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25 de Mayo de 2018
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Hyperion. Editorial Byblos. Barcelona. 2004. 618 páginas.


El fragmento Amantes de Guerra está extraído del libro Hyperion, galardonado con los premios Hugo y Locus en 1990, los más renombrados en lo que a literatura fantástica y ciencia-ficción se refiere. Su autor, Dan Simmons, dividió la saga de Hyperion en dos libros: Hyperion y La Caída de Hyperion. Ante el abrumador éxito de ambas novelas prosiguió la historia con Endymion y El Ascenso de Endymion, editadas en la misma colección. La saga configurada por los dos volúmenes: Hyperion y La Caída de Hyperion, está considerada como una de las obras maestras de la moderna ciencia ficción. Yo doy fe de ello, pues pocas veces he disfrutado tanto con un libro como lo he hecho con este.

SINOPSIS:

En el mundo llamado Hyperion, más allá de la Red de la Hegemonía del Hombre, aguarda el Alcaudón, una singular y temible criatura a la que los miembros de la Iglesia de la Expiación Final veneran como Señor del Dolor.En vísperas del Armageddon y bajo la amenaza de una guerra entre la hegemonía, los enjambres éxter y las inteligencias artificiales del TecnoNúcleo, siete peregrinos acuden a Hyperion para recuperar un rito religioso. Todos son portadores de esperanzas imposibles y también de terribles secretos.

El fragmento que he seleccionado puede parecer un poco largo, pero os aseguro que merece la pena. Espero vuestros comentarios.
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LA NARRACIÓN DEL SOLDADO

AMANTES DE GUERRA



Durante la batalla de Angicourt, Fedmahn Kassad conoció a la mujer a quien después buscaría toda la vida.

Era una húmeda y fría mañana de finales de 1415 d.C. Kassad fue designado arquero en el ejército de Enrique V de Inglaterra. La fuerza inglesa había estado en suelo francés desde el 14 de agosto y a partir del 8 de octubre se replegó ante la superioridad de las fuerzas francesas. Enrique había convencido al consejo de guerra de que el ejército podía batir a los franceses en una marcha forzada hacia la segura Calais. Habían fracasado. En el gris y lluvioso amanecer del 25 de octubre, siete mil ingleses en su mayoría arqueros, se enfrentaban a una fuerza de veintiocho mil caballeros franceses que estaban a un kilómetro de terreno pantanoso.

Kassad estaba aterido, cansado, enfermo y asustado. Él y los demás arqueros habían sobrevivido sólo con las bayas durante la última semana de marcha y casi todos los hombres de la línea sufrían de diarrea esa mañana. La temperatura del aire rondaba los 10º C y Kassad había pasado una larga noche tratando de dormir en terreno húmedo. Estaba impresionado por el increíble realismo de la experiencia −la red Histórico-Táctica de la Escuela de Mando Olympus estaba tan lejos de los simuladores comunes como los holos plenos de las proyecciones más primitivas− pero las sensaciones físicas resultaban tan convincentes y reales que Kassad tenía miedo de las heridas. Se hablaba de algunos cadetes que habían recibido heridas fatales en la red y habían salido muertos de los tanques de inmersión.

Kassad y los demás arqueros del flanco derecho de Enrique habían pasado buena parte de la mañana observando a la más numerosa tropa francesa cuando los pendones ondearon, los sargentos ladraron y los arqueros obedecieron la orden del rey y avanzaron contra el enemigo. La irregular línea inglesa, que se extendía más de setecientos metros por el campo de una arboleda a otra, consistía en puñados de arqueros como el de Kassad, mezclado con grupos menos numerosos de caballeros. Los ingleses no tenían caballería formal y la mayoría de los caballos que Kassad veía en su extremo del campo transportaban a hombres apiñados alrededor del grupo de mando del rey, trescientos metros hacia el centro, o alrededor de la posición del duque de York, mucho más cercana a Kassad y a los demás arqueros. Estos grupos de mando le recordaban a Kassad los cuarteles móviles de FUERZA, sólo que en vez del inevitable bosque de antenas de comunicación que indicaba la posición, brillantes estandartes y pendones colgaban de las picas. Un blanco perfecto para la artillería, pensó Kassad, y luego recordó que ese recurso militar aún no existía.

