Clan DLAN
25 de Mayo de 2018
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En el bosque Ryhope, un lugar más extenso por dentro de lo que se observa desde fuera, un flujo especialmente denso de energía sobrenatural provoca que los mitos y leyendas de antiguas culturas, pero subyacentes en el inconsciente de cada individuo, tomen presencia física y se materialicen. Steven Huxley, de vuelta tras la guerra al hogar que le vio crecer, deberá encontrar la manera de adentrarse en el bosuqe, que parece rechazar su presencia, para desentrañar el misterio de la obsesión que despertó en su familia, y que él mismo experimentará.

Bueno, me lo acabo de leer así que no esperéis mucha objetividad ??? , pero el caso es que me ha encantado. Es un libro un tanto atípico, en el sentido de que la historia que cuenta no es tópica, pero aun así tienes la sensación de que todo es familiar. En mi opinión es porque la idea base (la magia del bosque y toda la historia de la "conciencia cultural global") es muy original, pero la trama que desarrolla sobre esta base no parece quedar a la altura. El caso es que por momentos el libro me ha recordado a películas como Nell, El Laberinto del Fauno o La Dama del Agua en varios detalles. ¡Pero bueno! Que al final creo que lo estoy poniendo a parir más de lo que quería y no quiero confundir! El libro me ha sorprendido muy gratamente y os lo recomiendo a todos, pocos libros reflejan tan bien el misticismo que despierta en la mente de todos el concepto de bosque.

He escogido este fragemento... porque no encontraba ninguno más apropiado, sinceramente. Considero que es un libro que cuanto menos se sepa de él al leerlo más se disfruta. Además, todos los momentos épicos suponían un destripe importante del argumento. Así que bueno, finalmente me decidí a transcribir el encuentro con uno de los personajes más importantes.

Ah! Que se me pasaba y no quería dejar de comentarlo. En mi humilde opinión, el prólogo que ha incluido la reedición de Gigamesh (bueno, la "presentación" ya que que el "prólogo" forma parte de la historia de la novela) es completamente prescindible. Más diría yo, ¡prescindidlo!


BOSQUE MITAGO
Encuentro con Guiwenneth


Y, con el tiempo, regresó como algo más que un aroma pasajero, que unas huellas húmedas en el suelo... Llegó en carne y hueso. Ya no le inspiraba miedo, sino curiosidad. Igual que ella a mí.

Estaba acuclillada junto a mi cama. La luz de la luna le arrancaba destellos del pelo. Apartó la mirada de mí, creo que nerviosa, y la misma luz se le reflejó en los ojos. Sólo la vi vagamente, y cuando se irguió en toda su estatura, no pude distinguir más que una forma esbelta envuelta en una túnica amplia. Llevaba una lanza y me apoyaba contra la la garganta la fría hoja de metal. Estaba bien afilada y, cada vez que me movía, incluso con el roce más ligero, me cortaba la piel del cuello. Era un encuentro doloroso, y yo no pensaba permitir que resultara letal.

Así que me quedé allí, quieto, durante las horas posteriores a la medianoche, y escuché su respiración. Parecía un poco nerviosa. Estaba allí porque... ¿qué puedo decir? Porque buscaba algo. Es la única explicación que se me ocurre. me buscaba a mí, o algo relativo a mí. De la misma manera que yo la buscaba a ella.

Tenía un olor penetrante, la clase de olor que he llegado a asociar con la vida en los bosques y en lugares remotos de tierras yermas, con una vida en la que el aseo habitual es un lujo y en la que a uno se le identifica por su olor tanto como en nuestro siglo se lo identifica por la ropa.

Olía a... tierra. Sí. Y también a sus secreciones: olor a sexo, penetrante, no desagradable; y a sudor, salado, acre. Cuando se acercó u se inclinó para mirarme, me dio la impresión de que tenía el pelo rojo y los ojos brillantes, salvajes. Me dijo algo así como «Ymma m'ch buth». Repitió las palabras varias veces.

—No comprendo —respondí.
Cefrachas. Ichna which ch'athab. Mich ch'athaben!
—No comprendo.
Mich ch'atahben! Cefrachas!
—Mira, me encantaría entenderte, pero no hablo tu idioma.

La hoja me presionó más el cuello. Me estremecí levemente y alcé una mano muy despacio hacia el frío metal. Poco a poco, aparté el arma, sonriente, esperando que, pese a la oscuridad, pudiera ver mi gesto de sumisión.

Ella dejó escapar un gesto de frustración desesperación, no estoy muy seguro. Su ropa era basta. Aproveché la breve oportunidad para tocarle la túnica, y adevertí que el tejido era áspero, como arpillera, y que olía a cuero. Su presencia era poderosa, imponente. Pero su aliento sobre mi cara era dulce y olía a... nueces.

Mich ch'atahben! —repitió, aquella vez sin esperanzas.
Mich Steven —respondí, preguntándome si estaría en el camino correcto. Pero ella se quedó en silencio—. ¡Steven! —repetí, mientras me señalaba el pecho—. Mich Steven.
Ch'athaben —insistió ella. Y me arañó profundamente la piel con el arma.
—Hay comida en la despensa —ofrecí—. Ch'athaben. Abajen. Escaleren.
Cumchirioch —respondió, furiosa.
—Oye, hago lo que puedo. —Me sentí insultado—. ¿Es imprescindible que sigas clavándome esa lanza?

Brusca e inesperadamente me agarró por el pelo, me echó la cabeza hacia atrás y me observó el rostro.

Un momento más tarde había desaparecido silenciosamente, escaleras abajo. Aunque la seguí tan deprisa como pude, parecía tener alas en los pies y las sombras de la noche la devoraron. Me quedé en la puerta trasera, buscándola, pero no vi ni rastro de ella.

—¡Guiwenneth! —grité a la oscuridad. ¿O quizá no se conocería a sí misma por aquel nombre? ¡Quizá sólo era el nombre que le había dado Christian! Repetí la llamada, cambiando cada vez el énfasis de sílaba. —¡Gwinneth! ¡Gwineth! ¡Vuelve, Guiwenneth! ¡Vuelve!

En el silencio de las primeras horas de la madrugada, mi voz se proyectaba clara y hueca, y rebotaba en el bosque sombrío. Un movimiento entre los matorrales de espino cortó mi grito a media frase.

La escasa luz de la luna me impedía ver quién había allí, pero seguro que se trataba de Guiwenneth. Estaba allí, quieta, mirándome. Supuse que la intrigaba que la llamara por su nombre.

—Guiwenneth —exclamó suavemente.

Era un sonido más sibilante, más gutural, con una pronunciación parecida a chwin aiv.

—En ese caso, buenas noches, Chwin aiv. —Alcé la mano en gesto de despedida.
Inos'c da... Stivven...

Las sombras del bosque la reclamaron de nuevo y, aquella vez, no reapareció.