Clan DLAN
25 de Mayo de 2018
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Arkadi Ivánovich Svidrigáilov, hombre mujeriego y hablador, borracho y ludópata, estaba enamorado de Avdotia Romanóvna, la hermana del protagonista. Hasta que durante una conversación descubrió de repente, que aquella mujer no era capaz de amarle, ni lo sería, nunca más.
Es éste uno de los personajes más complejos de la novela de Dostoievski: ruin e infame, lleno de secretos inconfesables, pero como todos los hombres, con corazón y sentimientos, sumido y guiado por ellos.

CRIMEN Y CASTIGO


Una niebla espesa y lechosa envolvía la ciudad. Svidrigáilov se dirigió hacia el Pequeño Nevá por la calle resbaladiza y sucia, con pavimento de madera. Veía en su imaginación las aguas del Pequeño Nevá, muy subidas de nivel durante la noche, la isla de Petrovski, los caminitos empapados, la hierba mojada, los árboles y arbustos chorreantes y, finalmente, aquel mismo arbusto... Disgustado, se puso a mirar las casas a fin de pensar en otra cosa. Por la avenida no se cruzó con ningún viandante ni con ningún coche. Las casitas de madera, de color amarillo, con los postigos cerrados, ofrecían un aspecto desaseado y triste. El frío y la humedad se le calaban hasta el tuétano de los huesos y Svidrigáilov empezó a tiritar. De vez en cuando, le saltaban a la vista los rótulos de las verdulerías y otras tiendas; los leía todos con la mayor atención. Había llegado a la altura de una gran casa de piedra, al final de la calle adoquinada. Un perro roñoso y pasmado de frío, con la cola entre las piernas, atravesó la calle. En plena acera un borracho con capote yacía tumbado, como muerto. Svidrigáilov le echó un vistazo y prosiguió su camino. A su izquierda, divisó una atalaya. “¡Bah!”, pensó, “Éste es un buen sitio. ¿Para qué ir al parque de Petrovski? Por lo menos aquí habrá un testigo oficial...”. Por poco se ríe del nuevo pensamiento. Entró en la calle de X, donde se levantaba una gran casa con atalaya. Junto al portalón cerrado de la casa, y arrimado al mismo, había un hombre de poca estatura enfundado en un capote gris de soldado y un casco de cobre, un casco de Aquiles. Al ver a Svidrigáilov, que se le acercaba, le dirigió una fría mirada somnolienta. En el rostro de aquél hombre se percibía la tristeza gruñona, secular, que ha dejado su avinagrada huella en los rostros de la raza hebrea. Los dos, Svidrigáilov y Aquiles, se miraron unos instantes en silencio. Por fin al último le pareció impertinente que un hombre, sin estar borracho, a tres pasos de distancia, le mirara con tanta insistencia sin decir una palabra.
- ¿Qué busca usted aquí? –le dijo, con inconfundible acento judío, sin variar de postura.
- Nada, amigo. ¡Buenos días! –respondió Svidrigáilov.
- Aquí no se puede estar.
- Amigo, me voy a otras tierras.
- ¿A otras tierras?
- A América.
- ¿A América?
Svidrigáilov sacó el revólver y levantó el gatillo. Aquiles enarcó las cejas.
- ¿Qué bromas son éstas? ¡Aquí no se puede!
- ¿Porqué no se puede?
- Porque no.
- No importa, amigo. El sitio es muy bueno. Si te preguntan, responde que me he ido a América.
Aplicó el revólver a su sien derecha.
- ¡Aquí no se puede, aquí no se puede! –exclamó Aquiles, despertando del todo y abriendo cada vez más los ojos.
Svidrigáilov apretó el gatillo...