Kassad advirtió que los franceses tenían muchos caballos. Estimó que seiscientos o setecientos infantes formaban filas en cada flanco francés y una larga línea de caballería venía detrás del frente principal de batalla. A Kassad no le gustaban los caballos. Había visto holos y fotos, desde luego, pero no se había topado con esos animales antes del ejercicio. El tamaño, el olor y el ruido que producían resultaban turbadores, especialmente cuando los malditos cuadrúpedos tenían armadura en el pecho y en la cabeza, llevaban cota de malla y estaban adiestrados para transportar hombres acorazados que empuñaban lanzas de cuatro metros.

El avance inglés se detuvo. Kassad estimó que la línea de batalla estaba a doscientos cincuenta metros de los franceses. Sabía por su experiencia de la semana anterior que estaban a tiro de los arcos largos, pero también sabía que tendría que dislocarse el brazo para tensar la cuerda.

Los franceses gritaban lo que Kassad tomó por insultos. Los ignoró mientras él y sus silenciosos camaradas avanzaban desde el lugar donde habían plantado las largas flechas y hallaban un terreno blando donde clavar las estacas. Las estacas eran largas y pesadas y Kassad había cargado la suya durante una semana. Ese objeto de un metro y medio de longitud estaba afilado en las dos puntas. Tras cruzar el Somne, cuando en medio del bosque se ordenó a los arqueros que buscaran árboles y tallaran estacas, Kassad se preguntó para qué servían. Ahora lo había averiguado.

Uno de cada tres arqueros transportaba una enorme maza y ahora se turnaban para clavar las estacas en el ángulo adecuado. Kassad afiló con el largo cuchillo la punta de su estaca, la cual, a pesar de estar inclinada, le llegaba casi al pecho. Retrocedió por el terreno erizado de puntas para aguardar la embestida francesa.

Los franceses no embestían.

Kassad esperó con los demás. Tenía el arco tenso, cuarenta y ocho flechas clavadas en dos manojos a sus pies, y las piernas plantadas con firmeza.

Los franceses no embestían.

La lluvia había cesado pero soplaba una brisa fresca y el poco calor corporal que había generado la breve marcha y el trabajo de clavar las estacas pronto se disipó. Los únicos sonidos eran los susurros metálicos de hombres y caballos, algunos rezongos o risas nerviosas y el trepidar de cascos mientras la caballería francesa se realineaba, aún negándose a embestir.

−A la mierda con esto− masculló un hirsuto soldado a poca distancia de Kassad−. Esos bastardos nos han hecho perder toda la mañana. Que meen o que dejen el orinal.

Kassad asintió. No sabía si oía y entendía inglés medieval o si la frase estaba en estándar. No sabía si el hirsuto arquero era otro cadete de la escuela, un instructor o un mero artilugio del simulador. No sabía si los giros eran correctos. No le importaba. El corazón le martilleaba y le sudaban las palmas. Se enjugó las manos en el chaquetón.

Como si el rey Enrique hubiera esperado el rezongo del viejo, las banderas de mando se alzaron de pronto, los sargentos ladraron y una hilera tras otra de arqueros ingleses alzaron los arcos largos, los tensaron a una orden y los aflojaron a la siguiente.

Cuatro andanadas de flechas, integradas por más de seis mil proyectiles puntiagudos de un metro de longitud, formaron una nube a treinta metros de altura y llovieron sobre los franceses.

Se oyó el relincho de los caballos y mil niños dementes golpeando diez mil cacerolas de lata cuando los infantes franceses inclinaron el cuerpo para que sus cascos de acero y las corazas del pecho y los hombros recibieran lo peor de la borrasca. Kassad sabía que en términos militares se había causado poco daño real, pero esto era un magro consuelo para los soldados franceses que tenían diez pulgadas de flecha en el ojo, o para veintenas de caballos que brincaban, rodaban y chocaban mientras sus jinetes intentaban extraer las astas de madera del lomo y el flanco de las bestias.

