Clan DLAN
25 de Mayo de 2018
Actualmente tenemos 203 usuarios online.
Clan DLAN
Clan DLAN
Clan DLAN
Clan DLAN
Clan DLAN


Para recomendarlo,porque me ha gustado mucho, y para hacerle algo de publicidad a la literatura nacional.

"Cuando volvieron de Estados Unidos Marta se fue extinguiendo día tras día, muy despacio, paso a paso, como para que todos pudiéramos ver muy bien de qué manera la muerte se iba tomando centímetro a centímetro, en una muchacha linda de 16 años,casi 17, que un año antes era la imagen de la vitalidad, de la salud y de la alegría, la figura perfecta de la felicidad. Se fue poniendo cada día más pálida y más delagada, hasta quedar en los huesos, cada día más adolorida y más indefensa, y más frágil, hasta que casi se evaporó. Hay períodos de la vida en los que la tristeza se concentra, como de una flor se dice que sacamos su esencia para hacer perfume,o de un vino su espíritu, para sacar el alcohol. Así a veces en nuestra existencia el sufrimiento se decanta hasta volverse devastador, insoportable. Y así fue la muerte de mi hermana Marta, que dejó destrozada a mi familia, tal vez para siempre.

Su cáncer se lo habían descubierto porque en el cuello, en la base del cráneo, por detrás, tenía unas bolitas en fila, mejor dicho un rosario, así dijeron, tenía unas bolitas de consistencia semiblanda, que se sucedían uno tras otro, un rosario, sí, como lo que empuñaban tío Luis y mi abuelita Victoria, sí, un rosario de metástasis, eso era lo que nos enviaban mi Dios y la Santísima Virgen, después del Rosario de Aurora, después de los innumerables rosarios de la casa de mi abuelita, un rosario de cáncer, eso, una sucesión de perlas mortales engarzadas a flor de piel. Eso se merecía esta niña feliz e inocente por los pecados cometidos por mi papá o por mí o por mi mamá, o por ella o por mis abuelos y tatarabuelos o por quién sabe quién.

Marta estaba en las mejores manos, con lumbreras médicas del mundo, primero en Washington, y luego en Medellín, con los amigos y compañeros de mi papá en la Facultad de Mecina de la Universidad. El doctor Borrero, que era un sabio, el mejor internista de la ciudad, un pozo de ciencia que había salvado a miles de viejos y de niños y de jóvenes de todas las dolencias, de las enfermedades más graves, de cáncer de pulmón, de insuficiencia cardiaca o renal, pero que no podía hacer nada por Marta. El doctor Borrero iba todas las tardes a la casa, y no ayudaba solamente a Marta a paliar sus dolores, sino sobre todo a mi papá y mi mamá, para que no se enloquecieran de pesar. Iba también Alberto Echavarría,el hematólogo, que había salvado niños de leucemias feroces, y tratado anemias falciformes, y salvado hemofílicos, pero que no podía hacer nada por Marta, sino limitarse a sacarle sangre cada uno o tres días, para hacer una tabla de valores sanguíneos que había que en enviar periódicamente a Estados Unidos, para que allá pudieran ver cómo estaba actuando la droga y cómo la enfermedad evolucionaba lentamente hacia la muerte. Estaba Eduardo Abad, gran neumólogo, tío de mi papá, que curaba tuberculosos y enfermos de neumonía, pero que solo podía constatar el avance de las metástasis también en los pulmones de Marta. Y el doctor Escorcia, el cardiólogo más destacado, que había sacado de la muerte a infartados, que había hecho cirugías de corazón abierto, que se estaba preparando para los primeros trasplantes, pero que tampoco podía hacer nada por el corazón de Marta, que semana tras semana se comportaba peor, y empezaba a tener arritmias, y taquicardias, y espasmos momentáneos, y cosas así, porque quizá ya las metástasis habían llegado también allí, como al hígado, como a la garganta, como al cerebro, y eso fue lo peor.

Mi papá, a veces, se encerraba en la biblioteca y ponía a todo volumen una sinfonía de Beethonven, o alguna pieza de Mahler (sus dolorosas canciones para niños muertos), y por debajo de los acordes de la orquesta que sonaba con tutti, yo oía sus sollozos, sus gritos de desesperación, y maldecía el cielo, y se maldecía a sí mismo, por bruto, por inútil por no haberle sacado a tiempo todos los lunares del cuerpo, por dejarla broncear en Cartagena, por no haber estudiado más medicina, por lo que fuera, detrás de la puerta cerrada con seguro, descargaba toda su impotencia y todo su dolor, sin poder aguantar lo que veía, la niña de sus ojos se le iba esfumando entre sus manos mismas de médico, sin poder hacer nada por evitarlo, sólo intentando con mil chuzones de morfina aliviar al menos su conciencia de la muerte, de la decadencia definitiva del cuerpo, y del dolor. Yo me sentaba en el suelo, al lado de la puerta, como un perrito al que su amo no deja entrar, y oía sus quejidos que se filtraban por la ranura de abajo, que le salían a él de atendro, de muy hondo, como del centro de la tierra, con un dolor incontenible, y luego al fin cesaban, y seguía la música otro rato, y él salía otra vez, con los párpados enrojecidos y con una sonrisa postiza en la cara, disimulando el tamaño sin fin de su dolor, y me veía ahí, "qué estás haciendo ahí, mi amor", y me hacía levantar, y me daba un abrazo, y subía donde Marta con la cara feliz, a animarla, yo entraba detrás, a decirle que seguro al otro día se iba a empezar a sentir mejor, cuando la droga le hiciera efecto, cuando el remedio obrara, esa papilla inmunda, ese potaje blancuzco con brillos iridiscentes que habían traído de Estados Unidos y que ella tenía que tragarse con repugnancia, a las cucharadas, una droga en vías de experimentación, que la ponía peor, mucho peor, y que al final no sirvió para nada, tal vez ni siquiera para la ilusión, y un día resolvieron suspenderla, porque semana tras semana los exámenes que Echa, el hematólogo, le hacía, daban peor, y peor, y peor.

Marta, de vez en cuando, se animaba un poco. Estaba pálida, casi transparente, y cadadía pesaba menos. Se le veía la fragilidad en cada dedo, en cada hueso del cuerpo, en el pelo rubio que se le caía a jirones. Pero algunas mañanas de sol salía al patio, caminando muy despacio,casi como una anciana, y pedía la guitarra, y cantaba una canción muy dulce, de tema algre, y mientras ella cantaba los colibríes venían a hacerle el recorrido a las flores. Después ya no podía moverse del cuarto, perdo de tarde en tarde, a veces, pedía la guitarra, cantaba una canción. Si estaba mi papá , le cantaba siempre la misma, una de Piero, una que empieza, "Es un buen tipo mi viejo [...]" Y si no, las canciones de su grupo, de Ellas, o canciones de Cat Stevens, de los Carpenters, de los Beatles o de Elton John. Hasta que un día Marta pidió la guitarra, intentó cantar, y no le salía la voz. Entonces le dijo a mi mamá, con una sonrisa tristísima en los ojos:
-Ay, mami, creo que nunca más volveré a cantar.
Y nunca volvió a cantar, porque no le salía la voz."

PD: Avisarme si hay algún error de tipeo.