Clan DLAN
21 de Agosto de 2018
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bueno esto es el prologo que me gusto mucho, es un poco largo.



Mira donde quieras, audaz aventurero, porque, tan lejos como pueda alcanzar tu mirada, no hay nada.
Estas cerca del Pozo de Akhran, un gran oasis situado en el centro del gran desierto de Pagrah. Esta es la última agua que encontrarás desde aquí hasta el mar de Kurdin, que está hacia el este. El resto de la partida, deleitándose con los primero signos de vida que han visto tras dos días de viaje a través de ondulantes y vacías dunas, se solaza en el sombrío verdor y descansa bajo las datileras, remojándose pies y manos en el agua fresca que mana borboteante de algún lugar bajo tierra. Tú, sin embargo-inquieto y vagabundo por naturaleza-, ya estás cansado de este lugar y paseas de un lado a otro, ansioso por partir y continuar tu travesía. El sol se esta hundiendo por el oeste y vuestro guía ha decidido que debéis pasar la noche cabalgando, ya que nadie cruza la franja de desierto que se extiende hacia el este, conocida como el Yunque del Sol, durante las horas diurnas.
Miras hacia el sur, al paisaje que se extiende ante ti: una interminable expansión de granito barrido por el viento cuya inmensa monotonía marrón-rojiza se ve aliviada de cuando en cuando por breves toques de verde: el tamarisco con sus plumosos miembros, la alta acacia, los cactus con sus formas humanas, el pino del desierto, los espinos y la hierba verde plateada que brota en los lugares más raros e insospechados y que tanto gusta comer a vuestros camellos. Continuad viajando cientos de kilómetros hacia el suroeste y entrareis en la tierra de Bas, una tierra de contrastes, de enormes ciudades, vastas riquezas y tribus primitivas que acechan en las llanuras.
Si diriges tus ojos hacia el norte, verás más de la misma tierra monótona y azotada por el viento. Pero, experimentado como eres, bien sabes que si viajas varios centenares de kilómetros hacia el norte terminarás dejando atrás el desierto. Cuando os halléis a los pies de los montes Idrith, seguid un paso que se abre entre éstos y Kich y llegareis a una amplia carretera de madera por la que viajan hacia el norte innumerables carros y carretas, todos ellos en dirección a la magnífica Kasbah de Khandar, la que un día fue gran capital de la tierra conocida como Tara-kan.

Mientras golpeas irritado la fusta del camello contra tu pierna, echas una mirada alrededor para comprobar que vuestros guías están cargando los girba- los pellejos de agua- en los camellos. Es casi hora de partir. Volviéndote hacia el este, miras en la dirección en que vas a viajar. Las manchas de verde se hacen cada vez más raras, porque por allí se extienden, con su misterioso cantar, las deslizantes arenas blancas, que reciben el nombre de Yunque del Sol. Más allá de aquellas dunas, hacia el este, dicen que hay un inmenso océano: el mar de Kurdin.
Tu guía te ha informado de que tiene otro nombre. Entre los nómadas del desierto, se lo conoció un dia despectivamente como el Agua del Kafir – el incrédulo-, pues ellos jamás lo habían visto y suponían que solo existía en las mentes de los habitantes de la ciudad. Cualquier afirmación que se haga delante de un nómada que no crea en la verdad de lo que oye, recibirá el siguiente comentario cáustico < ¡sin duda tu también bebes el agua del Kafir!>.
Te lamentas de no haber visto a ninguno de esos feroces Spahi- los jinetes nómadas del desierto-, pues has oído muchos relatos de su audacia y coraje. Cuando mencionas esto a tu guía, el responde fríamente que, aunque tu no los ves a ellos, ellos te ven a ti, pues este es su oasis y ellos saben en todo momento quien se acerca a sus orillas y quién se va.
- Has pagado bien por el privilegio de usar su agua, efendi- indica tu guía señalando a los sirvientes que han extendido una fina manta sobre la arena junto a la orilla del lago y están amontonando en ella oro y gemas semipreciosas, cestas de dátiles y melones traídos de las frías tierras del norte-. Allí – dice en voz baja-, ¿ves?