Los franceses no embestían.

Se gritaron más órdenes, Kassad se irguió, se preparó, disparó el arco. Una y otra vez. El cielo se oscurecía cada diez segundos. A Kassad le dolían el brazo y la espalda por el extenuante ejercicio. No sentía euforia ni cólera, solo cumplía su cometido. Tenía el antebrazo inflamado. De nuevo volaron las flechas. Había lanzado quince flechas del primer manojo de veinticuatro cuando un grito corrió por la línea inglesa y Kassad echó un vistazo mientras tensaba la cuerda.

Los franceses embestían.

Una carga de caballería era algo que no figuraba en la experiencia de Kassad. Observar mil doscientos caballos con armadura galopando hacia él creaba sensaciones inquietantes. La carga tardó menos de cuarenta segundos, pero Kassad descubrió que era tiempo suficiente para que la boca se secara, la respiración se cortara y los testículos se comprimieran hasta meterse en el cuerpo. Si el resto de Kassad hubiera encontrado un escondrijo similar habría pensado seriamente en imitarlos.

Pero estaba demasiado ocupado para correr.

Disparando a cada orden, su línea de arqueros lanzó cinco andanadas a los jinetes atacantes, logró lanzar otra de modo independiente y luego retrocedió cinco pasos.

Resultó que los caballos eran demasiado inteligentes para empalarse voluntariamente en las estacas −por mucho que los jinetes humanos les implorasen que lo hicieran− pero la segunda y tercera oleada de caballería no se detuvieron tan repentinamente como la primera, y de pronto caballos y jinetes rodaron y gritaron. Kassad corrió y aulló, abalanzándose sobre los franceses caídos, asestando martillazos, hundiendo el cuchillo largo entre las rendijas de armadura cuando el apiñamiento le impedía blandir la maza. Pronto él, el arquero hirsuto y un joven que había perdido la gorra se transformaron en un eficaz equipo de exterminio que se lanzaba sobre cada jinete derribado por tres lados. Kassad usaba la maza para abatir al jinete implorante y los tres ultimaban la faena con armas blancas.

Sólo un caballero se incorporó y desenvainó la espada para hacerles frente. El francés se levantó la visera solicitando el honor de la batalla singular. El viejo y el joven merodeaban como lobos. Kassad recuperó el arco y le clavó una flecha en el ojo izquierdo a diez pasos.

La batalla continuó en esa tétrica atmósfera de ópera bufa común a todas las batallas desde los primeros duelos con piedras y fémures en Vieja Tierra. La caballería francesa logró dar media vuelta y escapar mientras la primera oleada de diez mil infantes atacaba el centro inglés. La confusión quebró el ritmo del ataque y, cuando los franceses recobraron la iniciativa, los infantes de Enrique lograron contenerlos con las picas, mientras Kassad y varios miles de arqueros más arrojaban una andanada tras otra sobre la apiñada infantería francesa.

La batalla no terminó allí. Ni siquiera fue el momento decisivo. Ese instante se perdió −como siempre− entre el polvo y el torbellino de mil encontronazos individuales, donde los infantes se enfrentaron cuerpo a cuerpo blandiendo armas personales. El final llegaría tres horas después, pero antes habría variaciones menores sobre temas repetidos, ataques ineficaces y contraataques torpes, y un momento poco honorable en el que Enrique ordenó matar a los prisioneros para no dejarlos en la retaguardia cuando los ingleses se enfrentaron a una nueva amenaza. Pero los heraldos e historiadores luego convendrían en que el desenlace había quedado resuelto en esa confusión de la primera carga de la infantería francesa. Los franceses murieron a millares. El predominio inglés en esa zona del continente se prolongaría durante un tiempo. La época de la coraza y el caballero, encarnación de la gallardía, había terminado. Unos miles de andrajosos campesinos con arcos largos lo habían arrojado al ataúd de la historia. El mayor insulto para los nobles franceses muertos −si de alguna manera se podría insultar más a los muertos− se basaba en que los arqueros ingleses no solo eran plebeyos de la más baja calaña, sino que eran reclutas. Soldados rasos. Patateros. Técnicos K. Ratas de Asalto.

