Clan DLAN
25 de Mayo de 2018
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Hola a todos/as:

Ya se que es una estupidez, perdonarme, pero no me resistía a poner un poco de humor en el “querido” Oblivion. Obviamente, son cosas exageradas, lo se, pero bueno, para que os echéis unas risas.

NOTA A LOS ADMINISTRADORES: Si consideráis que este “tomo” estorba o no tiene mucho sentido en el foro, desde luego tenéis toda la libertad del mundo para borrarlo.

Besos.




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LA FABULOSA LEYENDA DEL TORPE SAQUEADOR ORCO


Buranthur “Mascapiedras” había logrado escapar de la prisión imperial es extrañas circunstancias no hacía mucho. Como cualquier orco, no podía decirse que fuera demasiado despierto, aunque en su caso, ese tópico alcanzaba una nueva dimensión; de hecho, aun le costaba mantener una conversación fluida sin recurrir a su muletilla favorita “Nuloentiendo”.

Era el tiempo de Ultima Semilla, y el orco había pasado casi dos días perdido en los bosques (Cosa bastante fácil por cierto, pues fueras donde fueras siempre había bosques), adentrándose en antiguas y temibles ruinas élficas, ambas igual de tétricas y lóbregas, pobladas de una legión de no muertos que custodiaban tesoros de tal guisa, que hasta una mente tan espesa como la de Buranthur acababa preguntándose si realmente merecía la pena correr el riesgo, todo con una sola intención, la de reunir el suficiente oro para comprar un caballo y darse con el un banquetazo.

Un cura que le habló de no se que problemas con unas puertas y de encontrar a un tipejo, sin duda un buen carpintero para que arreglase esas puertas que tantos problemas parecían dar, le había regalado una de esas criaturas que los humanos llaman caballo. Le habían dicho que sobre el se podía viajar rápido como el viento, pero después de hacer la prueba, es ceñudo orco no quedó convencido, así que después de “tomar prestadas” unas cuantas patatas y tomates de un huerto cercano, acabó comiéndose al pobre animal junto a generosas raciones de pan.

Buranthur era un tipo listo, sin duda, había dejado al cura con las puertas sin arreglar, sin traer al carpintero y se había llevado una bonita armadura (A decir verdad tampoco había más donde elegir) y un delicioso caballo. También era un tipo con suerte, como quedó demostrado cuando después de un buen rato nadando, llegó hasta las ruinas élficas en la orilla del lago; para su desazón, nada más poner el pie en tierra, dos bandidos se lanzaron a por él a la carrera; el orco rezó a sus dioses esperando lo peor, pero para su sorpresa y alivio, los bandidos pasaron por su lado sin detenerse, ¿La razón?, machacar a un pobre cangrejo de fango que en aquellos momentos emergía de las aguas.

No podía negar que en un primer momento se sintió ofendido por el hecho de que aquellos bandidos considerasen más peligroso al cangrejo que a su hacha, pero eso al menos le dio tiempo suficiente para sacudirles a placer, cuando el cangrejo por fin murió, uno de los bandidos ya había caído bajo su hacha y ya era demasiado tarde para cambiar las tornas para el otro; desde luego, toda una suerte, como con aquellos sucios esqueletos de las ruinas élficas, que cuando Buranthur quedaba petrificado por el estupor, pasaban por delante de sus narices sin parecer verle, en fin, algo lógico en una criatura que no tiene ojos ¿No?

Caminaba con enorme tino en dirección a la ciudad, gracias a su prodigioso artefacto mágico llámado la brújula collejeadora (Dado que siempre indicaba por donde ir a golpe de colleja acompañada con las arcanas palabras “Por aquiiii burrooooo...”) cuando el peso de su carga, que iba desde extrañas espadas hasta trozos mohosos de queso y fruta algo ajada, pasando por un sin fin de cosas cuya utilidad desconocía y que los hombres llamaban copas, calibradores, pinzas incluso una cubertería y vajilla completa que inexplicablemente había encontrado en el cadáver de un lobo al desollarlo; junto al ardiente sol del mediodía, le hizo detenerse en una pequeña aldea justo frente a la capital para descansar un poco y refrescarse el gaznate.

