especie de semi diosa , poderosa, repleta de orgullo, pero a la vez, vacía por dentro como el tronco de un árbol muerto.

Llega un momento en el que la sangre vertida no sacia la sed de gloria, en el que la canción del acero se torna monótona y vacía, un momento en el que el poder y la victoria adquieren el sabor amargo de la hiel, y para Astrid, había llegado ese momento.

Como otros hicieron con ella hace mucho, se había desprendido de sus más preciados tesoros, armas, armaduras y anillos arrebatados de los cuerpos sin vida de dioses y seres legendarios, comprados con su propia sangre y para los que el oro no era suficiente precio, los había repartido entre los voluntariosos e inexpertos aventureros que ahora comenzaban sus pasos, como en otro tiempo, ya muy lejano, hizo ella; un regalo llovido del cielo que les hacía abrir los ojos como platos y mostrar un agradecimiento infinito, no era eso lo que ella quería, no lo necesitaba, ellos velarían para que lo ganado a la misma muerte no quedase olvidado en un arcón o colgado de la pared de su humilde cabaña hasta cubrirse de óxido.

Había llegado el momento, el más temido, la más dura de las pruebas que era obligado afrontar, mucho más terrible que el enfrentarse con algún furioso dios y sus legiones en sus vastos palacios de los planos, o que descender a las insondables profundidades de las ruinas del viejo Sébilis donde habita Trákanon, el dragón no muerto; el momento de liberar a Akela, su hermano, de su vínculo, y con él, desprenderse de parte de si misma para siempre.

El fiel animal continuaba suplicando las caricias de su hermana humana, como el diminuto cachorro que una vez fue, mirándola fijamente con sus penetrantes ojos, sin comprender aun que sucedía.

.- Vete... .- Susurró compungida.

El lobo no se movió un ápice, como si se negase a haber oído aquella última orden.

.- Vete mi hermano salvaje, se libre...

El animal se pegó más a la humana, resistiéndose a obedecer. Astrid sabía que los lobos no podían llorar, así que no tuvo más remedio que considerar como algún copo de nieve el líquido que manaba de los ojos de Akela.

.- Vamos Akela, no tiene sentido que languidezcas en una cabaña, para mi todo termina esta noche, te libero de tu vínculo, ¡Vete!, ¡Vete ahora!.

El lobo pareció dudar por unos instantes, lamió dulcemente la mano de su hermana a modo de despedida, y titubeante, comenzó a alejarse lentamente de ella con la cabeza gacha, como si aun dudase. Astrid observó en silencio como su mejor amigo se alejaba, sintiendo que con cada paso que daba se llevaba consigo un nuevo pedazo de su corazón hecho jirones. Era un animal magnífico y poderoso, nada debería tener en las salvajes tierras de Everfrost, ni de goblins de las nieves, arañas, osos, gigantes de hielo ni aun de la mismísima señora de Permafrost, Lady Vox, la dragona blanca; la señora de la bestias sabía que no tardaría mucho en erigirse como el lider de las innumerables manadas de lobos que pululaban en aquellas tierras, y que encontraría una hembra con la que fundar un nuevo linaje de crías que a su vez se convertirían en los hermanos de los nuevos señores de las bestias bárbaros.

Continuó mirándole hasta que su imponente figura se perdió en la niebla, y después su vista siguió fija en el infinito brumoso, mucho más tiempo después de que Akela entonara su última y lastimera despedida en forma de aullido.

Finalmente, se levantó no sin algo de esfuerzo, los años habían pasado, y bajo los rigores del clima de Everfrost se hacía más evidente. Caminó hacia la monstruosa boca de la caverna que daba acceso a Halas, como siempre, custodiada por los celosos guardias de yelmo de cabeza de oso blanco. Ya no nevaba, así que por necesidad, aquel reguero acuoso que corría por sus mejillas esta vez si que debían ser lágrimas. Astrid volvía a casa y mientras, en la lejanía, un coro de aullidos de lobos la daban la bienvenida al hogar.


FIN


P.D: Dedicado a un juego literalmente inmenso e inacabable, completo y detallado hasta el infinito que me hizo sentir emociones como ningún otro, Everquest; a mis viejos compañeros de aventura, glorias y fracasos de Nueva Guardia, Séptimo Sello y Reconquista, allá donde estéis, no os olvidaré nunca; y como no, al NPC más fiel, completo y “vivo” de todos los juegos que he jugado, Akela.