Todo esto figuraba en la lección que Kassad debía aprender durante el ejercicio con el simulador. No aprendió nada. Estaba demasiado ocupado en un encuentro que le cambiaría la vida.

El jinete francés voló sobre la cabeza del caballo tumbado, rodó una vez y echó a correr hacia el bosque antes de que el polvo se asentara. Kassad lo siguió. Estaba cerca de la arboleda cuando comprendió que el joven y el arquero hirsuto no iban con él. No importaba. El bombeo de adrenalina y la sed de sangre lo dominaban.

El jinete, que acababa de caer de un caballo a pleno galope y llevaba cien kilos de aplastante armadura, tenía que haber sido una presa fácil. No lo fue. El francés miró hacia atrás una vez, descubrió que Kassad se le acercaba con la maza en la mano y rabia en los ojos, apresuró el paso y llegó a los árboles con una ventaja de quince metros antes sobre su perseguidor.

Kassad se internó en la arboleda, se detuvo, se apoyó en la maza, jadeó y estudió su posición. La distancia y los arbustos sofocaban los golpes, gritos y choques del campo de batalla. Los árboles estaban casi desnudos y aún goteaban por la tormenta de la noche anterior; el suelo del bosque estaba alfombrado con una gruesa capa de hojas viejas y una maraña de arbustos y zarzas. El caballero había dejado un rastro de ramas rotas y huellas los primeros veinte metros, pero después los rastros de venados y las malezas dificultaban la tarea de seguirlo.

Kassad avanzaba despacio, internándose en el bosque, alerta a cualquier ruido al margen de su propio jadeo y el desbocado latido del corazón. Pensó que, tácticamente hablando, no era una maniobra brillante; el caballero llevaba armadura completa y la espada cuando desapareció entre los arbustos. En cualquier momento el francés rechazaría el pánico, lamentaría su transitoria falta de honor y recordaría sus años de adiestramiento. Kassad también estada entrenado. Se miró la camisa de paño y el chaleco de cuero. Lo habían adiestrado para usar armas de alta energía con un alcance que abarcaba desde pocos metros hasta miles de kilómetros. Sabía usar granadas de plasma, látigos infernales, rifles con proyectiles explosivos, armas sónicas, armas de gravedad cero sin retroceso, varas de muerte, pistolas cinéticas de asalto y guanteletes de haces. Ahora tenía el conocimiento práctico de un arco largo inglés. No llevaba ninguno de aquellos objetos en ese momento, ni siquiera el arco.

−Mierda −masculló el teniente segundo Kassad. El caballero emergió de los arbustos como un oso, los brazos en alto, las piernas separadas, y trazó un arco con la espada para destripar a Kassad. El cadete de la escuela Olympus trató de retroceder y alzar la maza al mismo tiempo. No lo consiguió. La espada del francés le arrebató la maza mientras la punta roma mordía cuero, camisa y piel.

Kassad gritó y retrocedió de nuevo, manoteando el cuchillo. Tropezó con la rama de un árbol caído y rodó hacia atrás, maldiciendo y hundiéndose en la maraña de ramas mientras el caballero embestía, enarbolando la espada como un machete. Kassad había desenvainado el cuchillo cuando el caballero logró abrir un claro entre las ramas, pero la hoja de veinticinco centímetros resultaba inútil contra la armadura a menos que el caballero estuviera indefenso, lo cual no era el caso. Kassad sabía que nunca podría penetrar en el radio de la espada. Su única esperanza era correr, pero el alto tronco de un árbol caído y el ramaje le impedían esta alternativa. No deseaba que lo abatieran por la espalda al volverse, ni desde abajo al trepar. No deseaba que lo abatieran desde ningún ángulo.