Ya he dicho que el orco era poco despierto, pero pese a ello, no dejaba de preguntarse por que los humanos se empeñaban en llamar aldea a aquel conjunto de posada y una única casa “¡Están locos estos humanos”, pensó mientras traspasaba el umbral de la posada para ser recibido por una sonrisa de su dueña.

Taberna desde luego era mucho decir para aquel lugar, vacío, sin música ni bullicio, más recordaba a un velatorio “Los humanos no saben divertirse”, volvió a decir para sí; saludó a la posadera, una mujer de mediana edad, aunque aun apetecible, que le hizo reparar en algo que hasta entonces había pasado por alto.

Buranthur llevaba seis días sin catar moza; no, no me refiero a que el orco comiese mujeres además de caballos, bueno, al menos no en sentido estricto, ya sabéis...
Errr... Bueno, aquel que tenga entendimiento que entienda. Así que preguntó a la posadera con toda naturalidad si conocía lugar más alegre y amable que aquel chamizo triste donde poder gastar sus bien ganadas monedas de oro.

.- “Colecciono vinos, me gusta el morapio con delirio, pero me falta el vino sombrío, si lo encuentras para mi te pagaré bien”.

Sus ojos hundidos se abrieron como platos, pillado por sorpresa por el ladino y habilidoso cambio de tema de la humana, y pensó que tal vez no se había expresado con la suficiente claridad, así que volvió a repetir la pregunta.

.- “Fulanita de tal trepó el otro día a lo alto del templo y quería saltar desde el”

El primario cerebro del orco comenzó a dar muestras de estar sobrecargado, buscando y buscando la manera de expresar su deseo con las palabras adecuadas, una labor difícil para cualquier orco, que para Buranthur se convertía en titánica.

.- Mujeres, bebida... Yo juerga... .- Acertó a mascullar entre dientes en su confusión.

.- “Irene no se qué se mueve con mucha gracia, me gustaría saber a que se dedica”.- Respondió la imperturbable humana.

¿Qué se movía con gracia?, ¿Sería aquel la clase de “movimiento” que buscaba?, ¿Por qué aquella humana se empeñaba en hablar de cosas sin sentido que le traían al fresco?, ¿Qué misterio encerraban aquellas curiosas palabras?, es más ¿Qué endiablado idioma hablaba?; preguntas y más preguntas que sumieron al pobre orco en un estado de catatonia, con la boca abierta de par en par mientras la baba caía indolente de ella.

.- “Puedo comer todo el día con una sola moneda”.- Añadió la posadera para empeorar las cosas.

Era demasiado para un pobre cerebro orco, en estos casos, cuando su diminuto cerebro se colapsaba, sus grandes músculos le hacían el gran favor de tomar el mando de la situación, y como dotada de vida propia, su manaza buscó la empuñadura de su hacha en un movimiento mecánico.

.- “Gracias que tenemos el correo del caballo negro, si no, no nos enteraríamos de nada”

Fueron las últimas palabras de la mujer antes de que el orco hundiera instintivamente el hacha en su cráneo para terminar con aquella insoportable tortura, sintiendo un enorme alivio. Al instante, venido de quien sabía donde, un enfurecido legionario entró en la posada gritando no se que de cárceles y multas.

Buranthur quiso explicarle que aquella mujer estaba endemoniada, no podía ser de otra forma pues su verborrea extraña e incomprensible debía guardar alguna oscura magia ponzoñosa, incluso era posible que se tratase de algún daedra con apariencia humana; no pudo hacerlo, las palabras se aturullaron en su cabeza, y de nuevo su cuerpo panzudo tomo el mando de la situación, su mano alzó de nuevo el hacha.

Mala idea, pues el humano no tardó en cortar en rodajas su rechoncho cuerpo mientras el único vecino de la aldea acudía presto a unirse a la matanza,. “Yo pago!, yo carcel!” gritaba el pobre orco mientras el soldado encadenaba un revés de espada con otro ciego y sordo de rabia.

Vosotros viajeros en pos de aventuras y gloria, temer esta leyenda, dicen las lenguas que susurran entre las sombras que la posada de Wawnet se encuentra desde entonces encantada por el aun confuso espíritu de aquel desventurado orco, que en mitad de la noche, recorre las habitaciones gimiendo con voz queda y compungida “Nuloentieeeeendooooo.....!”; no os detengáis a sus puertas, espolear vuestras monturas, pues el sin sentido de los daedra habita entre sus paredes.