Clan DLAN
24 de Mayo de 2018
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¡Saludos!

Esta historia que publico la escribí para un concurso. Es sobre warhammer, y no sé muy bien si debería postearla aquí, o en el subforo de warhammer. Si no está aquí espero que no represente una molestia para algún moderador cambiarla.
Espero que os guste y tengáis tiempo para dirigirme alguna crítica.

La Dama Tuerta

El brillo del mármol negro se había ido apagando paulatinamente a lo largo de la noche, a medida que los invitados habían pasado por él.
Su nombre se anunció en toda la sala, resonando con fuerza: “¡El Príncipe Ellyrash Vhalyae!” Notó cómo todas las miradas se clavaban en él, e hinchó el pecho con orgullo. Aquella noche sería una de las más gloriosas, sin duda alguna. Dejó que su mirada se paseara entre los más distinguidos miembros de todo Nagarythe; aquellos más cercanos a Malekith, los fuertes y veteranos: los supervivientes.
Detrás de él, escuchaba los pasos de su sobrino; por orden de su mujer, él tenía el deber de enseñarle lo que sabía. Sin embargo Ellyrash conocía el verdadero propósito de este seguimiento; su mujer no era celosa pero defendía aquello que era de su propiedad.
Se permitió una sonrisa mientras divagaba en sus pensamientos, cuando se vio interrumpido con un súbito apretón en su brazo derecho. Se giró y miró la tosca expresión de su sobrino, quien señaló con la barbilla hacia un lateral de la sala. En él, se encontraba su enemigo más acérrimo, aquel que siempre estaba dispuesto a echarle una mano al cuello: Urathion de Ullar. Habían competido desde que eran jóvenes por la mano de Ayleen, finalmente concedida a Ellyrash, y con ello su posición como príncipe consorte. Desde ese momento, ambos se habían enfrentado en cualquier oportunidad que se les presentara.
-Bien, sobrino, haz que me sienta orgulloso de cómo esgrimes tus palabras ante él.
El muchacho elfo marchó de forma altiva hacia el lugar en el cual se encontraba Urathion; en torno a ellos se creó un pequeño tumulto, deseoso de escuchar las réplicas de Urathion, conocido por la rapidez de su lengua.

Su pelo castaño ondeaba según andaba, y sentía su corazón latiendo con fuerza a medida que se acercaba al lugar indicado. Ellyrash paró ante una de las columnas y se apoyó en ella. De entre las sombras surgió una figura voluptuosa que movía sensualmente la cadera mientras llegaba hasta él. El pelo negro y suave caía por sus hombros, tapando su pecho; sus labios, ligeramente gruesos le dedicaron una apetecible sonrisa. Un pañuelo tapaba uno de sus ojos y se anudaba sobre la nuca.
La elfa se acercó hasta él y, por un momento, los ojos de ambos brillaron. Hicieron una reverencia respetuosa:
-Bienhallado, Príncipe Ellyrash Vhalyae.- dijo ella.
-Bienhallado, Princesa Iyndrayë Lariendell.- respondió él.
El elfo tomó la mano de ella y la acercó hasta sus labios, rozándola suavemente. Una música empezó a sonar; era lenta y algo tétrica. Sin una palabra, ambos se acercaron y juntaron sus cuerpos en lo que casi podría haberse considerado como un abrazo. Empezaron a moverse al son de las flautas y tambores.
Ellyrash hizo girar a Iyndrayë, y dejó la espalda de ésta sobre su pecho, mientras le murmuraba al oído:
-Estás espléndida; ¿cómo van las cosas por la casa de mi señora Lariendell?
Nuevamente giraron y sus miradas quedaron enfrentadas. Ella le dedicó otra sonrisa, esta vez algo más provocativa.
-Mi marido sigue con sus bromas sobre la clase de esgrima. - con gracia, la elfa soltó su mano durante un momento para hacer un leve movimiento que señalaba el pañuelo.- Supongo que tiene razón cuando dice que nunca olvidaré esa clase; pero te aseguro que el maestro tampoco.
El baile los dejó cerca de una ventana que daba al jardín; el sol no era tan bondadoso en Nagarythe como en Ulthuan, por lo que tener un pequeño Edén era una valiosa posesión. Ellyrash la miró y ella hizo un movimiento con la cabeza hacia el exterior. Él no sentía un especial deseo por salir, de hecho, no sentía un especial deseo por hacer nada (excepto combatir por Malekith, por supuesto), pero Iyndrayë estaba tan llena de vida que le contagiaba.
Al llegar al jardín, la elfa no titubeó ni un momento; colocó las manos detrás de la nuca del Príncipe y lo atrajo hacia sí. Los besos correspondidos resultaban un océano de emociones para ambos, en el que fácilmente se podría naufragar si te encontrabas solo. Colocó sus manos en la cintura de ella, estrechando un abrazo.
A cada segundo que permanecían así, tanto Iyndrayë como su propio cuerpo le pedían que continuara. Le costó separar su boca de la de ella. Sentía el aire frío azotándolos, pero él estaba notablemente cálido.
- De nuevo te apartas de mí, ¿por qué?- inquirió mientras deslizaba sus dedos por la oreja puntiaguda de su acompañante.- Nunca te he pedido nada, Ellyrash, ¿tanto te cuesta darme una explicación?
- Yo…eh…- parecía que ella le hubiera arrebatado la seguridad.- No lo entenderías.
-¿Cómo pretendes que lo entienda si no me lo dices?
-Es muy complicado, Iyndrayë.- replicó el Príncipe, deshaciendo el abrazo cuando dio un paso atrás.
-No, no es complicado; en realidad tú eres como todos los demás, no ves más que a una tuerta. Cuando dices que me amas… sólo mientes.
-No digas eso.- el elfo puso sus manos sobre las mejillas de ella.- Eso nunca ha sido así, lo sabes. Es solo que…
Antes de que pudiera continuar, unas pisadas advirtieron a ambos de la cercanía de alguien más; se dirigían hacia ellos. Él se giró mientras ella se colocaba a su lado, intentando serenarse.
Dos elfos se acercaban hacia ellos, y les reconoció en seguida; el torpe de su sobrino venía en compañía de Urathion, éste último parecía tremendamente feliz. El joven se acercó a él y se disculpó.
-Buenas noches, Ellyrash; he insistido a tu querido sobrino de que me trajera a saludarte.
El muchacho, todavía abatido por el duelo verbal, tironeaba de la manga de su tío, avisando de que ya era hora de que se marcharan.
-No te he visto mientras daban las últimas instrucciones de la destrucción del Vórtice.- comentó de nuevo Urathion.- Supongo que estarías entretenido en otros menesteres.
-Que no son de tu incumbencia, por supuesto.- reprochó el Príncipe; no estaba dispuesto a seguirle el juego. Un nuevo tirón de su sobrino le obligó a salir del enfrentamiento; a punto estuvo de darle una bofetada.- Espero que me disculpéis, pero he marcharme.- Sus palabras, en realidad, iban dirigidas a Iyndrayë.
Le hubiera gustado poder hablar con ella a solas, pero esos dos eran unos entrometidos.