Se agazapó en una posición de cuchillero que no empleaba desde sus días de lucha callejera en los suburbios de Tharsis. Se preguntó como sería la muerte por simulación.

La figura apareció detrás del caballero como una sombra brusca. El ruido de la maza de Kassad al golpear el brazo acorazado del caballero sonó como si alguien abollara el capó de un VEM con una mandarria.

El francés trastabilló, se volvió para hacer frente a la nueva amenaza y recibió un segundo mazazo en el pecho.

El salvador de Kassad era menudo y el caballero no cayó. El caballero francés alzaba la espada por encima de la cabeza cuando Kassad se alzó hacia él para aferrarle los tobillos.

Se partieron ramas cuando el francés cayó hacia atrás. El pequeño atacante se puso a horcajadas del caballero, apretándole el brazo derecho con un pie mientras descargaba un mazazo tras otro sobre el yelmo y la visera. Kassad se zafó de la maraña de piernas y ramas, se sentó en las rodillas del hombre derribado y empezó a abrir tajos en la entrepierna, los flancos y las axilas por las rendijas de la armadura.

El salvador de Kassad saltó a un costado para plantar ambos pies en la muñeca del caballero y Kassad avanzó a gatas, apuñalando los huecos que separaban el casco del peto y hundiendo la hoja en las ranuras de la visera.

El caballero gritó cuando la maza bajó por última vez y hundió el cuchillo en la visera como la estaca de una tienda, pasando a milímetros de la mano de Kassad. El caballero se arqueó, alzando a Kassad y treinta kilos de armadura en un espasmo final, y luego se derrumbó.

Kassad rodó a un lado. Su salvador se desplomó junto a él. Ambos estaban cubiertos de sudor y de la sangre del muerto. Kassad advirtió que su salvador era una salvadora: una mujer alta, vestida con ropas similares a las suyas. Por un instante se quedaron allí, recobrando el aliento.

−¿Estás…bien? −articuló Kassad al cabo de un rato. De pronto le llamó la atención el aspecto de ella. El cabello castaño y lacio era corto según los cánones de la moda en la red de mundos, y los mechones más largos caían pocos centímetros a la izquierda del centro de la frente, hasta encima de la oreja derecha. Era un corte de varón en una época olvidada, pero ella no era varón. Kassad pensó que quizá fuese la mujer más bella que había visto: una estructura ósea tan perfecta que la barbilla y los pómulos resultaban enérgicos sin ser afilados, grandes ojos que refulgían de vida e inteligencia, boca suave y carnosa. Tendido junto a ella, Kassad notó que era alta −no tanto como él, pero desde luego no era una mujer del siglo quince− e incluso bajo la túnica holgada y los pantalones bombachos percibía la blanda curva de las caderas y el busto. Parecía un poco mayor que él, quizá cerca de los treinta años, pero Kassad no pensó en ello cuando la mujer le miró a la cara con ojos suaves, cautivantes, profundos.

−¿Estás bien? −repitió. Su propia voz le sonaba extraña.

Ella no respondió. Mejor dicho, respondió deslizando los largos dedos por el pecho de Kassad y arrancando las correas de cuero que sujetaban el tosco chaquetón. Le tocó la camisa empapada en sangre y rasgada,. Terminó de romperla. Se le acercó, rozándole el pecho con los dedos y los labios, contoneando las caderas. Con la mano derecha halló los cordeles del frente del pantalón, los arrancó.

Kassad la ayudó a liberarlo del resto de su ropa y la desnudó en tres rápidos movimientos. Ella no llevaba nada bajo la camisa y los pantalones de paño tosco. Kassad le deslizó la mano entre los muslos, le aferró las nalgas, la trajo hacia sí y acarició la entrepierna húmeda. Ella abrió los muslos y le apresó la boca con los labios. Nunca dejaron de tocarse mientras se movían y desnudaban. Kassad sintió su propia erección rozando el vientre de la mujer.