Te vuelves con rapidez. Una alta duna hacia el este marca el principio del Yunque del Sol. De pie sobre ella, recortadas sobre el vació del cielo, hay cuatro figuras. Montan caballos, e incluso a esta distancia puedes apreciar la magnificencia de sus animales. Sus haiks –o turbantes- son negros y sus rostros van envueltos en mascaras también negras. Los saludas con la mano, pero ellos no se mueven ni responden.

-¿Qué habría pasado si no hubiésemos pagado su tributo?- preguntas.
-Ah, efendi, en lugar de beber tu la sangre del desierto, es este el que estaría bebiendo tu sangre.
Asientes con la cabeza y miras hacia atrás, solo para volver a ver la duna yerma y vacía una vez más. Los nómadas han desaparecido.
Tu guía se aleja con brusquedad gritando a los sirvientes; es evidente que la visión lo ha inquietado. Tus ojos – dolidos por el resplandor del sol que reverbera en la arena- se vuelven hacia el oeste para encontrar descanso.
Allí, una hilera de rojas colinas rocosas se proyecta abruptamente desde el desierto, dando la impresión de que alguna mano gigantesca hubiera descendido desde arriba y hubiese tirado de ellas hasta sacarlas del suelo. Ésas son las tierras que has dejado hace dos días y las recuerdas con agrado. Arroyos fríos como el hielo describen meandros a través de las colinas para acabar perdiéndose en la arena caliente. La hierba crece abundante en las laderas, lo mismo que los enebros, pinos, cedros, sauces y arbustos y matas de todas las clases. Entrar en esas colinas fue, en un principio, un bienvenido alivio después de atravesar las tierras desérticas de Kich. Pero pronto descubriste que las colinas son, a su manera, tan misteriosas y prohibidas como el desierto.
Cortados riscos de roca roja, cuya propia rojez se ve exaltada por el contraste verde de los árboles, se elevan hacia los encapotados cielos. Nubes blanco-grisáceas penden sobre ellas dejando caer largos regueros de lluvia en sus cimas. El viento aúlla entre los peñascos y las grietas; las corrientes heladas se precipitan salvajemente por entre las lisas rocas como si supieran que su lugar de destino es el desierto y estuviesen tratando en vano de escapar de él. De vez en cuando, sobre una ladera, se puede ver una mancha blanca que se mueve por la verde hierba en un curioso fluir ondulado; se trata de un rebaño de ovejas que es conducido hacia nuevos pastos por los pastores nómadas que habitan esta región; nómadas que, tal como imaginas, están lejanamente emparentados con esos que acabas de ver.

Tu guía vuelve presto a anunciar que todo esta preparado. Echas una ultima mirada a tu alrededor y observas- no por vez primera- el mas inusitado fenómeno de ese extraño paisaje. Justo detrás de ti se yergue una pequeña colina. No tiene nada que ver en este desierto; se encuentra tristemente fuera de lugar y da la impresión de haber sido dejada atrás cuando las colinas mayores corrieron a jugar al oeste. Como si quisiera acentuar más su incongruencia, tu guía te ha dicho que en esta colina hay una planta que no crece en ninguna otra parte del desierto, ni del mundo, según parece.
Antes de partir, caminas hasta allí para examinar esa planta. Se trata de una fea especie de cactus de aspecto letal.rechoncha y con unas hojas planas, bulbosas y terminadas en punta, desarrolla unas delgadas agujas que deben de saltar hacia sus victimas, pues tú podrías jurar que no te has acercado a ella y, cuando miras hacia abajo, encuentras las malévolas púas clavadas en los cuellos de tus botas.
-¿Cómo se llama este aborrecible cactus?- preguntas, mientras te sacas las púas.
-Se llama la Rosa del Profeta, efendi.
-¡Que nombre tan hermoso para algo tan horrendo!- exclamas asombrado.
Tu guía se encoge de hombros y no dice nada. Es un habitante de la ciudad, incomodo en este lugar e impaciente por marcharse. Miras otra vez la extraña colina en medio del desierto y la aún más extraña planta que crece en ella, la fea planta con un nombre hermoso y romántico.
La Rosa del profeta.
< Debe de haber una historia tras esto>, piensas mientras vas a unirte con la caravana que espera.
La hay, en efecto, compañero errante, y yo – el meddah- te la voy a contar.