-¿Qué has dicho?- exclamó el Príncipe. Cuando vio que su sobrino parecía confuso con la pregunta, la repitió, gritando.
-Sólo que Sombra-Rauda vio ayer, después del baile, cómo Urathion montaba a la tuerta. Llamó la atención a la mitad de los presentes por lo que gritaba.- el joven dejó escapar una risilla grosera, que fue apagada con una bofetada por parte de su tío.
-Traedla; a ella y a Urathion ¡ambos son traidores a Malekith!
El joven elfo parecía demasiado aturdido para entender las palabras que Ellyrash había pronunciado con tanta furia.
-Pero, tío, en el caso de que fueran traidores la Guardia de nuestro señor Malekith se encargaría de…
-¡Yo soy ahora mismo uno de los más importantes y fieles servidores de nuestro señor Malekith! ¡Y si te digo que son traidores y los traigas aquí, lo haces!
El elfo salió corriendo de la habitación, pero sonriendo, su tía le recompensaría por ello.

Se sentía mareada y como si no tuviera mandíbula, el golpe que le habían dado la había noqueado por completo. Todo alrededor parecía dar vueltas, las paredes tenían manchas de sangre reseca y grilletes, con púas en el interior, colgados. Ella misma tenía uno de esos grilletes atándola, aunque daba gracias por haber perdido la sensibilidad de las manos antes de recuperar la consciencia.
Estaba en un subterráneo, y olía a podrido; es más, a carne podrida. Las nauseas se hicieron más frecuentes. El tiempo pasaba lentamente; por fin, oyó unos pasos
Ante ella se presentó Ellyrash. Su mirada era la de un depredador. Se puso de cuclillas frente a Iyndrayë y colocó sus manos sobre sus mejillas, apoyando su frente en la de ella.
-Traidora…- musitó; su voz era suave pero estaba carga de odio.- Tu querido Urathion ha huido… a Ulthuan, y ha contado los planes de Malekith… Mañana mismo partiré hacia allí, y acabaré con él.
Intentó hablar, pero apenas tenía fuerza.