Entonces ella rodó sobre él, montándolo a horcajadas, mirándolo fijamente. Kassad nunca se había excitado tanto. Jadeó cuando ella lo buscó con la mano derecha, lo encontró, lo guió hacia dentro. Cuando Kassad abrió los ojos de nuevo, ella se movía despacio, la cabeza hacia atrás, los ojos cerrados. Kassad alzó las manos para acariciarle los pechos perfectos. Los pezones se le endurecieron contra las palmas.

Hicieron el amor. Kassad, a los veintitrés años estándar, había estado enamorado una vez y había disfrutado del sexo en muchas ocasiones. Creía saberlo todo. No había nada en sus experiencias, hasta el momento, que no hubiera descrito con una frase y una risotada a sus compañeros en el compartimiento de un transporte de tropas. Con la calma y el cinismo de un veterano de veintitrés años, estaba convencido de que jamás experimentaría nada que no se pudiera describir o descartar con ese desdén. Se equivocaba. Nunca podría describir la sensación de los siguientes minutos. Nunca lo intentaría.

Hicieron el amor bajo una franja de tardía luz de octubre, sobre una alfombra de hojas y ropas. Una pátina de sangre y sudor lubricaba la dulce fricción que los unía. Los ojos verdes de ella se clavaron en Kassad, ensanchándose cuando él empezó a moverse deprisa, cerrándose en el mismo instante en que él cerró los suyos.

Entonces se agitaron, juntos en la repentina marea de sensaciones antiguas e inevitables como el movimiento de los mundos: pulso acelerado, carne excitada y húmeda, ascenso final, el mundo disolviéndose y luego, mientras aún seguían unidos por el contacto y los latidos y el menguante estremecimiento de la pasión, la conciencia regresó a los cuerpos separados y los sentidos volvieron de nuevo al mundo.

Se tendieron el uno junto al otro. Kassad sentía la fría armadura del muerto contra el brazo izquierdo, el tibio muslo de la mujer contra la pierna derecha. La luz del sol era una bendición. Colores ocultos se elevaban a la superficie de las cosas. Kassad movió la cabeza y la contempló. Ella le apoyaba la cabeza en el hombro. Las mejillas le relucían de excitación y luz otoñal y los cabellos se extendían como hilos de cobre sobre el brazo de Kassad. La muchacha le rozó el tobillo con la pierna y Kassad sintió el despertar de la pasión renovada. El sol le entibiaba la cara. Cerró los ojos.

Cuando despertó, ella se había ido. Estaba seguro de que solo habían transcurrido algunos segundos −no más de un minuto, desde luego− pero la luz del sol se había esfumado, los colores habían desaparecido del bosque y una fresca brisa nocturna agitaba las ramas desnudas.

Kassad se puso las ropas raídas y endurecidas por la sangre. El caballero francés yacía rígido con la impavidez de la muerte. Ya parecía inanimado, una parte del bosque. No había ni rastro de la mujer. Fedmahn Kassad cruzó cojeando el bosque, el anochecer y la repentina y fría llovizna.

En el campo de batalla aún había gente, vivos y muertos. Los muertos yacían apilados como los soldados de juguete con que se entretenía kassad cuando era niño. Los heridos se movían despacio con la ayuda de amigos. Aquí y allá, formas furtivas avanzaban entre los muertos, y cerca de la arboleda un animado grupo de heraldos, franceses e ingleses, celebraban un cónclave gesticulando y parloteando. Kassad sabía que debían poner un nombre a la batalla para que sus respectivos registros concordaran. También sabía que optarían por el nombre del castillo más cercano, Angicourt, aunque no había figurado en la estrategia ni en la batalla.

Kassad empezaba a creer que todo aquello no era una simulación, que su vida en la Red de Mundos era el sueño y que aquel día gris debía de ser la realidad, cuando de pronto toda la escena se congeló. Los perfiles de humanos, los caballos y el oscuro bosque se volvieron transparentes como un holo al apagarse. Cuando lo sacaron del tanque de simulación de la Escuela de Mando Olympus, los demás cadetes e instructores se levantaban, hablaban y reían, al parecer sin advertir que el mundo había cambiado para siempre.