Clan DLAN
21 de Agosto de 2018
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Moby Dick: bajo la forma de una novela de aventuras se encuentra un libro de ensayos sobre la naturaleza humana y sobre varios temas filosóficos. Reflejado en la figura del capitán Ahab, se centra, sobre todo, en la obsesión por alcanzar los sueños, aunque sea a costa de todo lo demás.

El libro se puede llegar a hacer un poco lento a causa de lo que también es su mayor virtud: el análisis al detalle y la reflexión (llegando a la divagación) de todo con lo que se cruza el personaje. Es un libro para leerlo con calma, un verano sin ninguna obligación por delante, para disfrutarlo como merece.

He escogido este fragmento porque refleja perfectamente la atracción que despierta el mar. Alguna vez hablando con amigos de Madrid acabamos discutiendo sobre por qué apreciábamos tanto el mar los que vivíamos en una ciudad costera. Bien, pues cuando leí este texto encontré una perfecta explicación.


MOBY DICK

Espejismos


[...] Aquí está, pues, la ciudad insular de los manhattoes, rodeada de muelles como las islas indígenas por los arrecifes de coral. El comercio la ciñe con su oleaje. A la derecha e izquierda, las calles llevan hacia el mar. En la punta extrema de la ciudad está el fuerte, augusta mole refrescada por brisas y bañada por aguas que, pocas horas antes, eran invisibles desde la tierra. Miren ustedes la multitud que contempla las olas.

Recorran ustedes la ciudad en la tarde soñolienta de un sábado. Vayan desde Corlears Jock hasta Coenties Slip y desde allí, pasando poro Whitehall, hacia el norte. ¿Qué ven ustedes?

Apostados como centinelas silenciosos en torno a la ciudad toda, hay millares y millares de mortales perdidos en divagaciones oceánicas. Algunos apoyados contra los pilotes; otros sentados en las escolleras; otros mirando más allá de las amuradas de naves llegadas desde China; otros en lo alto de los aparejos, como empeñados en obtener una vista aun más amplia del mar. Pero todos son hombres de tierra firme: durante la semana, están encerrados entre cuatro paredes, atados a mostradores, clavados en bancos, pegados a escritorios. ¿Qué ha ocurrido? ¿Han desaparecido las verdes praderas? ¿Qué hacen aquí estos hombres?

Pero ¡miren ustedes! Llega aun más gente. Todos avanzan hacia el agua y parecen resueltos a zambullirse. ¡Qué extraño! Nada los contentaría tanto como el límite extremo de la tierra; no les basta vagabundear a la sombra de los depósitos que rodean el puerto. No. Tienen que acercarse todo lo posible al agua, sin caer en ella. Y ahí se quedan, inmóviles, en una extensión de millas, de leguas. Todos hombres de tierra adentro: afluyen por sendas y callejas, por calles y avenidas... Desde el norte, el este, el sur, el oeste. Y sin embargo, aquí se reúnen todos. Díganme ustedes: ¿acaso los atrae el poder magnético de la aguja de las brújulas de todas esas naves?

Y esto no es todo. Supongamos que se encuentren ustedes en algún paraje elevado, donde abunden los lagos. Tomen cualquier sendero que se les antoje: casi siempre irán a dar, a través de un valle, a un estanque formado por la corriente. Hay en ello algo mágico. Elijamos al más distraído de los hombres sumergido en su más honda ensoñación; pongámoslo en pie y nos llevará, infaliblemente, hacia el agua, si hay agua en esa región. Y si alguna vez están ustedes sedientos en el gran desierto norteamericano, hagan este experimento, si es que por casualidad hay un profesor de metafísica en la caravana. En efecto: como todos sabemos, agua y meditación siempre han estado unidas.

Pero tomemos a un pintor. Quiere pintar el paisaje romántico, más soñador, más umbroso, más apacible, más hechicero de todo el valle del Saco. ¿Cuál es el principal elemento que emplea? Allí están sus árboles, cada uno con el tronco hueco, como si guardara en su interior a un ermitaño y un crucifijo; y aquí duerme su pradera, allí duerme su rebaño. Más allá, desde esa cabaña, serpea un humo soñoliento. Un sendero se hunde sinuoso entre los bosques distantes y llega hasta las estribaciones superpuestas de las montañas bañadas por el azul de sus laderas. Pero aunque la escena esté sumida en semejante éxtasis y el pino deje caer suspiros, como hojas, sobre la cabeza del pastor, todo sería inútil si el pastor no tuviera fijos los ojos en la corriente mágica que pasa frente a él. Visiten ustedes las praderas en junio, caminen millas y millas hundidos hasta las rodillas entre lirios atigrados... ¿cuál es el encanto que falta? El agua: ¡allí no hay una sola gota de agua! Si el Niágara fuera una cascada de arena, ¿viajarían ustedes tantas millas para verlo? ¿Por qué será que el pobre poeta de Tennessee, al recibir de improvisto dos puñados de plata, dudó entre comprarse el abrigo que le hacía tanta falta o invertir su dinero en un viaje a pie a la playa de Rockaway? ¿Por qué será que cualquier muchacho robusto y saludable, que tenga dentro de sí un espíritu robusto y saludable, en un momento dado se enloquece por darse a la mar? ¿Por qué será que durante el primer viaje que hicieron ustedes como pasajeros, sintieron un estremecimiento místico al enterarse de que ni el buque ni ustedes ya no podían ser vistos desde tierra? ¿Por qué será que los antiguos persas consideraban sagrado al mar? ¿Por qué será que los griegos le destinaron una deidad especial, un hermano de Jove? Sin duda, todo eso no carece de sentido. Y es aun más profundo el significado del mito de Narciso que, al no poder ceñir la imagen exquisita y atormentadora que veía en la fuente, se arrojó a ella y se ahogó. Pero todos nosotros vemos esa misma imagen en nuestros ríos y en nuestros océanos. Es la imagen del inasible fantasma de la vida. Y ésta es la clave de todo.