La llegada había sido rápida y silenciosa. Los dos guardias que habían sido apostados a la entrada de la habitación ahora yacían, inertes, en el suelo. Envainó sus dos dagas curvas y serradas y se recolocó el broche que la bruja le había entregado. Con una sonrisa de satisfacción entró en el cuarto.
-Empezaba a pensar que nunca vendrías, Ellyrash.
-Cobarde traidor...- su voz estaba marcada por un profundo odio.
-¿Cobarde traidor? ¿Por intentar frenar vuestros dementes planes sobre la apertura del Vórtice? Cuando juré lealtad a Malekith fue para recuperar Ulthuan, no para destruirla. Pero a ti eso te da igual.
-Desde hacía un par de meses se rumoreaba sobre una posible traición. Lo que nunca pensé es que fueras tú el estúpido que fuera a cometerla.
-Fue tu comportamiento lo que me impulsó a ello.-replicó Urathion.- Después de todo, me llamaste traidor sin pruebas; a mí y a Iyndrayë. Eres un amante muy celoso.
-¡Cállate! Si tú no la hubieras tocado nada de esto habría pasado.
-¿De verdad pensabas que iba a esperarte eternamente? Estaba cansada de tus jueguecitos. Parece que después de todo, tu preocupación por tu posición sociopolítica te cegó.
Ellyrash agarró con furia su ballesta y le apuntó.
-Has estado resentido desde que te arrebaté a Ayleen; que te quede claro, maldito perro cobarde, Iyndrayë me ama a mí.- su enemigo soltó una carcajada.
-¿De verdad crees que amaría a alguien que prefiere su posición política a ella? No conoces, ni conocerás, lo que conlleva amar, la entrega, ¡el sacrificio! Siento lástima por ti, Ellyrash, que estás condenado a vivir en un mundo tan rencoroso como tú.
>>Ahora, ¿a qué esperas? Dispárame y acaba de una vez con esto.
El Príncipe se sentía mal, muy mal. Además, ello se acentuaba ante la posición de Urathion, que esperaba con parsimonia su final; incluso lo deseaba… Ahora se sentía también ridículo y aturdido. La abnegación de su enemigo le llevó al extremo de la furia; no, no iba a dejar que él se saliera con la suya, si quería morir sin luchar, allá él y su estupidez.
Apretó el gatillo de la ballesta y el virote se clavó en el pecho de Urahtion, que cayó de rodillas, boqueando. Con una patada, le empujó hacia atrás mientras veía cómo, se le escapaba la vida. Cuando dejó de respirar, Ellyrash todavía seguía mirándole; se inclinó e hizo algo impropio de su posición: le escupió.

El broche le trajo de vuelta con un simple toque. Envió a un mensajero para contar a Malekith lo ocurrido y se dirigió a su casa. El paseo le estaba resultando terriblemente largo y tedioso. No podía evitar pensar en Iyndrayë; había cometido un error, quizá…quizá aún estaba a tiempo de dejarlo todo por ella. ¿Sería capaz de hacerlo?
Entró en la habitación de su mujer con decisión; lo dejaría todo atrás. Ayleen le miró, parecía gratamente sorprendida; se acercó a él.
-Has llegado… algo antes de lo previsto.
Desvió su mirada hacia un lateral, y Ellyrash la siguió. Tumbada en un sofá, con la mirada perdida, estaba Iyndrayë. Su brazo derecho, sin fuerza, caía hasta el suelo. Trastabilló hasta ella y cayó de rodillas, acariciando sus mejillas. Su mujer se acercó y puso una mano en su hombro, con un cariño inusual.
-Parece que, aunque intenté mejorar su situación, ya había pasado demasiado tiempo en las mazmorras como para recuperarse…
El Príncipe no pudo evitar besarla. Sintió un sabor dulzón en su lengua mientras dos lágrimas caían por sus pómulos. En su mente no paraba de repetirse que nada de esto habría sido necesario; notaba un nudo en el estómago, que parecía estrecharse a la par que el sentimiento de culpa crecía. Se apartó y miró a Ayleen, que esperaba pacientemente. Su vista se empezó a desenfocar; las lágrimas eran para débiles… pero no podía contenerlas. Los ojos le escocían y parpadeó varias veces. Parecía que alguien estuviera apretando su corazón. Sus dedos empezaron a acalambrarse; sabía que aquello no era normal…
-Qué paradoja, querido, que sea tu amante quien te dé el beso más dulce y mortífero de todos…
Empezó a toser. Sentía nauseas. Le faltaba el aire, era como tener claustrofobia. Muchos se culparían en ese momento por haber seguido a una mujer que los llevó a su propia destrucción, pero él, sin embargo, no pudo evitar sentir la liberación. Todo acababa, ella le esperaba, lo sabía. Su último pensamiento cuando su mejilla chocó contra el suelo fue que aquel beso había sido… cómo decirlo… inolvidable.



Espero que os haya gustado.

Un Saludo.