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21 de Agosto de 2018
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Ángel González, 1925-2008
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[font="Garamond">El sábado, 12 de enero, el poeta Ángel González nos sorprendió a todos con su despedida, con su muerte silenciosa. Autor de temas íntimos, de crítica social, fue la grave tuberculosis que contrajo a los 18 años, y que le obligara abandonar su húmeda Asturias para refugiarse en León, el desencadenante de que comenzara a entrelazar palabras, y terminara convirtiéndose en lo que sin duda estaba destinado a hacer: escribir poesía. No es de extrañar, por tanto, que otra enfermedad respiratoria le obligara a exhalar su último aliento. Durante toda su vida arrastró una fama de noctámbulo bien merecida, que le llevó a decir a Juan García Hortelano que: se notaba cuando venía Ángel González a Madrid porque los camareros sonreían de otro modo. Descubrí a este autor hace sólo unos años, cuando me encontré trabajando en la biblioteca de otro fallecido autor rojo, pero pronto se convirtió en mi poeta de cabecera. No me corresponde describir su obra o analizar su mensaje, mi único interés con este pequeño homenaje es que lo descubran los aficionados a la poesía más jóvenes, y que traten de localizar el ejemplar más próximo de su antología Palabra sobre palabra. Dejo en calidad de prenda dos poemas suyos, el primero porque está dedicado a su ejercicio vital:


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Poética


Escribir un poema: marcar la piel del agua.
Suavemente, los signos
se deforman su agrandan,
expresan lo que quieren
la brisa, el sol, las nubes,
se distienden, se tensan, hasta
que el hombre que los mira
--adormecido el viento,
la luz alta--
o ve su propio rostro
o --transparencia pura, hondo
fracaso-- no ve nada.
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El segundo, por ser uno de mis favoritos:
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[indent]Me basta así


Si yo fuera Dios
y tuviese el secreto,
haría
un ser exacto a ti;
lo probaría
(a la manera de los panaderos
cuando prueban el pan, es decir:
con la boca),
y si ese sabor fuese
igual al tuyo, o sea
tu mismo olor, y tu manera
de sonreír,
y de guardar silencio,
y de estrechar mi mano estrictamente,
y de besarnos sin hacernos daño
-de esto sí estoy seguro: pongo
tanta atención cuando te beso;
entonces,
si yo fuese Dios,
podría repetirte y repetirte,
siempre la misma y siempre diferente,
sin cansarme jamás del juego idéntico,
sin desdeñar tampoco la que fuiste
por la que ibas a ser dentro de nada;
ya no sé si me explico, pero quiero
aclarar que si yo fuese
Dios, haría
lo posible por ser Ángel González
para quererte tal como te quiero,
para aguardar con calma
a que te crees tú misma cada día,
a que sorprendas todas las mañanas
la luz recién nacida con tu propia
luz, y corras
la cortina impalpable que separa
el sueño de la vida,
resucitándome con tu palabra,
Lázaro alegre,
yo,
mojado todavía
de sombras y pereza,
sorprendido y absorto
en la contemplación de todo aquello
que, en unión de mí mismo,
recuperas y salvas, mueves, dejas
abandonado cuando -luego- callas...
(Escucho tu silencio.
Oigo
constelaciones: existes.
Creo en ti.
Eres.
Me basta.
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[indent]Ángel González[/indent][/font]